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Reseñas

El desierto y su semilla

Jorge Barón Biza (Córdoba, 1942 – 2001) ■ 451 (2007) ■ 290 páginas ■ 18 soles


Novela. La pregunta es recurrente: ¿cuánto de verdad puede soportar una novela? Más aun, ¿cuánto de verdad puede soportar una novela argentina, país en el que la exageración se confirma hasta por mandato legal? Confunde en El desierto y su semilla que la historia de Jorge Barón Biza (JBB) sea similar a la del protagonista: un joven burgués que atiende a su madre en un viaje a las mejores clínicas de reconstrucción facial en Italia. Y es que la madre de aquel, como la de JBB, fue también atacada por el padre, quien le lanza un vaso lleno de ácido a la cara, desfigurándosela por completo (el padre de JBB, el también escritor de culto Raúl Barón Biza, autor de El derecho de matar, se suicidaría de un disparo, como también hace en esta obra Arón Gageac, el padre de Mario Gageac, el personaje principal de la novela).

Pero la novela no es solo aquel drama familiar que se parece tanto a la historia real de JBB y las literalmente descarnadas consecuencias que ese periplo tienen para el joven Mario Gageac, quien acepta estoicamente acompañar a su madre –Eligia– en las múltiples operaciones estéticas a las que se somete en Milán. El desierto y su semilla es también la tragicomedia de un país que ve cómo sus líderes y autoridades se desfiguran, se descubren y se corrompen, como se corrompe la carne que abunda en las pampas pero que puestas al descubierto no son más que huesos llenos de restos pútridos que hieden y enferman.

Argentina se convierte en una visión lejana del protagonista, casi una fata morgana, un yermo en el que nada puede crecer ni mucho menos regenerarse, como no pueden regenerarse tampoco la propia vida ni los tejidos del rostro fantasmagórico de la madre. Entretanto, turbado por la situación y casi decidido a enfrentar con resignación su destino, Mario Gageac encuentra una salida de emergencia en una joven estudiante y prostituta que se convierte en su única amiga (y amante) en un país hostil. Esta resurrección de y en la carne –abundan en la novela citas bíblicas y los discursos fascistoides similares a los del anarquista Raúl Barón Biza– es la semilla que prende en la novela y que, pese a su crudelísima dureza, nos mantiene hipnotizados página a página (los lectores, eso lo sabe bien JBB, siempre mantienen la inútil esperanza de leer un final feliz, como lo hacen en su vida misma).

Por otro lado, desde el punto de vista textual, resulta muy preciso el uso de lo que el propio JBB llama «cocoliche», una mezcla sintáctica y gramatical de español (argentino) con otros idiomas, en especial el italiano y el alemán. Este divertimento no es más que el mismo juego de destrucción/reconstrucción –y finalmente deconstrucción del verbo y ya no de la carne– que impregna esta fascinante y turbadora novela.

Frente a una vida como la de Gageac o el propio Barón Biza, retratada subyugantemente por Alan Pauls en ese libro estupendo llamado Los malditos, lo único que quede es tomar la misma decisión del verdadero JBB: lanzarse de un edificio para destrozarse el cráneo, dejando apenas una masa informe de carne sanguinolenta por el suelo, que es finalmente lo que somos.
Por Alejandro Neyra


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