1913

«En el comienzo era la acción»

Un viaje centenario al corazón palpitante de la cultura occidental

Por Grecia Cáceres


1913. Año revolucionario en las letras y las artes. Cómo no asombrarse si en el mismo año se publicó el primer tomo de la obra de Proust, se presentó la explosión musical que fue el «La consagración de la primavera» de Stravinski, se expuso el primer ready made de Duchamp, «Rueda de bicicleta», y se imprimió Totem y tabú, de Freud. 1913. Año laboratorio en que la experimentación de nuevas formas y maneras de pensar la civilización enterró el siglo XIX y su visión de un mundo dominado por Occidente. Y ello al borde de la Primera Guerra Mundial, conflicto de intensidad global que arrancó de cuajo las últimas ilusiones de un orden guiado por la razón.

1913. La revolución en la mirada, la ampliación de la percepción auditiva y corporal, la nueva manera de ver la civilización a partir de los primeros tabúes y terrores, la conclusión del inconsciente, la idea de que el tiempo y el espacio pueden expandirse…son todos pasos decisivos que abren y cierran puertas, que fundan y condenan al siglo XX. Hoy, desde la breve perspectiva de nuestro siglo XXI, sabemos que luego de la magnífica cosecha de 1913, aquellas nuevas pistas de exploración de lo humano fueron absorbidas por sistemas totalitarios que trataron de exterminar a individuos y grupos considerados obstáculos para sus utopías descarnadas.

A cien años de 1913, sin embargo, lo experimentado por los artistas y pensadores de entonces todavía nos sorprende: la pintura cubista o el expresionismo alemán, los collages y foto-montajes, lo cinético en la poesía, la danza que se acerca nuevamente al rito, y la liberación de los cuerpos que se exponen al sol y buscan el reencuentro con la naturaleza. Nos asombran y nos son tan familiares porque lo que ese extraordinario laboratorio de formas nos legó ha seguido alimentando todo el siglo XX. Y el XXI.

Proust
1913: Marcel Proust publica, vía autoedición, el primer tomo de En busca del tiempo perdido, un proyecto que se quedará en suspenso durante los años de la guerra y que permitirá a su autor incluir dicho evento terrible en su gran trama. Este primer volumen, Por el camino de Swann, es la historia de un regreso a la infancia gracias al poder de la reminiscencia involuntaria. El autor sabe que todo lo que alimenta su trabajo literario está contenido allí, en sus primeras imágenes, afectos, impresiones, entre los muros estrechos de la vida familiar y los espacios de libertad que ofrecen el campo y las vacaciones.

La obra de Proust funda un nuevo tiempo: aquel que se forma alrededor de capturas del instante gracias al recuerdo involuntario. Anula así nuestra percepción del tiempo lineal. Escapa a la oposición entre lo subjetivo y lo objetivo, entre lo narrativo y la fulguración del inconsciente dentro de un proyecto de novela que podría contener el mundo interior y exterior reconciliados. A lo largo de todo el siglo XX, la novela seguirá en ese conflicto entre el mundo y el yo, pero de manera desencantada, oscilatoria e incrédula. La transcripción literaria de un mundo que se percibe por primera vez, ¿es posible una sola vez? La novela de Proust termina con la ambición de la novela del siglo XIX, contrincante del Registro Civil, único reflejo fiel de la sociedad de su época, que será destronada precisamente por el gran auge de las ciencias sociales durante el siguiente.

A la recherche… le abre las puertas a los escritores que experimentarán con el tiempo, materia sensible, ligada a una espacialidad que ya no será la tradicional y delimitada, sino la nueva, mundializada y caótica del siglo XX. Uno de los dos fundamentos, tiempo o espacio, debe permanecer fijo para que la reminiscencia proustiana sea posible. Proust viaja por el tiempo apoyándose en la repetición de los espacios. ¿Cuál será la espacialidad del siglo XXI? Este siglo será quizá el de una nueva territorialidad en la que el espacio pensado y el espacio conocido vuelvan a coincidir… y hagan posible una novela reconciliada.

Duchamp
El arte contemporáneo y la angustia que suscita su incomprensión es cosa de todos los días. Pero pensemos en lo que pudo provocar, en 1913, un ready made de Marcel Duchamp, o su famoso cuadro «Desnudo bajando la escalera». Consternación y entusiasmo. Muchos artistas y críticos fueron influidos por esta desacralización de la obra de arte, o la consideración de que cualquier objeto puesto sobre un pedestal o en un museo constituiría desde ese momento una obra de arte. ¿Y el artista en todo esto?

El artista deja de ser un miembro del entorno social establecido, obrando para la imagen de un grupo de poder, y se convierte en un individuo aislado cuyo trabajo puede resultar completamente incomprendido si no lo acompaña una teoría o una opción vital. No se trata aquí de un cambio de escuela pero sí de una transformación total del rol del artista y del significado de la obra de arte. El siglo XX será testigo de las dolorosas consecuencias del divorcio entre sociedad y artista. Pero en 1913, esta separación aparecía como la única alternativa posible para liberar los poderes de la experimentación y los límites de lo artístico. La ruptura fue una fiesta. Luego vendrían dos guerras mundiales y la percepción social del artista como síntoma y víctima de su tiempo, pero cada vez más alejado de las preocupaciones de los demás individuos.

Stravinski y Freud
La exploración del inconsciente va a ampliar definitivamente el territorio de lo humano y lo pensable. La publicación de Tótem y tabú nos parece un fenómeno cercano al estreno del ballet «La consagración de la primavera», de Igor Stravinski, que provocó un escándalo terrible en el teatro de los Campos Elíseos ese año. Nuevamente, estupor e incredulidad, incomprensión, cambio radical de las reglas de lo visible y de lo danzable, de lo pensable y de lo comprensible, que deja al espectador –y al lector– perdido y sin referencias.

Sigmund Freud se apoyó en el estudio de las sociedades primitivas para comprender el subconsciente. En su obra, el hombre primitivo es identificado con el infante mientras que el civilizado lo es con el adulto. A pesar de carecer de una religión organizada, estas sociedades poseen prohibiciones y límites claros para sus actos. Por su parte, el ballet de Stravinski nos muestra una suerte de ritual vitalista que, acompañado de una música impresionante y repetitiva –como un fuerte latido del corazón–, nos da la impresión de energía y terror a la vez. Una energía que desborda y aniquila a sus intérpretes, envueltos en un trance entre la vida y la muerte. Asistir, aun hoy en día, a una versión del ballet como la de Pina Baush, nos transporta a un tiempo inmemorial de la humanidad en el que la danza y la música son la mayor expresión de la subjetividad y de lo social al mismo tiempo. Una suerte de armonía prelingüística. Sin embargo, en 1913, esta obra escandalizó y, por un momento, dio la impresión de llevar a la humanidad hacia atrás. Toda idea de progreso –el tan admirable ideal del industrializado siglo XIX– es aniquilada de un plumazo. Así como el ideal racionalista y luminoso de la sociedad, puesto que cada uno de nosotros porta, en su inconsciente, a un primitivo, o en el mejor de los casos, a un niño aterrado por sus pulsiones o sueños.

Tótem y tabú fue una de las fuentes utilizadas por Stanley Kubrick en 2001: odisea del espacio. Una película que dice mucho de la terrible tragedia que ha sido la centuria pasada, de matanzas y de destrucción jamás imaginados. ¿Por qué poner estas dos obras en perspectiva? Quizá porque el laboratorio feliz de las formas artísticas que fue 1913, aunado al aspecto trágico de haberse dado al borde de lo que se llamó «la gran carnicería» de la Gran Guerra, proyectó muchas sombras terribles en lo que sería el siglo XX.

La belle époque fue enterrada de golpe en un baño de sangre. Y todo el optimismo creativo, el humor, la incongruencia con la que dadás y surrealistas dinamitaron el mundo anterior, derivó en una pérdida de sentido de la obra de arte, que se retira a los museos, o a las colecciones privadas, o se convierte en un valor de mercado, lo cual es una buena manera de evitar pagar el impuesto a la fortuna. Y el artista, más marginal que nunca, se va a encontrar en un mundo de totalitarismos de diverso tipo, sistemas que se erigirán como únicos proveedores de la felicidad privada y pública, hasta la asfixia y el terror.

La vida inconsciente descubierta como una bella playa virgen será saboteada y viciada, presa de una nueva mercantilización, y en el peor de los casos, de la manipulación. Al punto que, actualmente, muchos intelectuales se preguntan si fue positivo develar la fragilidad humana, si es realmente útil una terapia que hace emerger recuerdos ocultos o protegidos por nuestra psique.

La expansión de las nuevas formas de pensamiento y de creación que estallan como fuegos artificiales en el cielo de 1913, parieron una era de rupturas y sistemas que atacaron lo fundamentalmente humano. Esas mismas nuevas formas experimentales, pasadas por el siglo XX, y vistas cien años después, siguen irrigando nuestro presente. Puesto que cuando un mundo termina, otro debe empezar. Porque cuando se ha ido hasta el límite, hay que mirar atrás y buscar otra vía posible. El ser humano del siglo XXI, ¿podrá jugar nuevamente, reinventar y reconciliar, en un mundo en el que tiempo y espacio se armonicen, y en el que las artes y las letras vuelvan al espacio compartido, se imbriquen e inmiscuyan en los pliegues de la vida social e individual? Esperemos.


Grecia Cáceres (Lima, 1968) es poeta y narradora. Escribe y publica en Perú y Francia. Su más reciente novela es La colecc ión (2012).