serendipia

«El espacio es un mal momento»

Por José Donayre Hoefken, Imágenes de Sandro Aguilar


Todo mito urbano encierra una verdad que escapa a la vista. Algunas calles aún conservan el eco de tacones perdiéndose en esquinas, entre venenos que reptan por miradas que el recuerdo reduce a rojo, amarillo o verde. Pero la calle se niega a villanos previsibles e historias con un desenlace feliz. Por eso las miradas se cruzan mucho antes del conticinio, haces previos al parpadeo, cuando es inverosímil oír la confesión, buscar la vitrina, repeler reproches ignorando lo que advierta el horóscopo y hallar la ilación del sueño.

Entonces el soliloquio sobre la validez de una verdad a medias erige una leyenda condenada a deseos inexorables, en la que el aquí y el ahora muta en una ilusión evanescente entre el delirio vespertino y la multiplicación de innumerables gestos. La acción avanza, pero no olvida las pistas de la heroína. El vidrio la protege de caricias peligrosas que la transformarían en un oráculo más para perpetrar una transgresión. El tiempo convertido en marea. El movimiento de transeúntes llevado a una fragancia por descubrir. El aroma de un cuello indefenso esculpido en el laberinto de una habitación atiborrada de recuerdos esquivos.

Pero regresar no es volver, aunque la calle oculte las señales más importantes para sobrevivir en la noche y hacer de la luz un vigoroso ejercicio de maledicencia. Los hilos se arremolinan cuando se sospecha que las versiones no son más de lo mismo. La intriga es el instante previo a echar suertes y estar dispuesto a ajustar cuentas. ¿Quién yace en la calle? ¿Dónde quedó la promesa que trueca el miedo por la esperanza? ¿Cuándo lloverán los cabellos plateados de la luna?

El dolor no es ajeno a la escena ni a los esbirros de la noche. La historia se ha desplegado entre efigies que hipnotizan. El título es la clave, pero en este radica también el engaño del desenlace. Después de todo, ¿quién dejó abierta la puerta de la metafísica y permitió que los fantasmas escaparan con el propósito de ilusionar con la luz al final del túnel? La respuesta es un invento que nace de los murmullos que resbalan de las paredes de una prisión transparente.

Sin embargo, esta revelación es tan valedera como una paradoja obsoleta porque el espacio es un mal momento para averiguar qué hay detrás de un mito. Las verdades no se marchitan, pero sí pierden la extraña belleza que las hace tan temibles. ¿Dónde acaba el espacio y empieza el tiempo? ¿En qué acertijo está clavada la intención del segundo decisivo? La protagonista huye de sí misma entre las fisuras de un suspenso poco sostenido. Huye del contagio de lo obvio para caer en los brazos de la cruda incertidumbre. Pero el conflicto cede cuando la duda asalta a la protagonista en una calle sin salida.

Desde otro sustrato, ella es todas las remembranzas que jamás lloverán, y resume también el asombro de verse reflejada en su vertiginosa desesperación. Tardes buscando alguna vena en el brazo, el nudo que la ata a su nodo sutil, el lunar dibujado que delata tanto su carácter divino como su naturaleza mundana e irreal. Por eso, regresa el eco de tacones sobre la calzada. Y no hay más misterio que el secreto que oculta una confidencia tatuada, un código de barras o un sello de caducidad. Los hilos invisibles que vinculan estas imágenes se precipitan hacia un resuello que equilibra hechos, giros y especulaciones, pues la última palabra podría trascender el freno del punto final.

Todo esto sería una obligada vuelta al comienzo, aunque el punto sin retorno haya sido superado con más duda que inquietud.


José Donayre Hoefken (Lima, 1966). Es narrador, crítico literario y editor. Ha publicado, entre otros, La trama de las Moiras, Entre dos eclipses, Horno de reverbero y Doble de vampiro (2012).

Sandro Aguilar (Lima, 1975) ha expuesto su trabajo fotográfico es distintas muestras en el país y el extranjero, siendo la última «Hospital». También es autor del libro de textos breves Discromía.