dicorayado

El disco rayado

Por J.D. Salinger.


A mediados del invierno de 1944, me llevaron en la tolva de un abarrotado camión militar desde la ciudad de Luxemburgo hasta el frente en Halzhoffen, Alemania; un recorrido en el que hubo cuatro neumáticos pinchados, tres casos confirmados de pies congelados y al menos uno de principios de neumonía.

Los cuarentaitantos hombres que se apretujaban en el camión eran casi todos relevos de infantería. Muchos de ellos acababan de salir de hospitales en Inglaterra, donde habían sido tratados por heridas sufridas en acción un poco antes en la guerra. Evidentemente recuperados, iban a incorporarse a las compañías de fusileros de cierta división de infantería que, según descubrí, estaba bajo las órdenes de un general que rara vez subía a su auto de comando sin llevar una Luger y un fotógrafo, uno a cada lado; un combatiente con un don especial para lanzar invectivas contra el enemigo, tajantes y dignas de ser citadas, sobre todo cuando este lo superaba en número o lo había rodeado. Viajé en el camión horas y horas, sin mirar a nadie muy directamente a los ojos.

Durante el día los hombres hicieron un esfuerzo supremo para ocultar o disimular su impaciencia por dar otro golpe al enemigo. Se formaron grupos para jugar charada en cada extremo del camión. Se debatió exhaustivamente en torno a los estadistas preferidos. Se entonaron canciones, la mayoría de espíritu guerrero, compuestas por patriotas de Broadway que, traspasados por cierta melancolía, acaso siempre amargados por los vaivenes de la fortuna, habían sido descalificados para ocupar puestos en el frente. En suma, el camión se bamboleó entre melodías y bromas hasta que la noche cayó abruptamente y se desplegó la pesada lona del toldo. Entonces parece que todos los hombres se quedaron dormidos o muertos de frío, excepto el narrador original de la historia que sigue y yo. Él puso los cigarrillos y yo mis oídos.

Lo que viene a continuación es todo lo que sé sobre el hombre que me contó la historia.

Su nombre de pila era Rudford. Tenía un ligerísimo acento sureño y una tos de trinchera crónica. Las insignias y la cruz de capitán de sanidad estaban pintadas en su casco, tal como se estilaba. Y eso es todo lo que sé acerca de él, fuera de lo que se desprende naturalmente de su historia. Así que, por favor, no me escriban en busca de información adicional. Ni siquiera sé si el hombre está aún con vida. Este pedido va dirigido en especial a los lectores que, tarde o temprano, puedan pensar que esta historia es una bofetada contra un sector de nuestro país. No pretende ser una bofetada contra nadie ni nada. Tan solo es una pequeña historia relacionada con el pastel de manzana de mamá, la cerveza muy fría, los Dodgers de Brooklyn y el Teatro Lux de la radio; en resumidas cuentas, aquellas cosas por las que peleamos. De veras, no se la pueden perder.

Rudford provenía de un lugar llamado Agersburg, en Tennessee. Me dijo que se encontraba a una hora en automóvil desde Memphis y tuve la impresión de que era un hermoso pueblito. Después de todo, contaba con una vía llamada calle de Miss Packer. No era simplemente calle Packer o calle de Packer, sino calle de Miss Packer. Miss Packer había sido una maestra de escuela de Agersburg que, durante la Guerra Civil, había soltado unos cuantos tiros mientras pasaban las tropas de la Unión desde la ventana de la oficina de la dirección. Para esta Miss Packer el asunto no se reducía a agitar banderas como Barbara Fritchie y otras mujeres. Ella apuntó y disparó sin más, derribando a cinco de los muchachos de uniforme azul antes de que alguien pudiera asestarle un hachazo. Por entonces tenía diecinueve años.

El padre de Rudford procedía de Boston y trabajaba como vendedor en una compañía de esa ciudad que fabricaba máquinas de escribir. En un viaje de negocios a Agersburg, justo antes de la Primera Guerra Mundial, conoció a una chica acomodada del lugar, con la que se casó al cabo de dos semanas. Nunca regresó ni a la oficina central ni a Boston y, aparentemente, excluyó a ambas de su vida sin el menor remordimiento. Ya era todo un personaje. Menos de una hora después de que su esposa muriera al dar a luz a Rudford, tomó un tranvía que iba hacia las afueras de Agersburg y compró una tambaleante aunque respetable casa editorial. Luego de seis meses publicó un libro escrito por él mismo y que se titulaba Educación cívica para norteamericanos. A este le siguió, en un lapso de cinco años, una colección muy exitosa de libros de texto bastante ilegibles, que se difundió –muy ampliamente, incluso hasta ahora– bajo el rótulo de «Serie Inteligencia para Estudiantes Secundarios Progresistas de Norteamérica». De hecho, sé que su Ciencia para norteamericanos circulaba entre las escuelas secundarias públicas de Filadelfia alrededor de 1932. El libro contenía numerosos y confusos diagramas con unos cuantos temas elementales.

Los primeros años de la vida hogareña del infante Rudford fueron únicos. Ciertamente, su padre detestaba a la gente que solo leía sus libros. De ahí que interrogara y examinara al niño aun en plena temporada de juego de canicas. No lo dejaba bajar a la primera planta si no sabía la definición de cromosoma. En la mesa, le pasaba los frijoles con la condición de que nombrara los planetas y en orden de magnitud. Le daba al niño su propina semanal de diez centavos a cambio de la fecha de nacimiento, muerte o derrota de algún personaje histórico. Para ser breves, a la edad de nueve años Rudford sabía tanto, académicamente, como un estudiante universitario promedio del primer curso. Y, en un sentido extracurricular, más. El estudiante universitario promedio del primer curso no sabe cómo dormir en el suelo de un sótano sin mantas ni almohada.

Sin embargo, hubo dos importantes notas a pie de página en la infancia de Rudford. Estas no figuraban en los libros de su padre, pero estuvieron a su alcance, tan cerca como para aportarle un poco de sensatez en una situación de emergencia. Una era un hombre al que le decían Negro Charles y la otra una niñita llamada Peggy Moore.

Peggy estaba en su misma clase de la escuela. No obstante, durante más de un año, Rudford apenas había reparado en ella, salvo por el hecho de que, generalmente, era la primera alumna que eliminaban en el concurso de deletreo. No empezó a aquilatar el verdadero valor de Peggy hasta el día en que vio, al otro lado del pasillo, cómo ocultaba su chicle en la cavidad de su cuello. Esto le pareció a Rudford algo muy gracioso, incluso tratándose de una niña. Se agachó bajo su carpeta y, simulando que recogía una cosa del suelo, le susurró a Peggy:
–¡Oye! ¿Ahí es donde pones tu chicle?
Volviéndose, con los labios entreabiertos, la damisela del chicle en el cuello asintió. Se sentía halagada. Era la primera vez que Rudford le hablaba de manera informal.

Rudford tanteó a su alrededor en busca de una inexistente goma para borrar tinta.
–Oye, ¿quieres conocer a un amigo mío después de clases?
Peggy se cubrió la boca con una mano y fingió que tosía.
–¿A quién? –preguntó.
–Al Negro Charles.
–¿Quién es?
–Un tipo. Toca el piano en la calle Willard. Es mi amigo.
–No me dejan ir a la calle Willard.
–¡Ah!
–¿Cuándo vas a ir?
–Apenas podamos salir. Hoy la profe no nos va a retener
mucho tiempo. Está bastante aburrida. ¿De acuerdo?
–De acuerdo.

Esa tarde los dos niños fueron a la calle Willard, y Peggy conoció al Negro Charles y el Negro Charles conoció a Peggy.

El café del Negro Charles era un cuchitril donde vendían hamburguesas, un gran lunar en una calle que, supuestamente, el Consejo Cívico acordaba tirar abajo cada vez que se reunía. Quizá fuera el modelo de restaurante que los padres catalogaban –por lo general desde la ventanilla lateral del auto familiar– como antihigiénico. En pocas palabras, un lugar fenomenal para ir. Además, era muy improbable que alguno de los jóvenes parroquianos del Negro Charles se hubiera enfermado a causa de sus deliciosas y grasientas hamburguesas. De todos modos, casi nadie iba donde el Negro Charles a comer. Por supuesto, comías una vez que estabas dentro, pero no ibas por eso.

Uno iba allí porque el Negro Charles tocaba el piano como si fuera alguien de Memphis, tal vez incluso mejor.Tocaba con mucho calor o serenidad, y siempre estaba en el piano cuando llegabas y siempre estaba ahí cuando tenías que irte a casa. Pero no solo eso (después de todo, era lógico que el Negro Charles, por ser un maravilloso pianista, también fuera maravillosamente infatigable). Él era otra cosa, tenía algo que pocos pianistas blancos poseen. Se comportaba con amabilidad y deferencia cuando los jóvenes se acercaban al piano para pedirle que tocara una canción o solo para charlar. Él te miraba. Él te escuchaba.

Hasta que Rudford comenzó a traer a Peggy, es probable que fuera el habitué más joven del café del Negro Charles. Durante unos dos años, había estado viniendo solo, dos o tres tardes por semana; nunca en la noche, porque no se le permitía salir a esas horas. Echaba de menos el ruido y el humo y el entusiasmo típicos del local del Negro Charles, pero contaba con algo: las tardes, que eran iguales o mejores. Disfrutaba del privilegio de oír tocar a Charles los mejores temas sin interrupción. Lo único que debía hacer para que las cosas funcionaran era despertar al artista. Ahí estaba la clave. El Negro Charles dormía por las tardes, y dormía como un tronco.

Rudford descubrió que era mucho mejor ir junto con Peggy a escuchar al Negro Charles en la calle Willard. Ella no solo estaba dispuesta a sentarse en el suelo, sino que era buena compañía para oír música. A Rudford le gustaba la forma como alzaba sus piernas inquietas, por lo general amoratadas, y entrelazaba sus manos alrededor de los tobillos. Le gustaba la manera como apoyaba la boca con fuerza sobre sus rodillas, dejando marcas con los dientes, mientras Charles tocaba. Y la manera como caminaba de regreso a casa después: sin hablar, pateando de vez en cuando una piedrita o una lata, o, absorta, cuando partía en dos una colilla con el tacón. Era simplemente perfecta, aunque, por supuesto, Rudford no se lo decía. Su facilidad para ponerse melosa, así se la provocara o no, resultaba alarmante.

No obstante, había que felicitarla, pues hasta aprendió cómo despertar al Negro Charles.
Una tarde, a eso de las tres y media, apenas los dos niños entraron en el local, Peggy preguntó:
–¿Puedo despertarlo yo esta vez? ¿Eh, Rudford?
–Claro. Adelante. Si es que puedes.
El Negro Charles dormía completamente vestido, salvo por los zapatos, en un tosco y andrajoso sofá, no lejos de su piano, detrás de unas mesas apiladas. Peggy sopesó el problema académicamente.
–Bueno –dijo Rudford–. Adelante, hazlo.
–Estoy preparándome, estoy preparándome… Vete.
Rudford la encontró un poquito jactanciosa.
–Nooo… –dijo él–. No vas a conseguir nada solo con empujones. Tú me has visto. Tienes que sacudirlo de verdad. Pégale justo debajo de los riñones. Tal como me has visto hacerlo.
–¿Aquí? –preguntó Peggy. Había puesto un dedo en el islote de nervios marcado por la bifurcación dorsal de los tirantes de color lavanda de Charles.
–Adelante.
Peggy se decidió y golpeó.
El Negro Charles se movió ligeramente, pero continuó durmiendo y ni siquiera cambió de posición.
–Fallaste. Tienes que golpearlo más fuerte, pues.
La aspirante procuró que su mano fuera un arma más contundente. Embutió el pulgar entre el segundo y tercer dedo, estiró el puño y lo contempló con admiración.
–Así te vas romper el pulgar. Saca el pulgar…
–Bah, cállate –dijo Peggy, y lanzó su puñetazo.
Funcionó. Charles soltó un grito horrible y alzó los pies, en medio del aire rancio del café. Mientras volvía en sí, Peggy le hizo un pedido.
–Charles, ¿podrías tocarme «Lady, Lady», por favor?
Charles se rascó la cabeza, balanceó sus enormes pies enfundados en calcetines sobre el suelo plagado de colillas y entrecerró los ojos.
–¿Eres tú, Margar-reet?
–Sí. Acabamos de llegar. No nos dejaban salir de clase –explicó ella–. Por favor, Charles, ¿tocarías «Lady, Lady»?
–Las vacaciones de verano comienzan el lunes –dijo Rudford con entusiasmo–. Podemos venir todas las tardes.
–¡Vaya! ¡Qué bueno! –dijo Charles, y lo decía de veras.
Se levantó. Era un gigante amable que arrastraba una colosal resaca de gin. Luego empezó a desplazarse vagamente hacia el piano.
–También vamos a venir más temprano –prometió Peggy.
–¡Qué bueno! –respondió Charles.
–Por aquí, Charles –dijo Rudford–. Te estás yendo directamente al baño de mujeres.
–Todavía está algo dormido. Pégale, Rudford. Solo una vez más…
Supongo que fue un buen verano –días enteros con el piano de Charles–, pero no puedo asegurarlo. Rudford me contó una historia, no su autobiografía.

A continuación me habló acerca de un día de noviembre. Todavía era la época de Coolidge, pero no sé con exactitud el año. De todos modos, no creo que haya mucha diferencia entre esos años.

Era por la tarde. Media hora después de que los alumnos de la Escuela Primaria de Agersburg se hubieran empujado y zarandeado y golpeado rumbo a la salida. Rudford y Peggy se encontraban en lo alto de las vigas de la nueva casa que estaban construyendo en la calle de Miss Packer. No había ningún carpintero a la vista. Podían sentarse a horcajadas sobre la viga más alta, estrecha y endeble sin temer ninguna interferencia.

Ubicados en un lugar pintoresco, a un piso del suelo, charlaban sobre las cosas que les importaban: el olor de la gasolina, las orejas de Robert Hermanson, los dientes de Alice Caldwell, las piedras que eran apropiadas para lanzar contra alguien, Milton Sills, cómo hacer para que el humo de los cigarrillos saliera por la nariz, los caballeros y damas que tenían mal aliento, el tamaño ideal de cuchillo para matar a una persona.

Ambos revelaron sus ambiciones. Peggy había decidido que cuando fuera mayor sería enfermera en la guerra. También se convertiría en actriz de cine. También en pianista. También en asaltante, alguien que daba un gran golpe y se llevaba un montón de diamantes y otras cosas, pero que entregaba una parte a los pobres, a los muy pobres. Rudford dijo que solo quería ser pianista. En su tiempo libre quizá fuera corredor de autos; ya tenía unas gafas bastante buenas.

A ello le siguió un concurso de escupitajos y, en un momento crucial del mismo, al adversario que se hallaba en desventaja se le escapó del bolsillo de la chaqueta una valiosa polvera compacta, sin espejo. Ella se dispuso a bajar para recuperarla, pero perdió el equilibrio y cayó desde una altura de casi un cuarto de piso. Al aterrizar sobre el nuevo suelo de pino blanco se oyó un horrible golpe sordo.
–¿Estás bien? –le preguntó su compañero, sin moverse de la viga.
–¡Ay, mi cabeza! ¡Rudford, me estoy muriendo!
–Nooo, qué va…
–Claro que sí. Tócala.
–No voy a bajar hasta allí solo para tocarla.
–Por favor –suplicó la dama.
Rudford descendió, murmurando algunas observaciones cínicas sobre la gente que no miraba dónde pisaba.
Apartó un mechón o dos de la paciente, que tenía una atractiva cabellera oscura de irlandesa morena.
–¿Dónde te duele? –le preguntó.
–Todo…
–Bueno, no veo nada. No hay una sola abrasión.
–¿No hay qué?
–Abrasión. No hay sangre ni nada. Tampoco una hinchazón.
El forense se apartó, suspicaz.
–Ni siquiera creo que te hayas golpeado la cabeza.
–Pues sí que me he golpeado. Sigue mirando… Allí, justo donde tu mano…
–No veo nada. Vuelvo arriba.
–¡Espera! –dijo Peggy–. Bésala primero. Allí. Allí mismo.
–No voy a besar tu cabeza achacosa. ¿Por quién me tomas?
–¡Por favor! Solamente aquí –Peggy señaló su mejilla.
Aburrido y con gran filantropía, Rudford superó la prueba. En seguida se oyó un anuncio casi artero:
–Ahora estamos comprometidos.
–¡Qué graciosa!… Me voy. Me voy donde el viejo Charles.
–No puedes ir. Él dijo que no fuéramos hoy, porque va a tener una visita.
–A él no le importará. De todos modos, no me voy a quedar aquí contigo. No sabes escupir. Ni siquiera puedes quedarte tranquila en tu sitio. Y cuando siento pena por ti o por algo, intentas ponerte melosa.
–No me pongo tan melosa.
–Hasta luego –dijo Rudford.
–¡Voy contigo!

Abandonaron la casa vacía y su olor agradable y barrieron las calles otoñales de las cuatro de la tarde hacia el local del Negro Charles. En la calle Spruce se detuvieron durante quince minutos para ver a dos bomberos furiosos que trataban de rescatar a una gatita que había trepado a un árbol. Una mujer vestida con un kimono dirigía las operaciones con una voz desagradable e impertinente. Ambos niños la escucharon, observaron a los bomberos y alentaron, en silencio, a la gata. Esta no los defraudó. De repente, saltó desde la rama más alta y aterrizó sobre el casco de uno de los bomberos y, al instante, brincó hacia un árbol contiguo. Rudford y Peggy se fueron, abstraídos y definitivamente transformados. Ahora la tarde siempre tendría, aunque todo quedara en suspenso, un árbol rojizo y dorado, un casco de bombero y una gata que realmente sabía saltar.
–Al llegar tocaremos el timbre –dijo Rudford–. No vamos a entrar así nomás.
–Está bien. Cuando Rudford hizo sonar el timbre, acudió a la puerta el mismo Charles, quien no solo estaba despierto sino afeitado. De inmediato, Peggy le informó:
–Tú nos dijiste que no viniéramos hoy, pero Rudford quiso hacerlo.
–Vamos, pasen –los recibió Charles cordialmente. No estaba enfadado con ellos.
Rudford y Peggy lo siguieron tímidamente, buscando a la visita.
–Mi querida sobrina está aquí –dijo el Negro Charles–. Ella y su mami acaban de llegar desde la tierra de los caimanes.
–¿Ella toca el piano?
–Es una cantante, chico. Una cantante.
–¿Por qué están así las persianas? –preguntó Peggy–. ¿Por qué no las has subido, Charles?
–Estaba en la cocina preparando la comida. Chicos, ustedes pueden ayudarme a subirlas –dijo Charles y se fue a la cocina.

Cada uno de los niños eligió un lado del café, y comenzó a entrar la luz del día. Ambos se sentían más relajados. La incomodidad por la visita había desaparecido. Ningún desconocido ni intruso rondaba por el local del Negro Charles. Solo se trataba de la hija de su hermana. Así que no pasaba prácticamente nada.

Pero Rudford, en el lado del piano, de repente contuvo la respiración. Había alguien que estaba sentado frente al piano y lo observaba. Rudford jaló las cuerdas de las persianas que tenía en la mano y estas se dispararon hacia arriba. Durante un momento traquetearon ruidosamente y luego se detuvieron.
–«Y el Señor dijo: Hágase la luz» –expresó una chica mayor que ocupaba el sitio de Charles en el piano y que tenía la piel tan negra como la de él–. Sí, compañero –añadió con moderación. Llevaba un vestido amarillo y un lazo del mismo color en el pelo. El sol que Rudford había dejado entrar le daba en la mano izquierda, con la que tamborileaba algo lento y peculiar sobre la madera del piano de Charles. En la otra mano, entre sus dedos largos y elegantes, ardía un cigarrillo. No era una chica bonita.
–Solo estaba subiendo las persianas –dijo Rudford finalmente.
–Ya lo veo –dijo la chica–. Lo haces bien –Ella sonreía mientras le hablaba. Peggy se había acercado.
–Hola –le dijo y puso sus manos en la espalda.
–Hola tú –dijo la chica.
Rudford se percató de que uno de sus pies también zapateaba.
–Venimos mucho por aquí –dijo Peggy–. Somos los mejores amigos de Charles.
–Bueno, ¡qué buena noticia! –dijo la chica, guiñándole un ojo a Rudford.
El Negro Charles volvió de la cocina, secándose sus dedos largos y delgados con una toalla.
–Lida Louise –dijo–, estos son mis amigos, el señor Rudford y la señorita Margar-reet. –Se volvió hacia los niños–. Esta es la querida hija de mi hermana, la señorita Lida Louise Jones.
–Ya nos conocemos –dijo su sobrina–. Todos nos conocimos donde Lord Plushbottom hace un par de semanas. –Señaló hacia Rudford–: Él y yo estuvimos jugando al mahjong en la piazza.
–¿Qué tal si cantas algo para estos chicos? –sugirió el Negro Charles.
Lida Louise lo ignoró. Estaba observando a Peggy.
–¿Tú y él son novios? –le preguntó.
–No –dijo Rudford rápidamente.
–Sí –dijo Peggy.
–¿Por qué te gusta este chiquillo? –le preguntó Lida Louise a Peggy.
–No lo sé –dijo Peggy–. Me gusta cuando sale a la pizarra.
Rudford consideró desagradable la observación, pero su gesto no pasó inadvertido para los ojos lánguidos de Lida Louise. Ella apartó la mirada y se dirigió al Negro Charles:
–Tío, ¿oyes lo que dice esta chiquilla Margar-reet? –No, ¿qué dice? –respondió el Negro Charles. Tenía abierta la caja del piano y buscaba algo entre las cuerdas: una colilla, quizá, o la tapa de una botella de salsa de tomate.
–Dice que le gusta este chiquillo cuando sale a la pizarra.
–¿Es cierto eso? –dijo el Negro Charles sacando la cabeza fuera del piano–. Canta algo para estos chicos, Lida Louise.
–Bueno, ¿qué canción les gusta? ¿Quién se ha robado mis cigarrillos? Los tenía aquí,
justo a mi lado.
–Fumas demasiado. Eres una chica exagerada. Canta –dijo su tío, sentándose al piano–. Canta «Nobody Good Around».
–Esa no es canción para niños.
–Pues a estos niños les gusta mucho ese tipo de canciones.
–De acuerdo –dijo Lida Louise.
Se puso de pie, junto al piano. Era una chica muy alta. Rudford y Peggy, que ya estaban sentados en el suelo, tenían que mirarla hacia arriba.
–¿En qué tono quieres?
Lida Louise se encogió de hombros.
–La, si, do, re, mi, fa, fa –dijo y les hizo un guiño a los niños–. ¡Qué importa! Dame un tono verde. Para que haga juego con mis zapatos.

El Negro Charles tocó un acorde y la voz de su sobrina se deslizó dentro. Cantó «Nobody Good Around». Cuando acabó, Rudford tenía la piel de gallina desde el cuello hasta la cintura. El puño de Peggy se encontraba en el bolsillo de su abrigo. Rudford no lo había sentido entrar, y no hizo que ella lo sacara.

Ahora, años después, Rudford se esforzaba por explicarme que la voz de Lida Louise era indescriptible, hasta que le revelé que yo tenía la mayoría de sus discos y sabía a qué se refería. Aunque, en realidad, sí se podía intentar una descripción de la voz de Lida Louise. Tenía una voz suave y poderosa. Cada nota que cantaba estallaba en forma individual. Te hacía volar tiernamente en pedazos. Cuando Rudford sostenía que era imposible describir su voz, probablemente quería decir que resultaba inclasificable. Y eso es verdad.

Al terminar «Nobody Good Around», Lida Louise se inclinó y recogió los cigarrillos que se hallaban bajo la banca de su tío. «¿Dónde se habían metido?», les preguntó, y encendió uno. Los niños no despegaban sus ojos de ella.
El Negro Charles se levantó.
–Tengo costillas de cerdo –anunció–. ¿Quién quiere un poco?

En la semana de Navidad, Lida Louise comenzó a cantar por las noches en el local del tío Charles. La noche inaugural, Rudford y Peggy consiguieron permiso para asistir a una conferencia sobre higiene en la escuela. Así que pudieron ir. El Negro Charles les dio la mesa más cercana al piano y les puso dos botellas de refresco, pero ellos se sentían demasiado emocionados como para beberlas. Peggy golpeaba nerviosamente la boca de su botella contra sus dientes frontales; Rudford ni siquiera cogió la suya. Una parte del público formado por estudiantes de secundaria y de la universidad pensaba que los niños eran graciosos y estaba pendiente de ellos. Alrededor de las nueve de la noche, cuando el lugar se hallaba repleto, el Negro Charles se levantó de pronto junto al piano y alzó una mano. Sin embargo, el gesto no tuvo ningún efecto en el público bullicioso que disfrutaba del jolgorio navideño, de modo que Peggy se volvió en su asiento y –como jamás lo haría una dama– gritó: «¡Cállense todos!». Finalmente, el local se quedó en silencio.

El anuncio de Charles fue al grano.
–Esta noche se encuentra aquí mi querida sobrina Lida Louise, quien va a cantar para ustedes.
Luego se sentó y apareció Lida Louise, con su vestido amarillo, y se dirigió hacia el piano de su tío. El público aplaudió cortésmente, aunque era obvio que no esperaba nada especial. Lida Louise se inclinó ante la mesa de Rudford y Peggy, rozó con el dedo una oreja del niño, y les preguntó:
–¿«Nobody Good Around»?
–¡Sí! –respondieron ambos.

Lida Louise la cantó y puso el lugar patas arriba. Peggy empezó a llorar tan fuerte que cuando Rudford le preguntó: «¿Qué te pasa?», y ella sollozó y dijo: «No sé», de repente él afirmó, sintiéndose también transportado: «¡Peggy, te quiero un montón!», lo que hizo que la niña llorara tan inconsolablemente que tuvo que llevarla a su casa.

Lida Louise cantó por las noches en el local del Negro Charles durante los siguientes seis meses. Después resultó inevitable que Lewis Harold Meadows la escuchara y se la llevara a Memphis. Ella se marchó, aparentemente sin mucha ilusión, rumbo a la Gran Oportunidad. Se fue, sin revelar mayor emoción, al oír las sagradas palabras: «Calle Beale». Pero se fue. En opinión de Rudford, lo hizo porque estaba buscando a alguien, o porque quería que alguien la encontrara. Eso me sonó bastante razonable.

Sin embargo, mientras Agersburg pudo retenerla, fue adorada y endiosada por los jóvenes del pueblo. La mayoría sabía lo buena que era y aquellos que no sabían aparentaban saberlo. Traían a sus amigos los fines de semana para que le echaran un vistazo. Unos escribían sobre ella en sus periódicos estudiantiles, santificándola con una prosa gloriosa. Otros se hacían los engreídos o displicentes cuando la charla en los dormitorios giraba en torno a Violet Henry o Alice Mae Starbuck o Priscella Jordan, las cantantes de blues que estaban arrasando en Harlem o Nueva Orleáns o Chicago con las intérpretes que no eran del lugar. Si donde vivías no apostabas por Lida Louise, entonces no tenías nada. Peor aun, eras un pelmazo.

A cambio de tanto amor y endiosamiento, Lida Louise era muy, pero muy buena, con los chiquillos de Agersburg. No importaba cuál canción le pidieran o cuántas veces se la hicieran cantar, ella les concedía todo. «Bonito tema», decía, y les regalaba una sonrisa.

Una noche de sábado bastante agradable, un joven universitario vestido de etiqueta –alguien dijo que era un visitante de Yale– se aproximó al piano, casi soberbiamente, y le preguntó a Lida Louise:
–Por casualidad, ¿no sabrá «Slow Train to Jacksonville»? Lida Louise lanzó una rápida mirada al muchacho y luego lo observó con cuidado antes de responder: –¿Dónde has oído esa canción, chico? El joven que se suponía era un visitante de Yale le dijo:
–Me la tocó un tipo en Nueva York. –¿Un hombre de color? –le preguntó Lida Louise.
El joven asintió con impaciencia.
–¿Sabes si se llamaba Endicott Wilson? –insistió Lida Louise.
–No lo sé –contestó el joven–. Era un tipo bajito. Tenía un mostacho.
Lida Louise hizo una señal afirmativa.
–¿Está ahora en Nueva York? –preguntó.
–Bueno, no sé si está allí ahora –respondió el joven–. Supongo que sí… ¿Por qué no la canta, si la sabe?
Lida Louise accedió. Ella misma se sentó al piano y tocó y cantó «Slow Train to Jacksonville».

Según aquellos que la oyeron era una muy buena canción, al menos con una melodía original, acerca de un hombre desdichado que tenía una incómoda mancha de carmín en el cuello de la camisa. Ella la cantó una vez y, que Rudford o yo sepamos, nunca más. Y, hasta donde tengo conocimiento, tampoco ha sido grabada por nadie jamás.

Aquí entramos un poquito en la historia del jazz. Lida Louise cantó en el famoso Jazz Emporium de Lewis Harold Meadows de la calle Beale, en Memphis, durante casi cuatro meses. (Comenzó a fines de mayo de 1927 y terminó a principios de setiembre del mismo año). Pero el tiempo, o la ausencia del mismo, como todo lo demás, dependen exclusivamente de cada persona. No habían pasado ni dos semanas desde el estreno de Lida Louise en la calle Beale, cuando los clientes empezaron a hacer cola frente al local de Meadows, una hora antes del espectáculo. Las compañías productoras de discos la contrataron casi de inmediato. Un mes después de haber causado impacto en la calle Beale, ya había grabado dieciocho temas, incluidos «Smile Town», «Brown Gal Blues», «Rainy Day Boy», «Nobody Good Around» y «Seems Like Home».

Todos los que tenían algo que ver con el jazz –es decir, una relación seria– se las arreglaron para ir a escucharla mientras se presentaba allí. Russel Hopton, John Raymond Jewel, Izzie Feld, Louis Armstrong, Much McNeill, Freddie Jenks, Jack Teagarden, Bernie y Mortie Gold, Willie Fuchs, Goodman, Beiderbecke, Johnson, Earl Slagle… todos los muchachos.

Un sábado por la noche, un gran sedán que venía de Chicago se detuvo frente al local de Meadows. En el grupo que se arremolinó al salir del auto estaban Joe y Sonny Varioni. A la mañana siguiente, ellos no regresaron con los demás. Se quedaron dos noches en el Peabody, escribiendo una canción. Antes de volver a Chicago, le entregaron a Lida Louise el tema «Soupy Peggy». Era sobre una chiquilla sentimental que se enamoraba de un chiquillo en la escuela cuando este salía a la pizarra. (Hoy no se puede conseguir, a ningún precio, el disco homónimo de Lida Louise. El otro lado tenía una falla y la compañía de discos apenas sacó unas cuantas copias).

Nadie supo con certeza por qué Lida Louise dejó el local de Meadows y abandonó Memphis. Rudford y algunos otros sospecharon, con razón, que su partida se hallaba relacionada, total o parcialmente, con el incidente de la esquina de la calle Beale.

La mañana del día en que se fue del club de Meadows, cerca de las doce, Lida Louise había sido vista en la calle hablando con un hombre de color de baja estatura y bien vestido. Quienquiera que fuese, de repente ella lo golpeó en plena cara con su bolso. Luego corrió dentro del local de Meadows, pasó zumbando entre los meseros y los chicos de la orquesta, y se encerró en su camerino dando un portazo. Una hora después ya había empacado y estaba lista para irse.

Retornó a Agersburg. No volvió con un vestuario nuevo y lujoso, y ella y su madre tampoco se mudaron a un piso más amplio y mejor. Simplemente regresó.

En la tarde de su vuelta les escribió una nota a Rudford y Peggy. Probablemente por indicación del Negro Charles –quien, como todos en Agersburg, le temía al padre de Rudford–, la remitió a casa de Peggy. La nota decía lo siguiente:

Queridos amiguitos:
He regresado y tengo unas canciones nuevas y bonitas para ustedes, así que vengan pronto a verme. Sinceramente suya,
(Miss) Lida Louise Jones

Ese mismo mes de setiembre en que Lida Louise retornó a Agersburg, Rudford fue enviado a un internado. Antes de su partida, el Negro Charles, Lida Louise, la madre de Lida Louise y Peggy le organizaron un picnic de despedida.

Rudford le tocó el timbre a Peggy a eso de las once de la mañana del domingo. El Negro Charles los recogió con su viejo y destartalado automóvil y los llevó a un lugar llamado Tuckett’s Creek.

El Negro Charles cortó los lazos de los paquetes, que estaban muy bien envueltos, con un magnífico cuchillo. Peggy era una especialista en costillas de cerdo frías. Rudford prefería el pollo frito. Lida Louise era una de esas personas que le dan un par de mordiscos a un muslo de pollo y luego encienden un cigarrillo.

Los niños comieron hasta que todo se llenó de hormigas. Después de reservar la última costilla para Peggy y la última ala de pollo para Rudford, el Negro Charles volvió a anudar cuidadosamente los paquetes.

La señora Jones se tendió sobre la hierba y se quedó dormida. El Negro Charles y Lida Louise comenzaron a jugar cartas. Peggy tenía unas figuras con el rostro de personajes como Richard Barthelmess, Richard Dix y Reginald Denny. Las apoyó contra un árbol, bajo la luz radiante, y las miró con actitud posesiva.

Rudford yacía de espaldas sobre la hierba y observaba las grandes nubes de algodón que se deslizaban a través del cielo. Con un gesto peculiar, cerraba los ojos cuando el sol estaba momentáneamente nublado y los abría cuando volvía a fulgurar contra sus párpados. El problema era que el mundo
podía acabarse mientras sus ojos estuvieran cerrados.

Y así sucedió. En todo caso, en lo que concierne a su mundo.

De pronto oyó un grito de mujer, breve y aterrador, detrás de él. Alzó la cabeza y vio a Lida Louise retorciéndose de dolor sobre la hierba. Se oprimía el vientre pequeño y plano. El Negro Charles intentaba, torpemente, que se diera vuelta para librarla, de algún modo, de la horrible y extraña posición que habla adoptado en su aparente agonía. El rostro de él tenía un color ceniciento.

Rudford y Peggy captaron la terrible situación al mismo tiempo.
–¿Qué le pasa? ¿Qué ha hecho? –preguntaba histéricamente la señora Jones a su hermano. –¡Nada! ¡Si no ha hecho nada! –respondió, afligido, el Negro Charles, quien todavía intentaba hacer algo que fuera práctico con el cuerpo contraído de Lida Louise.

A Rudford se le ocurrió una cosa que procedía del libro de su padre Primeros auxilios para norteamericanos. Nerviosamente, cayó de rodillas y presionó el abdomen de Lida Louise con dos dedos. Lida Louise reaccionó con un espeluznante alarido. De manera atropellada, Rudford le explicó al Negro Charles:
–Es su apéndice. Se le ha reventado el apéndice o está por reventarse. ¡Tenemos que llevarla a un hospital!
El Negro Charles comprendió por lo menos algo y asintió.
–Tú, cógela de los pies –le ordenó a su hermana.

Pero la señora Jones soltó su parte de la carga rumbo al auto. Entonces, cada uno de los niños levantó una pierna y, con su ayuda, el Negro Charles colocó a la adolorida chica en el asiento delantero. Rudford y Peggy también subieron adelante. Peggy sostuvo la cabeza de Lida Louise. La señora Jones se vio obligada a sentarse sola atrás. Sus gemidos resultaban más angustiosos que los de su hija.
–Llévala al Samaritan –le dijo Rudford al Negro Charles–. En la calle Benton.
Las manos del Negro Charles temblaban con tanta fuerza que no lograba arrancar el motor. Rudford extendió la mano a través de los rayos del volante y lo encendió.
–El Samaritan es un hospital privado –dijo el Negro Charles, haciendo rechinar la caja de cambios.
–¿Cuál es la diferencia? Apresúrate. Apresúrate, Charles –dijo Rudford, y tuvo que indicarle al adulto cuándo poner la segunda marcha y luego la tercera. Sin embargo, Charles sí supo cómo acelerar y transgredir los límites de velocidad.
Peggy acariciaba la frente de Lida Louise. Rudford miraba la carretera. Atrás, la señora Jones se quejaba sin cesar. Lida Louise yacía sobre la falda de los niños con los ojos cerrados, gimiendo intermitentemente. Por último, al cabo de unos dos kilómetros y medio, el automóvil llegó al Samaritan Hospital. –Por la puerta principal –apuró Rudford. El Negro Charles lo miró y le dijo: –¿La puerta principal, chico? –La puerta principal, la puerta principal –insistió Rudford y, alterado, le palmeó la rodilla al adulto.
Obedientemente, el Negro Charles bordeó el camino de grava y se detuvo frente a la gran puerta blanca.
Rudford saltó del auto sin abrir la portezuela y corrió dentro del hospital.
La enfermera de la mesa de recepción tenía puestos unos auriculares.
–Lida Louise se encuentra afuera y se está muriendo –le dijo Rudford–. Hay que sacarle el apéndice cuanto antes.
–¡Shhh! –dijo la enfermera, escuchando a través de los auriculares.
–Por favor. Le digo que se está muriendo.
–¡Shhh! –repitió la enfermera, escuchando a través de los auriculares.
Rudford se los arrancó de la cabeza.
–Por favor –le dijo–. Consiga a alguien que nos ayude a meterla dentro. Se está muriendo.
–¿La cantante? –preguntó la enfermera.
–¡Sí! ¡Lida Louise! –dijo el niño con firmeza, casi feliz.
–Lo siento, pero el reglamento del hospital no permite tratar a pacientes negros. Lo siento mucho. Rudford se quedó un momento con la boca abierta.
–¿Me haría el favor de devolverme mis auriculares? –dijo la enfermera con serenidad. Era una mujer que se controlaba bajo cualquier circunstancia.
Rudford le entregó los auriculares, dio media vuelta y salió corriendo del edificio.
Volvió a subir al auto y ordenó:
–Vamos al Jefferson. En Spruce con Fenton.
El Negro Charles no dijo nada. Encendió el motor –lo había apagado– y puso el auto en marcha con rapidez.
–¿Qué problema hay con el Samaritan? Es un buen hospital –dijo Peggy, acariciando la frente de Lida Louise.
–No, no lo es –dijo Rudford, mirando directamente al frente, evitando así una posible mirada de reojo del Negro Charles.
El auto dobló en la calle Fenton y se detuvo frente al Jefferson Memorial Hospital. Rudford saltó afuera de nuevo, seguido esta vez por Peggy.
Adentro, la mesa de recepción era similar a la anterior, pero el asiento estaba ocupado por un hombre en lugar de una enfermera. Un auxiliar con un traje blanco de algodón que leía un periódico.
–Rápido, por favor. Tenemos afuera en el auto a una señora que se está muriendo. Se le ha reventado el apéndice o algo así. Apúrese, ¿ya?
El auxiliar se incorporó de un salto y el periódico cayó al suelo. Fue detrás de Rudford, pisándole los talones.
Rudford abrió la puerta delantera del auto y se apartó. El auxiliar miró a Lida Louise, pálida y agonizante, atravesada en el asiento. Ella tenía la cabeza apoyada contra la del Negro Charles.
–Ah. Bueno, yo no soy médico. Esperen un segundo.
–¡Ayúdenos a llevarla dentro!– gritó Rudford.
–Solo un minuto –dijo el auxiliar–. Voy a llamar al médico residente.
–Se alejó caminando y entró en el hospital con una mano en el bolsillo, con aire indolente.
Rudford y Peggy cesaron el incómodo traslado de Lida Louise que ya habían iniciado. Con Rudford a la cabeza, ambos corrieron detrás del auxiliar. Lo alcanzaron justo cuando llegaba a su centralita telefónica. Había dos enfermeras cerca y una mujer con un niño que llevaba una venda en el parietal.
–Oiga, ya sé qué pasa. Usted no quiere aceptarla, ¿no es verdad?
–Esperen un minuto. Estoy llamando al médico residente… Suéltame la chaqueta, por favor. Chico, este es un hospital.
–No lo llame –dijo Rudford, mostrando los dientes–. No llame a nadie. La vamos a llevar a un buen hospital. A Memphis.
Ofuscado, giró con rabia y dijo:
–Vamos, Peggy.
Pero Peggy se mantuvo sobre el terreno, por un momento. Estremeciéndose con fuerza, se dirigió a todos los que estaban en la sala de recepción:
–¡Malditos! ¡Malditos sean todos!
Luego corrió tras Rudford.
El auto arrancó de nuevo. Sin embargo, nunca llegó a Memphis. Ni siquiera a la mitad del trayecto.
Lo que sucedió fue algo así: la cabeza de Lida Louise descansaba sobre las piernas de Rudford y, mientras el auto estuvo en movimiento, sus ojos permanecieron cerrados.
Después, bruscamente, por primera vez, el Negro Charles paró ante una luz roja. Con el auto inmóvil, Lida Louise abrió los ojos y miró hacia Rudford.
–¿Endicott? –preguntó.
El niño se inclinó y le respondió, casi forzando su voz.
–¡Aquí estoy, querida!
Lida Louise sonrió, cerró sus ojos y murió.

Una historia nunca termina. Por lo general, al narrador se le facilita una cortina musical fina y agradable para que acabe de hablar, pero eso es todo.

Rudford y Peggy asistieron al funeral de Lida Louise. A la mañana siguiente, Rudford partió al internado. No volvió a ver a Peggy durante quince años. En el transcurso de su primer año de estudios, su padre se mudó a San Francisco, se casó de nuevo y se quedó allí. Rudford nunca regresó a Agersburg.

Fue a comienzos del verano de 1942 cuando volvió a ver a Peggy. Él acababa de realizar un año de prácticas médicas en Nueva York y estaba esperando que lo llamara el Ejército.

Una tarde se encontraba en una mesa del Palm Room del Biltmore Hotel, aguardando la llegada de su pareja. En algún lugar, detrás de él, una chica alzaba mucho la voz mientras refería el argumento de una novela de Taylor Caldwell. Tenía un acento sureño, pero este no era confuso, ni bluegrass, ni especialmente parsimonioso. A Rudford le parecía mucho más similar al de Tennessee. Miró hacia atrás. La chica era Peggy. No tuvo que echarle una segunda mirada.

Permaneció sentado y se preguntó durante un minuto qué cosa le diría; es decir, en caso de que se levantara y acercara a su mesa: una travesía de quince años. Mientras reflexionaba, Peggy lo divisó. Espontáneamente, se incorporó de un salto y fue hasta su mesa.
–¿Rudford?
–Sí…
Él se puso de pie. Sin avergonzarse, Peggy le dio un beso cálido aunque fugaz.
Se sentaron un momento a la mesa de Rudford y se dijeron mutuamente que era increíble que se hubieran reconocido y lo bien que se veían ambos. Luego Rudford la siguió a sumesa, donde estaba su esposo.
Este se llamaba Richard y algo más y era un piloto de la Marina. Medía más de dos metros y tenía unos billetes de teatro o unas gafas de aviador o un dardo en la mano. Si Rudford hubiera llevado una pistola, lo habría matado en el acto.
Los tres se sentaron alrededor de una mesa diminuta y Peggy preguntó extasiada:
–Rudford, ¿te acuerdas de aquella casa de la calle de Miss Packer?
–Claro que sí.
–Bueno, ¿quién crees que está viviendo allí ahora? Iva Hubbel y su esposo.
–¿Quién? –dijo Rudford.
–¡Iva Hubbel! Acuérdate de ella. Estaba en nuestra clase.
¿Te das por vencido? La que siempre nos acusaba a todos…
–Creo que sí me acuerdo –dijo Rudford y luego añadió con mordacidad–: Aunque hace quince años de eso.
Peggy se volvió hacia su esposo y, para ponerlo al día, le hizo un interminable recuento sobre la casa de la calle de Miss Packer. Él la escuchó con una sonrisa de acero.
–Rudford –dijo Peggy inesperadamente–, ¿qué hay de Lida Louise?
–¿Qué quieres decir, Peggy?
–No sé. Pienso en ella todo el tiempo.
Esta vez no giró hacia su esposo para darle una explicación.
–¿Tú también? –le preguntó a Rudford.
Él asintió.
–En fin, a veces.
–Yo ponía sus discos todo el tiempo cuando estaba en la universidad. Hasta que un borracho perdido tropezó con mi «Soupy Peggy» y lo rompió. Lloré toda la noche. Después,
conocí a un chico de la banda de Jack Teagarden que tenía uno, pero no me lo quiso vender por nada del mundo. Tampoco he podido oír el disco otra vez.
–Yo tengo uno.
–Querida –intervino con suavidad el esposo de Peggy–. No quiero interrumpir, pero tú sabes cómo se pone Eddie. Le dije que llegaríamos a tiempo.
Peggy asintió.
–¿Lo tienes contigo? –preguntó–. ¿En Nueva York?
–Bueno, sí, está en el apartamento de mi tía. ¿Te gustaría oírlo?
–¿Cuándo? –insistió Peggy.
–Bueno, cuando tú…
–Querida, discúlpame. Mira, son ya las tres y media. Es decir…
–Rudford, tenemos que correr –dijo Peggy–. Oye, ¿podrías llamarme mañana? Nos estamos quedando aquí en el hotel. ¿Lo harás? Por favor.

Peggy se lo rogó mientras se deslizaba dentro de la chaqueta que su esposo le ceñía sobre los hombros.
Rudford se despidió de Peggy con la promesa de telefonearla por la mañana. Sin embargo, no la llamó ni la volvió a ver más.
En primer lugar, casi nunca le puso el disco a nadie en 1942. Por entonces, ya estaba terriblemente rayado. Además, ni siquiera sonaba como la voz de Lida Louise.


J.D. Salinger (New York, 1919 – New Hampshire, 2010). Narrador estadounidense, es autor de los relatos que componen Franny y Zooey y Levantad carpinteros las vigas del tejado/ Seymour, una introducción, así como de Nueve cuentos y de la novela El guardián entre el centeno.

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