Lejos-de-mí-decirles-(Montalbetti)
Reseñas

Lejos de mí decirles

Mario Montalbetti (Lima, 1953) ■ Aldus (2013) ■ 351 páginas ■ 77 soles


Mario Montalbetti se desplaza del centro al margen y viceversa, etc.

Poesía.Mario Montalbetti publicó su primer libro de poemas en 1978 y el segundo en 1995, tiempo suficiente para pasar de ser un gran poeta joven a ser un gran poeta joven aún. Tiempo suficiente, uno hubiera dicho, para que los temas del primer libro fueran sucedidos por otros enteramente distintos. El título Perro negro, en 1978, parecía hablarnos de personajes únicos y solitarios en el vacío, sin escenario. El título Fin desierto, en 1995, parecía hablarnos, en cambio, de un escenario deshabitado. Nada más concreto que un perro negro; nada más abstracto que las orillas del desierto. (Ustedes se preguntarán por qué trato de interpretar el contenido de los libros a partir de los títulos. Les diré que intento reproducir, en condiciones de laboratorio, la actitud más común de la crítica peruana ante la obra de Montalbetti). Con diecisiete años entre ambos libros, uno podía leer el segundo sin preguntarse por el primero. Ahora que forman parte de un mismo tercer libro, Lejos de mí decirles, que reúne toda su obra poética, que en verdad es un octavo libro, la cosa cambia.

¿Qué pasa con un perro negro en las orillas del desierto? Lejos de mí decirles pero vale la pena preguntar. En alguna entrevista, Montalbetti ha dicho que la manera más válida de escribir poesía es escribir contra el lenguaje, no en el sentido de escribir manifiestos contra el lenguaje, sino en el de no dejarse llevar por él, escribir a contrapelo de él, intentando liberarse de su poder, y en esa entrevista ofrece dos ejemplos peruanos. El primero es el de Vallejo, que desensambla el lenguaje, lo destruye para escribir con sus esquirlas, le busca las rendijas y los huecos y allí escribe, desde el extremo o desde la momentánea ruina del lenguaje, antes de que este se recomponga, en el momento cuando el lenguaje ya no parece decir y ciertamente ya no parece comunicar. (Mario no cree que el lenguaje exista para comunicar). El segundo ejemplo es la fase final de la poesía de Blanca Varela, poemas donde X no es una metáfora de Y sino que X es X, o X representa a X y eso no es un tropo y Montalbetti lo describe como escribir ya no en los linderos sino en el centro mismo del lenguaje.

Una clave de lectura para la poesía de Montalbetti es recordar eso: que a él le interesa escribir contra el lenguaje desde el límite del lenguaje, como a Vallejo, y también desde el centro del lenguaje, como a Blanca Varela, y que sus poemas describen ese movimiento, o ejecutan ese movimiento, de los márgenes al centro y viceversa. Imaginen que la poesía de Montalbetti es una campaña unipersonal librada contra el lenguaje por medio del lenguaje, un acoso y varias estrategias, ataques en los bordes y ataques en el centro. El lector debe determinar desde qué punto en el trayecto es enunciado cada poema.

Aceptando un lugar común de la teoría, pensamos que todos los poetas escriben un poco acerca del lenguaje, que nada es más autorreferencial ni más metalingüístico que la poesía, pero eso raras veces es tan cierto como cuando el poeta es Montalbetti. También tendemos un poco a pensar que Montalbetti siempre escribe sobre el lenguaje y eso, del mismo modo, no es verdad. Lo que pasa es que en su poesía existe constantemente la conciencia de que todo lo que podemos decir lo tenemos que decir en el lenguaje pero todo lo que no podemos decir no podemos decirlo por culpa del lenguaje. Pero las cosas que queremos decir y no podemos no son cosas acerca del lenguaje, sino cosas acerca de las partes del mundo que el lenguaje nos escamotea. Esa pérdida es un tema sobre el cual Montalbetti escribe, pero Montalbetti escribe también sobre muchas otras formas de pérdida.

El lenguaje es nuestro punto ciego, o el lugar que propicia nuestra ceguera, que a su vez propicia nuestras pérdidas. En «Alrededores de San Lorenzo», en Cinco segundos de horizonte, del 2005, Montalbetti escribió: «En su momento, la idea de que nunca nada se pierde o que lo que creemos que se pierde nunca fue parte del mundo fue una experiencia desquiciadora. El mundo está siempre completo. Pero se pierden cosas constantemente». Es posible que esas cosas se pierdan detrás de «una tercera cosa… que se entromete». Es posible que esa tercera cosa, con frecuencia, sea el lenguaje mismo, pero las cosas que perdemos están fuera del lenguaje, más allá de él (en la separación, en el exilio, en la derrota, en el borde del desierto, en el lado oculto de una isla chalaca, bajo las olas del Camotal, enterradas en una ruina cupisnique, dentro de un bote que lleva un nombre a babor y otro nombre a estribor: queremos señalarlas con el dedo, pero no siempre es posible; queremos decirlas pero, ya se sabe: el lenguaje).

Cuando leí Perro negro por primera vez, en los ochentas, no existían los otros libros que se reúnen en este volumen –Fin desierto (1995), Llantos Elíseos (2002), Cinco segundos de horizonte (2005), El lenguaje es un revólver para dos (2008), Ocho cuartetas en contra del caballo de paso peruano (2008) y Apolo cupisnique (2012)–, y porque no existían esos libros era fácil tomar el poema «Dijo Lau Tzu», de 1978, como una simple broma. El poema dice: «Dijo Lau Tzu: “el que habla no sabe, el que sabe no habla”. Si Lau Tzu lo dijo, habló», y la impresión inmediata del lector la dictaba el tono de juego y paradoja de esa «recriminación contra los taoístas». Treinta años más tarde, en el poema «Disculpe, ¿es aquí la tabaquería?», de El lenguaje es un revólver para dos, sobre un fraseo de Pessoa, Montalbetti volvió sobre el tema: «Nadie dice todo. Nadie dice nada. Lo deseable es decir poquísimo. Callar no es más radical. Callar es como raparse la cabeza: el pelo vuelve a crecer. Pero decir poquísimo, decir lo mínimo que uno puede decir, eso es lo que nos permite decir algo». Ese es Montalbetti cuando está exultante de optimismo, cuando piensa que, de vez en cuando, el lenguaje poético trasciende la materialidad del objeto-poema y se convierte en poesía: «dice algo». En su extremo pesimista, escribe poemas como «Vehículos de Varo», de Llantos Elíseos, que dice: «dormidos perseguimos sueños, montados en ingeniosos vehículos, eso es todo, pedaleamos sobre pesadillas de tela fina, todo el resto es lenguaje», y acaba el poema con una frase que sus alumnos y exalumnos (Montalbetti es el más brillante lingüista y profesor de Lingüística del Perú) apreciarán en su injusto valor: «no es posible el conocimiento».

La pérdida, entonces, es uno de sus temas centrales. «Perder, perder, para encontrar lo que ha sido tomado de la boca del jaguar, perder perderlo todo y cuando lo hayas perdido todo has de perder eso también», escribe en «Telarmachay Eclipses», de Fin desierto. La pérdida del paraíso, por ejemplo, está en «Lleva al marrano más allá de los cerros», de Perro negro, y está en otros poemas de Fin desierto, como «Salmos de invierno»: «si quieres ganar el cielo primero debes saber perderlo». La pérdida del paraíso que es también la pérdida del lenguaje del paraíso. La pérdida y el esfuerzo por reponer lo perdido.

El primer poema de Fin desierto lo dice: «escribimos para tapar los hoyos y reparar las faltas». Y ofrece dos intentos de nombrar ese vacío. El primero dice: «hay un sol partido en dos y una sombra espesa en la escisión», figura que parece venir de Lacan, a quien Montalbetti lee con la avidez con que se lee una ficción de detectives. El segundo dice: «hay un perro perdido en el ojo de la horca», imagen que debe venir de una de las novelas de detectives que Montalbetti lee como a Lacan. En «Salmos de invierno» escribe: «ya que tenemos ojos suponemos que hay algo que ver, pero no hay nada que ver, o lo que tenemos que ver no se ve con los ojos». Los elementos son los mismos con distintas relaciones, esperanzas y expectativas: algo se pierde, buscamos algo, algo es hallado pero no es reconocido, o es intuido pero es innombrable, o no existe pero no está de más seguir buscando, o está de más seguir buscando, exista o no. «Ya que tenemos ojos suponemos que hay algo que ver» nos recuerda a otra frase que aparece en «Una sucesión de amaneceres», de Llantos Elíseos: «Hablamos porque creemos en la comunicación nunca pensé que dijera estas palabras diré otras para compensar diré por ejemplo que la comunicación es el condón del lenguaje». ¿Lo vieron? Ese poema comienza al centro y termina en el margen. Uno puede ver al poeta corriendo.

El notable poema «Lejos de mí decirles compañeros», de Ocho cuartetas en contra del caballo de paso peruano, de 2008, está dirigido a unos hipotéticos compañeros de generación. «Compañeros de generación», dice, «nuestros versos podrían estar escritos en una lengua más conjetural están demasiado cargados de castellano de unidad como si fuéramos uno no somos uno está muerto» (se refiere al castellano). «Compañeros de generación», comienza el verso. «No somos uno», termina el verso. Y las treinta sílabas entre una frase y la otra son todo el tiempo en que Montalbetti pertenece a su propia generación antes de declararse diferente y expulsarse. Montalbetti no se parece a su generación, si es que existe tal cosa como una generación: es una excepción en un horizonte gobernado por tribus de poetas urbanos y un puñado de poetas insólitos. La crítica, con gran instinto, juzgando por los títulos de sus libros y sintiéndose probablemente confundida por su contenido, azarosamente lo ha dejado fuera de esa generación y fuera de todas. Eso es lo que se llama un hallazgo poético, un díctum trágico que funciona, aunque sea de carambola. Montalbetti es singular, más «contra el lenguaje», más ajeno a las modas, más hermético (eso pasa cuando descrees de la comunicación). Parece pararse más allá, estar más lejos, antes o después, concreto y en el centro del lenguaje, como un perro negro; abstracto y en los márgenes del lenguaje, como el fin desierto. Es un poeta mayor en una generación a la cual no pertenece. Lejos de mí decirles es el más notable libro de poesía publicado este año, una gran oportunidad para que los lectores peruanos reparen la deuda que tienen con uno de nuestros más grandes poetas de hoy. Por Gustavo Faverón Patriau


Gustavo Faveron Patriau (Lima, 1966) es escritor y profesor asociado en Bodwin College (Maine). Autor de la novela El anticuario, de dos libros de teoría y, con Edmundo Paz Soldán, coeditor del libro de ensayos.

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