«El (nuevo) inconveniente de haber nacido»

El nihilismo de Michel Houellebecq

Por Stephan Gruber


El nihilismo es uno de los nombres del siglo XX. La idea de que nuestra existencia no tiene sentido desgarró el espíritu de la época y construyó gran parte de su filosofía y literatura. Pero a este auge del concepto, le sobrevino la caída. Y así, tras el fin del siglo, el nihilismo no es otra cosa que un afecto adolescente, una patología, un lloriqueo; agotado y saturado de tanto repetirlo, el nihilismo ha sido domesticado y ha perdido los colmillos que antes despedazaban. Sin embargo, sabemos, por experiencia, que hay animales que nunca pueden ser domeñados del todo.

La obra literaria de Michel Houellebecq (La Reunión, Francia, 1958) es un escenario contemporáneo para indagar sobre los avatares del nihilismo. Porque desde Ampliación del campo de batalla (1994) hasta El mapa y el territorio (2010) los pálidos personajes de sus novelas no encuentran sentido alguno a la existencia. Houellebecq nos muestra reflexiones sobre la injusticia de un mundo estructurado alrededor de una competencia (sexual y económica) que solo culmina con la muerte, o nos invita a contemplar la desaparición de los últimos humanos que vagan por los peñascos de una Tierra postapocalíptica, dos mil años en el futuro. Vistas de las que no se desprende un juicio moral. Frente a semejante provocación, las aguas se dividen: unos reseñarán el acertado dibujo del nihilismo en el sujeto contemporáneo; otros hablarán del cinismo narcisista del autor, que pretende generalizar cierto afecto nihilista depresivo al mundo entero. Ahora bien, ya sea un ánimo colectivo o una proyección personal enfermiza, para bien o para mal, ambas posturas coinciden en que el nihilismo es una idea de lo subjetivo: un lidiar con el dilema existencial del significado de la vida. Pero, claro, esto si asumimos aquella definición de nihilismo.

Sin embargo, la historia del término entraña otro significado1 que subvierte este enfocarse en el sujeto y nos permite leer a Houellebecq desde otro plano. El nihilismo, más que un dilema o patología subjetiva, es el reconocimiento por parte del sujeto de que nada tiene sentido o significado pues tanto las partículas más elementales como el universo entero carecen de razón o relación con nuestra subjetividad o deseos. El nihilismo es aquí un efecto del poder corrosivo de la razón matemática-científica que se inició hacia el siglo XVI y que permitió el desarrollo de las ciencias naturales. Este, antes que eliminar la idea de verdad o relativizarla (como lo pensaría el posmodernismo), afirma su búsqueda incluso por encima de los intereses humanos necesitados de un significado de las cosas. Es por eso que el nihilismo científico libera al pensamiento de constreñimientos utilitaristas, yendo contra el narcisismo que ve la Tierra como nuestro «hogar» o a la humanidad en un lugar privilegiado en la historia del universo.

Esta distinción ilumina gran parte de la potencia imaginativa de Houellebecq. Por ejemplo, en Las partículas elementales (1998), las observaciones de los personajes respecto al sexo y al dinero, dos cosas tan humanas, dan paso a la certeza de que ambas lógicas responden a un todo indife-renciado de impulsos biológicos y leyes termodinámicas. El estilo cobra aquí mucha importancia: el lenguaje científico que empantana parte de esta obra (y de otras), busca romper esa creencia en la interioridad de la conciencia. La excitación sexual, el enamoramiento, la tristeza, todo tiene su correlato neurobiológico y puede ser intervenido, como sucede en el epílogo de la novela, donde la humanidad decide extinguirse para dar paso a organismos neo-humanos que ya no sufran de esos «males».

En esto el nihilismo de Houellebecq se separa del de Sartre (con quien se le suele relacionar). En este, la ausencia de sentido de la existencia permite al ser humano crear sus propios significados; sin embargo, para Houellebecq esto es imposible: hay verdades que no pueden sobrepasarse, como el hecho bruto de que la naturaleza es indiferente a los intereses humanos y que todo afecto sobre el que podamos basar nuestros significados tiene a su vez una explicación neurocientífica objetiva y ajena a nuestros deseos. Esta ascendencia de las neurociencias en Houellebecq también explica su actitud reacia hacia el psicoanálisis o hacia un delineamiento psicológico de sus personajes.

De esta manera, el autor radicaliza la propuesta de Las partículas en su obra de ciencia ficción La posibilidad de una isla (2005), donde clones futuristas investigan con incredulidad y sorpresa la sensibilidad de la casi extinta raza humana. Pero quizá el nihilismo más contundente está en la última obra de arte que produce Jed Martin, protagonista del El mapa y el territorio, hasta hoy la última novela del francés. Dejando correr una cámara de video durante años en su finca, se registra cómo la vegetación va devorando muñecos de juguetes, fotografías y otros recuerdos de su vida. «Se hunden, por un instante parece que se debaten hasta que las asfixian capas superpuestas de las plantas. Después todo se calma, solo quedan hierbas agitadas por el viento. El triunfo de la vegetación es absoluto».
Lo más interesante de esto es que la matriz de todo este nihilismo houellebecquiano está en el primer libro publicado por él, un ensayo sobre la vida y obra del escritor norteamericano Howard P. Lovecraft (HP Lovecraft. Contra el mundo, contra la vida). Ahí encontramos toda su admiración por el universo narrativo de Lovecraft, donde los asuntos humanos son despreciables ante el despliegue aterrador de seres y dimensiones irrepresentables a nuestra percepción, ya que exceden nuestra temporalidad y nos enfrentan con nuestra ya determinada extinción. El nihilismo que emana de este universo se identifica con el que vemos en Houellebecq, la diferencia reside en que en vez de los dioses cósmicos del autor de Los mitos de Cthulhu, tenemos las fuerzas indetenibles del capital, el goce y la ciencia genética.

Es en ese sentido que puede ser relevante forzar la ficción (más allá del género) hacía límites que desafían su acostumbrada zona de confort modernista alrededor del sujeto. En este proyecto, las novelas de Michel Houellebecq inscriben otra idea de nihilismo, uno más desatado e impersonal, donde más que confinarse en la introspección circular de un sujeto, especula con un más allá que sobrepasa dilemas de la existencia humana y nos confronta con algo realmente ajeno.

1Aquí me baso en la distinción planteada por Ray Brassier en Nihil Unbound: Enlightment and Extinction. MacMillan Palgrave, 2007.

Stephan Gruber (Domazlice, 1991) es economista. Coautor de ensayos sobre cine y psicoanálisis; así como de historia económica, publicará pronto uno sobre la literatura de Arguedas.