tradicion

«La tradición y el precipicio»

Una relectura anotada de Entre paréntesis, de Roberto Bolaño

Por Gustavo Faverón Patriau


Acabo de leer, por segunda vez, Entre paréntesis, ese volumen de casi cuatrocientas páginas en el que, a mediados del año 2004, Ignacio Echevarría reunió los ensayos, artículos y conferencias que había escrito Roberto Bolaño en el último lustro de su vida, es decir, entre 1998, el año en que publicó Los detectives salvajes, y 2003, el año de su muerte. De mi primera lectura me quedaban sobre todo dos recuerdos. El primero era el del Bolaño abierto, sincero, a veces locuaz y a veces ácido, siempre mordaz, que es el Bolaño de las entrevistas –como la célebre conversación con Mónica Maristáin para Playboy México–, y los discursos, algunos pugnaces, que alternaban la crítica y el elogio a sus contemporáneos –como el del famoso Encuentro de Escritores Latinoamericanos en Sevilla (2003)–; y otros celebratorios, como el «Pregón de Blanes», emotivo, que explica la gratitud y el arraigo paradójico en Blanes de alguien que parecía, por su biografía anterior, por los temas de sus libros, condenado al desarraigo. Ese es un Bolaño apasionado tanto por la gente como por los libros, rendido admirador y lector de sus amigos, un hombre cuya vida da la impresión de haber sido una infinita conversación hecha de momentos cálidos y otros juguetonamente conflictivos. Más fuerte era mi segundo recuerdo: el de la iconoclasia, el del Bolaño agitador y tumultuoso que la había emprendido tantas veces contra el establishment literario chileno, vapuleando y vapuleado, como el Quijote con las aspas del molino.

Recordaba su mordacidad en una crónica sobre Diamela Eltit («a mí no me mira. Tengo la impresión de que le he caído mal. O tal vez Diamela es excesivamente tímida»). Tampoco había olvidado sus comentarios repetidamente malignos sobre Isabel Allende («La literatura de Allende es mala, pero está viva; es anémica, como muchos latinoamericanos, pero está viva. No va a vivir mucho tiempo, como muchos enfermos, pero por ahora está viva») ni sus observaciones incluso menos piadosas sobre Marcela Serrano («Una escritora es Silvina Ocampo. Una escribidora es Marcela Serrano»). Y recordaba sobre todo un pasaje en el que, para exaltar la figura de Pedro Lemebel, Bolaño atropellaba a todo el resto de la literatura chilena de su tiempo:

«Para mí, Lemebel es uno de los mejores escritores de Chile y el mejor poeta de mi generación, aunque no escriba poesía. Lemebel es uno de los pocos que no buscan la respetabilidad (esa respetabilidad por la que los escritores chilenos pierden el culo) sino la libertad. Sus colegas, la horda de mediocres procedente de la derecha y de la izquierda, lo miran por encima del hombro y procuran sonreír. No es el primer homosexual, válgame Dios, del Parnaso chileno, lleno de locas en los armarios, pero es el primer travesti que sube al escenario, solo, iluminado por todos los focos, y que se pone a hablar ante un público literalmente estupefacto».

No recordaba, en cambio, el elogio parco y relativo que le dirige póstumamente a José Donoso: «Decir que él es el mejor novelista chileno del siglo es insultarlo. No creo que Donoso pretendiera tan poca cosa. Decir que está entre los mejores novelistas de lengua española de este siglo es una exageración». Bolaño aprecia varias novelas de Donoso, aunque no lo cree un escritor excepcional; desprecia, en cambio, a «sus seguidores, los que hoy portan la antorcha de Donoso, los donositos», a quienes describe como malos imitadores de Ernest Hemingway y Graham Greene.

Bolaño era particularmente agrio con sus colegas chilenos, sobre todo los narradores, a quienes solía ver como vanidosos y provincianos –«la literatura chilena, tan prestigiosa en Chile», escribe en otra parte, con feroz mordacidad—, y esa actitud suya de confrontación, exacerbada en los pocos viajes que hizo a su país una vez que la fama lo alcanzó, parece haber teñido su recuerdo para siempre: todos pensamos en Bolaño como un parricida, un rebelde perpetuamente enardecido, un dinamitero, un francotirador. Antes de decir que mi segunda lectura de Entre paréntesis me ha dejado la imagen de un Bolaño diferente, debo aclarar que, en la práctica, como autor de libros tan radicales como Estrella distante y 2666, Bolaño sí fue, en efecto, un transformador, pero no uno que quisiera volar en añicos la tradición, no una especie de anarquista que coloca una bomba y mira de lejos qué forma cobra por azar la nube de polvo: fue un transformador consciente y respetuoso, incluso admirador y enamorado de la tradición. No solo de una tradición o varias en particular, sino de la idea misma de tradición, incluyendo sus aspectos más oficiales: el canon y los mecanismos que lo construyen.

Apenas le fue dada la posibilidad de escribir una columna en un diario –o en dos, uno en Girona y otro en Santiago–, empezó por enumerar los nombres de su panteón personal, con admiración de adolescente: «Me gustaría comprar todos los libros de Tolstói y de Dostoievski que ya leí pero que no tengo en mi biblioteca.
También los de Daudet. Y los de Víctor Hugo». Las primeras columnas que escribió sobre poesía comenzaron por el elogio de sus trovadores preferidos: Arnaut Daniel, Marcabrú, Bertrán de Born, Peire Vidal, Giraut de Bornelh, Jaufre Rudel. Le gustaba establecer la conexión entre ellos y Dante o Petrarca, dibujar el tránsito de un estilo a lo largo de los siglos.

Más de la mitad de sus columnas periodísticas las dedicó a recomendar la lectura de los clásicos: Shakespeare, Quevedo y Góngora («nuestros dos más altos poetas»), Gonzalo de Berceo, Cervantes («nuestro más alto novelista»), Borges («que escribió obras maestras absolutas»), Jonathan Swift, Jules Renard, Daudet, Víctor Hugo, Thomas de Quincey, Zola, Maupassant, Turguéniev, Stendhal, Saki, Pound, Gombrowicz.

Pese a declarar un par de veces su menosprecio por la academia, o por el academicismo postrado de mucha crítica oficial –es especialmente virulento con los críticos latinoamericanos en Estados Unidos, sobre todo los de izquierda–, Bolaño suele reconocer no solo el valor general del ejercicio crítico, sino la influencia directa de la academia sobre sus propios gustos. A los poetas provenzales dice haber llegado a través de la lectura de «los estudios deslumbrantes de Martín de Riquer» y cuando quiere dejar claro que Cormac McCarthy es un novelista brillante, apela sin miramientos a la autoridad del más conservador de los gurúes de la crítica americana, enfatizando en la línea final de un ensayo, como si se tratara de un corolario inapelable: «Según el prestigioso Harold Bloom, (Meridiano de sangre) es una de las mejores novelas norteamericanas del siglo XX».

Tampoco huye (¿cómo podría hacerlo un admirador de Harold Bloom?) de la discusión sobre el canon, y reiteradamente construye listas de autores y libros indispensables. Cuando se refiere a Max Beerbohm, escribe: «si tuviera que elegir los quince mejores cuentos que he leído en toda mi vida, ‘Enoch Soames’ estaría entre ellos, y no en el último lugar». Cuando evalúa la obra de César Aira, repite una operación semejante: «Aira ha escrito uno de los cinco mejores cuentos que yo recuerde. El cuento se llama ‘Cecil Taylor’». Un par de párrafos más allá añade que Aira «es un excéntrico pero también es uno de los tres o cuatro mejores escritores de hoy en lengua española». Sobre su admirado Enrique Lihn afirma que es «uno de los tres o cuatro mejores poetas latinoamericanos nacidos entre 1925 y 1935. O tal vez uno de los dos mejores. O tal vez fue el mejor». A Alan Pauls le dice directamente, no sin la vanidad de un lector que se sabe en posición de juzgar y ensalzar: «Es usted uno de los mejores escritores latinoamericanos vivos y somos muy pocos los que disfrutamos con ello y nos damos cuenta». A Philip K. Dick lo nombra «uno de los diez mejores escritores del siglo XX en Estados Unidos, que no es decir poco».

Si el rasgo más habitual en los iconoclastas contemporáneos es borrar la línea entre alta cultura y cultura popular, o entre alta literatura y literatura baja o secundaria, Bolaño suele conservarla. Refiriéndose a Andrés Neuman, por ejemplo, apunta que «ningún buen lector dejará de percibir en sus páginas algo que sólo es dable encontrar en la alta literatura, aquella que escriben los poetas verdaderos, la que osa adentrarse en la oscuridad con los ojos abiertos». Sobre La sinagoga de los iconoclastas, escribe: «el libro de Wilcock me devolvió la alegría, como solo pueden hacerlo las obras maestras de la literatura que al mismo tiempo son obras maestras del humor negro».

Por supuesto, se puede objetar que el canon que Bolaño defiende, sobre todo cuando llega a la literatura contemporánea, no es el canon oficial, y que en su preferencia por ciertos autores marginales, o de impronta marginal, está la diferencia que hace de Bolaño un iconoclasta. Hay dos problemas con esa observación, sin embargo: el primero es que difícilmente Bolaño exalta a escritores realmente marginales: suele optar, más bien,
por autores «raros» pero ya largamente aceptados en el canon, como los argentinos Aira o Wilcock, o defender el valor de opúsculos menores de escritores de enorme celebridad, como cuando rescata la obra novelística de Enrique Lihn, enormemente idiosincrásica. Pero más interesante es el segundo rasgo: Bolaño no suele idealizar a esos escritores por su marginalidad ni por su extrañeza en sí misma, sino porque su originalidad parte de una relectura inteligente y audaz de la tradición. Es sintomático el caso de Bukowski, un escritor que fascina a muchos por la acidez de su desapego con respecto al establishment y por la fuerza de su ruptura con la tradición. Bolaño escribe de él: «Si bien como novelista nunca brilló a gran altura, como cuentista, en la tradición que va de Twain a Ring Lardner, es autor de algunos cuentos notables». Es decir, admira la forma en que se inscribe en una tradición y la empuja más allá, no la forma en que reniega de ella o renuncia a formar parte de su historia.

La mención de Twain es de gran importancia, contextualmente: el ensayo más largo que escribió Bolaño sobre un solo autor es su artículo «Nuestro guía en el desfiladero», que es un estudio, más bien intuitivo, de ciertos episodios de Huck leberry Finn. Al inicio de ese texto, Bolaño postula que todo narrador americano, incluyendo a los latinoamericanos, en algún momento de su labor creativa se ve enfrentado a una encrucijada, un cruce de caminos, que son el camino de Melville en Moby Dick y el de Twain en Huck leberry Finn. Afirma que cada uno de esos dos caminos, esos «dos libros recortados en el horizonte», implica una forma de aproximarse a la literatura, una estructura narrativa, una especie de modelo, y que elegir entre ellos es inevitable. El camino de Melville es el camino del mal, por el cual ha de optar el escritor sabiendo que al hacerlo sus personajes serán capturados por una fuerza superior, se volverán distintos, quizá menos humanos y más trágicos, unos condenados o por lo menos asomados a un abismo extraordinario. El camino de Twain es, en cambio, el camino del ser humano normal, que podría ser cualquiera de nosotros: los personajes se hundirán igualmente en el infierno, pero lo harán con alegría y normalidad, sin convertir la aventura en tragedia, o cegándose a reconocer la tragedia. Si Melville prefigura a Kafka y a Borges, Twain, dice Bolaño, lo hace con Faulkner y Hemingway (y también Bukowski, claro). Nosotros podríamos añadir: Twain prefigura al Bolaño de Los detectives salvajes, así como Melville prefigura al Bolaño de Estrella distante y 2666, cuyos personajes no solo reconocen el mal mirándolo a los ojos, sino que se empeñan en revelarlo, en desvelarlo, en deconstruirlo, en enfrentarse a él, tocar sus bordes, no comprenderlo, pero sí reconocerlo. Y si unas líneas arriba mencioné esas dos novelas como los experimentos más radicales de la bibliografía de Bolaño, ahora puedo decir que, según las pistas que él mismo nos dejó en sus ensayos, no llegó a ellas por obra de su impulso contraventor, sino dirigiendo ese impulso hacia el interior de la tradición, buscando en la tradición (en una tradición) su ruta y su precipicio, pero también allí a quienes pudieran ser sus guías en el desfiladero.


Gustavo Faverón Patriau (Lima, 1966) es escritor y profesor asociado en Bowdoin College (Maine). Autor de la novela El anticuario, de dos libros de teoría, y, con Edmundo Paz Soldán, coeditor del libro de ensayos Bolaño salvaje, cuya segunda edición se presentará en mayo en Barcelona.