Poesía

El estupor del ángel esquizofrénico

Chirinos Cúneo (1941-1999), poeta

Por Carlos Torres Rotondo


«Era una voz de uranio, una ronca voz como de asfalto, como de rosas aplastadas por las bocas mugrientas»

Ángel Guillermo Chirinos Cúneo (1941-1999) no eligió ser un extranjero en la tradición poética peruana. Su severa esquizofrenia lo condenó a ser un caso, un otro, pero a la vez le otorgó visiones alucinadas que plasmó mediante violentas escenas cromáticas y expresionistas:
«Oh, cerebro nervio, espectro y aterrante,/ vomitas rojos rudos y azules luciferes!» Casi no hubo testigos de su existencia furtiva. Aparece fugazmente en escena como estudiante de literatura en San Marcos y colaborador de Piélago –revista de poesía aparecida en la primera mitad de los sesenta–, hasta que en 1967 uno de sus inevitables brotes sicóticos lo obliga a internarse en una clínica siquiátrica. Antes de su salida, Aída Cúneo Navach, su madre, totalmente ajena a los círculos poéticos y editoriales de Lima, contrata a una imprenta chalaca y le publica una plaqueta, Idiota del Apocalipsis, consistente en siete poemas breves en verso y un largo y brillante texto en prosa, de nombre homónimo. Este delgado cuaderno pasó absolutamente inadvertido. Al poco tiempo Guillermo sale de la clínica; su estancia marcará un antes y un después. De ahí en adelante pasaría el resto de su vida entre el voluntario enclaustramiento en la casa materna y largos internamientos, llenando su interminable tiempo libre con largas caminatas a la deriva, siempre vestido con un impecable terno blanco. Jamás concluiría sus estudios ni tendría ningún trabajo asalariado:
«Yo aún no he ejercido nada. Carezco de todo hecho fecundo. Soy pobre, paria, inútil, como dice mi madre, y un vagabundo inservible, como dice la humanidad entera». Según Armando Arteaga en su artículo «La primavera excerta de Chirinos Cúneo», aparte de la plaqueta Idiota del Apocalipsis y la reimpresión de la prosa homónima en Hueso húmero 15/16, se han publicado –o vuelto a publicar, no lo podemos asegurar– poemas de Chirinos Cúneo en las revistas Piélago, Alpha y Auki, así como en Imagen de la literatura peruana actual, de Julio Ortega. Asimismo detalla la serie de libros –todos inéditos hasta el día de hoy– que fue escribiendo, la mayoría de ellos en su lugar de internamiento habitual, la Clínica San Isidro: Infiernos y cielos (1962), Rojos y nocturnos (1964), Celestes y oscuros (1966), Eneas XX (1985) y Guerrero del arco iris (1990). Durante los años ochenta finalizó un conjunto más, El crepúsculo de los ídolos. Solo en 2006 salió a la luz la segunda edición de la plaqueta, que fue incluida en el volumen Los otros, editado por Rubén Quiroz, Gonzalo Portals y Carlos Carnero. Un año después algunos inéditos fueron publicados en la revista Intermezzo Tropical bajo el nombre de «Cuaderno de California». Sobre la suerte de otros textos, sabemos en sus últimos años se hizo amigo de jóvenes poetas que iban a buscarlo fascinados por las fotocopias de Idiota del Apocalipsis que por entonces circulaban en círculos muy restringidos. A estos muchachos, Chirinos Cúneo les regalaba los originales de sus poemas, a veces en sacos llenos de ellos. Aquel nuevo estatus de autor de culto lo volvió asiduo a los bares de Quilca donde, gracias a su coctel diario de antisicóticos mezclados con alcohol, solía perder el sentido de la realidad. Entonces salía a deambular hasta el amanecer por las calles del Centro, para luego regresar a La Punta con el terno blanco hecho un despojo.

«Sobre un ártico cruel y una roja espuma de cerveza, entre caras de humo y orangutanes de jade, una necia voz con palidez de ahogado cuya cabellera de violín y arco trasciende a judías con gafas, ronronea».

Sábado 31 de setiembre de 1999. Almuerzo familiar en el departamento de Aída Cúneo Navach. Luego de comer el poeta se encierra en una de las habitaciones del departamento para hacer una siesta. Horas después le tocan a la puerta. Nadie responde. A medianoche el portero entra por la cornisa. Guillermo Chirinos Cúneo se encuentra tendido en la cama. Sus ojos muertos apuntan al techo. No ha sentido su último paso al más allá: sostiene un cigarrillo consumido en la mano derecha.

«Yo me voy. Adiós. Mi profesión y mi tarjeta: diablo de cartón de viajes y países de sueño (…) El idiota del apocalipsis se retira, señores. ¡Vamos! Estad listos para un nuevo dios».


Carlos Torres Rotondo (Lima, 1973) es investigador, periodista cultural, narrador. Ha escrito la novela Nuestros años salvajes y los ensayos Demoler. Un viaje personal por la primera escena del rock en el Perú (1957-1975); Poesía en rock , una historia oral. Perú 1966-1991 (con José Carlos Yrigoyen); y el reciente Se acabó el show. 1985, el estallido del rock subterráneo.


«De Idiota del Apocalipsis (1967)»

Poema rojo en la ciudad
En faro y mar y viento inacabables.
Mujer de sal y paja y viento cálido
De poseer tu trompa alada en el instante.
Ah, sería alto una sed… de apache insomne!

Mujer de arroz y paja y musgo suave,
en coral de luna ortiva y nebulosa,
en crepúsculo azul y pálido,
mujer de anís olor de alondra…
Ah, sería alto morder tu rosa esfera!

Sed de arrancar la hierba boca entre tus piernas,
de poseer tu cuerpo en yeso y en pescado.
Oh piel roja en arcos tibios y en campanas!
Ah, sería alto un cáliz golfo entre las rosas!

Mujer de hastío y paja y cal y escama.
Ebria y sed terrena de candidez y virgen.
Pescadora de remos blancos en un bote violento.
Ah, sería alto morder el mundo en tu mundo!


Cenicienta
Derrumbada caíste hacia la tierra,
derrumbada y sucia por mis brazos,
derrumbada caíste hacia el planeta,
caíste derrumbada.

Tú fuiste la sirvienta de mi casa.
Tenías un cuarto de terrazas y escaleras.
Y tus pechos derrumbados por mis ojos,
cayeron a mis ojos, derramados:
Una cascada desflorada: Ano y sangre, Cenicienta.

Mis colmillos de perro echando baba,
mis globos de rey marciano en su castillo,
mis pelos de lobno helado en brujos cráteres lunáticos, derrumbaban,
calor de espuma, vapores,
derrumbaban,
sobre la ola de tu vientre blanco,
estallando en bocas de geranio,
derrumbado,
bordoneado de espumas negras y de vahos.

Tú fuiste la sirvienta de mi casa.
Poma, fámula, apio, ámbar, nalgas de ceniza.
Tenías un cuarto de escaleras y novelas deshojadas.
Y una cocina rosada olía a ajos y a madera.

Fue en la noche
Y mi trompa de escarlata alucinada
vibraba semen a los bufones y a la luna.
Derrumbada caíste, Cenicienta, y las novelas…
Y mi semen polen a tus vellos y a tu panza en rosas.

Derrumbada sirvienta de escaleras,
fuiste sexo entre planetas,
carne en flor abierta, arrabalera,
madre derrumbada.

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