La-vehemencia

La vehemencia inevitable del porvenir

Texto de Víctor Vich, Instalaciones de Santiago Roose


Las instalaciones de Santiago Roose interrumpen el espacio público y lo hacen de una manera que contrasta fuertemente con el espíritu de la época. Lejos ocultar algo de la realidad, ellas hacen visible los antagonismos que persisten y el conjunto de fantasmas que no se han ido y que interpelan, sin compasión, aquello de lo que nos desentendemos, la forma en la que vivimos, nuestra manera tan vehemente –o tan ingenua– de asumir este tipo progreso que, tarde o temprano, también va a reventarnos en la cara (si no nos ha reventado ya).

Dicho de otra manera: lejos de estetizar la realidad o de hacerla más agradable, estas instalaciones muestran el conflicto, la fricción entre distintos intereses, el cruce de múltiples temporalidades. Su propuesta, casi radiográfica, apunta a mostrar el esqueleto de la vida colectiva, vale decir, hacen notar aquello que ya no vemos del orden social, pero que se encuentra por debajo, lo sostiene y, sin embargo, intentamos olvidar a toda costa. Estas radiografías del pasado, y del presente, muestran que seguimos siendo un frágil conjunto de huesos, un colectivo precario, pero siempre muy ansioso.
La teoría crítica ha sostenido que la «imagen dialéctica» es un recurso estético que tiene como objetivo mostrar un presente decadente para dar cuenta de un nuevo mundo por venir. En ese sentido, todo choque de imágenes debería anunciar alguna síntesis hacia el futuro. ¿Qué es lo que estas imágenes nos muestran? ¿Pretensión o decadencia?

Comentemos por ejemplo el «Balcón postcolonial». ¿Qué vemos ahí? ¿Es lo precario que recupera el pasado para dar cuenta de una herencia perdida? ¿O es, más bien, eso precario, ese resto que se hace presente lejos de cualquier estetización nostálgica y el que muestra, con orgullo, todo su esqueleto? ¿Es lo que ha quedado luego de la violencia de la historia? ¿O es un acto que no tiene miedo de mostrar su carácter performativo, su simulacro inevitable, y que se hace presente para dar cuenta de un nuevo futuro?

La notable «Pirámide falsa» es otro ejemplo al respecto. Se trata de una instalación que apunta a representar, simultáneamente, el orgullo del progreso, la superación de las limitaciones, pero también la precariedad de la vida colectiva y la desigualdad de la que surge. Cada piso hacia arriba es, sin duda, el signo de un progreso material. El problema es que aquello nunca es tan sólido como parece y surge entonces una interrogación legítima. De hecho, estas «barricadas simbólicas» (como las denominó Rodrigo Quijano) consiguen situarnos ante la tensión misma entre aquello que está equilibrado y lo que está a punto de desmoronarse, entre lo que da cuenta de una celebrada astucia posmoderna pero, al mismo tiempo, de una implacable fragilidad. Hay algo muy injusto en el pasado del que venimos, pero hay algo mucho más cruel –y cínico– en un presente que no lo soluciona y que más bien se ha propuesto negarlo.

«La torre» muestra el proceso contrario a la «Pirámide falsa» (aquí la relación es inversa: lo precario está arriba y lo sólido abajo) y, en ese sentido, podría concluirse que el trabajo de Roose no asegura nada, no adelanta nada y que no sabemos bien hacia dónde apuntan sus imágenes. Solo podríamos decir que en ellas algo del pasado se exhibe con cierto orgullo, pero que también resurge como un impase, como una verdad que ironiza lo que tenemos, que marca lo que hemos perdido y que nombra sin piedad los antagonismos de una sociedad mal hecha en sus cimientos, pero siempre vehemente en su porvenir


Víctor Vich (Lima, 1970) es Doctor en Literatura Hispanoamericana por Georgetown University. En ensayista, catedrático, crítico y consultor en temas culturales.

Santiago Roose (Lima, 1974) es artista plástico y visual. Ha expuesto en Perú, Brasil, Uruguay, Colombia, España, Francia, Alemania, Bulgaria y Burkina Faso. Hasta el 1 de agosto va su muestra «La arqueología y la arquitectura» en la sala Luis Miró Quesada.