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«La máquina de escribir»

Una aproximación a Stephen King a propósito de 11/22/63, su reciente novela

Por Carlos Cabanillas


«¿Qué es escribir? Es telepatía, por supuesto», se pregunta y se responde a sí mismo Stephen King en su indispensable Mientras escribo (2000). Mitad memoria y mitad guía, el libro es una especie de vademécum para los no iniciados en el oficio de la prestidigitación; es decir, en el arte de hacer aparecer palabras y personajes con el simple movimiento de las manos sobre un teclado. Un fenómeno paranormal, sí, pero también un trabajo de oficina que implica horarios (de cuatro a seis horas al día), herramientas y un sorprendente estado físico que le ha permitido escribir decenas de novelas a máquina, con todo el esfuerzo que eso implica («es boxear con los dedos», dijo alguna vez Guillermo Thorndike).

King solo se reconoce dos grandes atributos: leer y escribir sin parar (publicar demasiado o no, es otra cuestión). Escribir es repetir un mismo acto esperando obtener siempre resultados distintos, parafraseando la definición einsteniana de la locura que hace Jack Torrance, protagonista de El resplandor. Con esa terquedad logró consolidar una rutina disciplinada, y a punta de alcohol, por décadas. Años después consolidaría otra rutina similar pero sobre la base de la abstinencia. Es en ese primer trance autómata que publicó libros como La zona muerta (1979) y Miseria (1987); por esos años bebía tanto que no recordaba haber escrito Cujo (1981). Luego llegaría la sobriedad y una ruma de libros que replicó y ensanchó el universo King.

Ese universo se expande. No solo entre libro y libro, sino dentro del propio proceso creativo. Primero, implanta la semilla de una idea en un terreno realista. Luego bocetea algunos personajes. Un hombre que intenta superar algún trauma de su niñez. Una adolescente tímida e ignorada por su entorno. Un fanático religioso. Una figura paterna distante o temible o invisible. Súbitamente empiezan a interactuar entre sí a un ritmo aproximado de dos mil palabras por día. Lo inevitable sucede: violencia, horror, venganza y algo de esperanza. El final es abrupto y suele dejar más preguntas que respuestas. Un instante deus ex machina, diría la crítica especializada. Algo usual en ciertos libros de ciencia ficción que King admira, como La guerra de los mundos, de Herbert George Wells.

Sus influencias literarias son principalmente dos: Ray Bradbury y RichardMatheson (ex guionista de «La dimensión desconocida » y autor de Soy leyenda (1954)). Evidentemente la lista es más larga, pero incluye más novelas que autores. Hay, sin embargo, una notable y reciente excepción. Creo que 11/22/63, el último de sus libros traducido al español, y uno de los más celebrados –fue elegido por The New York Times como uno de los diez mejores del año 2011– suma a Philip K. Dick a la nómina de autores homenajeados, además de la obvia referencia al cuento de Bradbury sobre lo que posteriormente se conocería como «el efecto mariposa», «El ruido de un trueno», de 1952.

En primer lugar, hay que decir que la cercanía de ambos autores es, en cierta forma, una sorpresa. Aunque las librerías suelen acercar ambos estantes, la crítica insiste en separarlos. Mientras que Stephen King es un escritor para lectores, Philip K. Dick es usualmente catalogado como uno para escritores o, incluso, un escritor de ciencia ficción para escritores de ciencia ficción. Las ventas también dibujan una línea divisoria. Mientras que King responde a una lectoría abrumadoramente masiva, Dick solo es leído por una inmensa minoría de culto. Sin embargo, ambos han sido criticados por lo mismo: privilegiar las ideas por encima de la técnica narrativa. Se les suele perdonar –más a Dick que a King– una pobre construcción de personajes siempre y cuando la premisa de la historia sea realmente novedosa (premisa que suele terminar en el ecran). No se caracterizan por desarrollar narraciones exquisitas o manejar un lenguaje sofisticado. Nadie espera de ellos un refinado centro de mesa, ni vajilla de porcelana o cubiertos de plata. Pero el potaje suele ser contundente. Quizá la gran diferencia estilística esté en la propia urdimbre de la narrativa. Mientras que King suele subrayar las cualidades fantásticas de seres aparentemente ordinarios, Dick prefiere rescatar la gris humanidad detrás de lo extra terrestre. El primero sitúa un elemento sobrenatural en el centro de una familia o ciudad que podría ser cualquiera. El segundo parte de alguna lejana dimensión para arribar a una irónicamente triste realidad humana. Y es en ese detalle que 11/22/63 se revela como el resultado de una lección aprendida.

Porque la novela –que incluye un guiño a It (1986), para los fans– es un ejemplo de cómo la fuerza de voluntad siempre es derrotada por la cotidianeidad. De cómo los avatares del día a día terminan pesando más que las convicciones personales y, finalmente, el propio destino. No hay grandeza en un sencillo maestro de inglés que decide viajar en el tiempo para evitar el asesinato de John F. Kennedy. Es solo el esfuerzo desesperado de un hombre mediocre que será inevitablemente avasallado por la avalancha de la historia. Es la redención de un profesor de escuela nocturna divorciado que se ve reflejado en la tragedia de un humilde conserje. Pero es también la crítica sutil a un país que hace mucho perdió los ideales de la posguerra. No es casual que el agujero del gusano se esconda en el sótano de un restaurante de comida rápida, como un Aleph cancerígeno (en un giro dickiano, el autor decide obviar la ciencia de la ciencia ficción). Toda la cultura de la basura se ve reflejada ahí, en la trastienda de un cafetín barato. Allí está la tecnología descartable, los transgénicos y pesticidas, la guerra perdida contra el narcotráfico, la desinformación viral y la apatía del nuevo siglo.

La puerta hacia el pasado siempre lleva al protagonista a 1958, no a 1963. Y es que el centro del relato no es el magnicidio sino el simple homicidio casero que desencadena la historia del futuro conserje. La tragedia personal se impone así por encima del gran relato inasible. Acaso como un signo de los tiempos, la realidad se hace inconmensurable para el viajero posmoderno y los hechos terminan escurriéndosele entre los dedos. El viaje hacia atrás no es conceptual, no implica un regreso al tiempo de los meta relatos y las grandes ideologías. El lector está ante un individuo perdido, sin referentes temporales ni capacidad para comprender su rol en la Historia, tanto en el presente como en el pasado. El descenso al sótano de la memoria, aunque lento, es apasionante y extraordinariamente bien documentado. En el transcurso de las más de ochocientas páginas se siente la densidad de la investigación sobre la época, sedimentada en el fondo de las aguas narrativas. La narración es precisa y ágil como el segundero de un reloj. Uno puede casi imaginar los dedos golpeando el teclado sin parar durante horas, días, semanas, meses. Mención aparte para el notable retrato de Lee Harvey Oswald que recuerda al logrado por Don DeLillo en Libra (1988). Todos los sentidos están puestos en la recreación de aquellos días perdidos en los que Jake Epping/ George Amberson recibe la oportunidad de ser amado y vivir, por fin, una vida de verdad. El notable uso de la hemeroteca le da piso firme a una ficción histórica que finalmente es un homenaje a la nostalgia más desgarradora: aquella que anhela lo que jamás sucedió.

Porque la novela deja entrever que el propio Kennedy fue también un mito y que el American Way of Life no fue más que otra gran ficción. Los viejos fantasmas están ahí para corroer la sociedad de entonces, incluyendo al propio protagonista. El feroz racismo que se llevaría a Martin Luther King y Malcolm X, el machismo de la publicidad, el poder religioso, el aplastante peso de las tabacaleras, el conservadurismo como reflejo y el apellido como santo y seña social. La reflexión central deja lugar a dudas. ¿Acaso no habría que destruirlo todo? ¿Valía realmente la pena salvar una sociedad así de esos tres disparos que lo cambiaron todo el 22 de noviembre de 1963? Son preguntas retóricas sin respuesta. Para el último King todo es inevitable y todo parece estar perdido de antemano, incluso el amor. El verdadero horror está en las imparables manecillas del reloj.


Carlos Cabanillas (Lima, 1981). Periodista de la revista Caretas. Fue uno de los coautores del libro Contra-historia del Perú. Ensayos de Historia Política Peruana (2012).