leilaguerriero

«Uno lee con la intención de no sentirse tan solo, tan loco, en la vida»

Heroína del nuevo periodismo iberoamericano, la argentina Leila Guerriero (Junín, 1967)acaba de publicar Plano americano, un conjunto de perfiles de escritores y artistas continentales en el que ha puesto, como suele hacer, toda la carne en el asador. El resultado son veintiuna fotografías definitivas, aunque ella asegure que la escritura tiene fecha de vencimiento.

Por Manolo Bonilla


Al principio, Leila Guerriero era solo una voz. Había aparecido una fotografía suya en una ventana de Skype, y ella hablaba. La cronista argentina que escribió de gigantes que iban a jugar en la NBA, de reyes de la carne metidos en política, de un mago manco y un pueblo de jóvenes suicidas al sur de su país decía que los feriados largos se le hacen eternos, que aprovecha esas fechas para trabajar cuando nadie lo hace, que otras veces (como esta) coge sus cosas y se va de viaje. Mejor dicho, se va «de vuelta» a Junín, su tierra. Sale de su departamento en Villa Crespo y enrumba 250 kilómetros lejos de Buenos Aires hacia la misma ciudad que vio nacer a Eva Perón y a una niña demasiado curiosa y sensible hace 45 años. En esos viajes de tres horas maneja siempre su esposo, el fotógrafo Diego Sampere, mientras ella se entretiene haciendo zapping radial cuando no escribiendo en la cabeza, mirando por la ventana. Igual que cuando corre por las mañanas o las noches y empieza a teclear en su mente las primeras oraciones de un futuro texto. En Junín todavía viven su papá y uno de sus hermanos en la contigua a la casa donde pasó su infancia. «Es muy evocador cuando voy, es una relación visual. Cuando me pongo a ordenar el placard, encuentro cosas y los objetos me remiten a un recuerdo específico. Tengo demasiadas magdalenas. Todo es muy lisérgico, es como masajear las emociones, a flor de piel».

Uno imaginaría sin conocerla que a la portada de su último libro Plano americano, casi una foto definitiva, le faltaría un cigarro que cuelgue encendido entre el índice y el medio izquierdos. Que Leila Guerriero corre para compensar la nicotina en su cuerpo delgado. Pero ella no fuma ni bebe café, tampoco toma licor mientras escribe. «No encajo en esa imagen del periodista. Bah, soy un aburrimiento», dice la cronista que llegó al periodismo por azar y que en una charla sobre su proceso de escritura dijo que no sabía nada, que le aburría Hunter Thompson, y que leía más ficción que otra cosa. La periodista distinta.

Después, fue la imagen vital de una mujer de polera negra (siempre lleva tonos oscuros), manos muy delgadas y ondas rebeldes en el pelo, sujetas en una media cola. Atrás, como telón de fondo, estantes repletos de libros. Son bibliotecas en forma de ele que cubren casi todas las paredes del estudio donde trabaja. La virtualidad no transporta olores pero Guerriero dice que su casa –un inmueble de los años 60 que le perteneció a una ebanista– siempre huele rico, que hay muebles de madera noble, grandes armarios y, por eso, un olor a lavanda de inquilino.

Como en toda antología de textos, el criterio siempre es antojadizo, a veces caprichoso. Lo que tenía claro Guerriero es que debería tener una lógica narrativa, que no fuera un «Frankestein mal hecho». Ha publicado tres antologías recientemente, todas a través del destacado fondo editorial de la Universidad Diego Portales de Chile. De 2012 son Temas lentos, donde compiló los trabajos y ensayos literarios del escritor argentino Alan Pauls; y Los malditos, que reunió diecisiete perfiles (que ella misma había encargado a otros tantos autores latinoamericanos, y luego editó) de escritores de vidas atormentadas. Para la última (2013), Plano americano, la UDP le propuso compilar retratos de gente vinculada al mundo de la «cultura». Y así lo dice, haciendo orejas de conejo con los dedos de ambas manos cuando pronuncia la palabra. Su computadora está organizada en carpetas por todos los medios donde trabaja. Tiene dos. Una que lleva de viaje. En las dos, tiene todo. Cada una de las carpetas tiene los audios a un lado, y los archivos, las desgrabaciones otro, nombres de archivo con una lista enorme de versiones correlativas. La 17 es la última. Una versión larga y una corta, que se publica. Entonces, hizo un recorrido por todos esos lugares y personajes de los que ha escrito en los últimos cinco años. «Uno sabe que no todo lo que escribe es antologable», dice Guerriero, conjurando el tema del ego en todo escritor. Al final, el resultado es un crisol de distintos creadores en el continente: desde el poeta chileno Nicanor Parra, la fotógrafa argentina Sara Facio, los artistas Guillermo Kuitka y Marta Minujín, hasta los escritores Fogwill, Ricardo Piglia y Roberto Artl. El título de la antología nació del western, de ese plano que enfoca hasta el inicio de las botas del cowboy. Ni tan general como una panorámica, ni tan intrusivo como un primer plano. Guerriero dice que un perfil es una aproximación posible. «Es irreal y ficticio pensar que se puede llegar a esa intimidad casi pornográfica del plano detalle. La única medida posible y real es el plano americano. Si pasamos siete días, tres meses o un año con una persona, no vamos a saber todo de ella desde que nació. Aunque hay que tener la sensación de saberlo todo para poder contarlo».

Alguno de los personajes que aparecen en Plano americano podría haber sido un maldito de tu anterior libro.

¿Quién, por ejemplo?

Fabián Casas, Fogwill.

No, no me parece. Un maldito necesita un grado de tortura psíquica fuerte. Ellos dos son vidas intensas, exageradas, lleva-das al extremo. No todos terminan suicidándose. Fogwil tenía una fortaleza infernal, era un tipo muy vital, generoso, retorcido a su manera, pero no era un perverso.

Otra cronista, Gabriela Wiener, escribió en un medio argentino que para acercarse a un perfilado había que odiarlo o amarlo. Que te apasione o que no hayas escuchado nada, para que la propia escritura sea también un aprendizaje.

Cada uno tiene su método y le funciona. Susan Orlean dice que va a entrevistar a una persona y no sabe una sola palabra de ella. Va donde un taxidermista y le dice enséñeme, usted es el que sabe. Yo me muero de miedo si hago eso. Pienso que voy a perder un montón de oportunidades de preguntar, me puede estar engañando. Y las dos autoras me parecen geniales. Pero lo mío no es ni odio ni amor, ni aprehensión o veneración, sino curiosidad.

¿Procuras leer todo sobre el entrevistado?

Totalmente. Trato de conocer mucho. Saber todo y luego desaprenderlo. No tienes que actuar como si rindieras un examen acerca de cuanto sabes de él. No voy a confirmar datos como en un cuestionario policíaco. Tampoco voy para que me cuente su currículum. La idea es descubrir intereses, obsesiones. Si eres un gran escritor y escribiste una gran obra en 1985 y recién publicas otra en 2011, entonces ahí pasó algo.

Solo uno de los textos que aparece en el libro estuvo inédito, el perfil de Roberto Arlt. Tuviste que hacer un trabajo casi arqueológico para hallar indicios. Ese proceso de sabueso que se topa con callejones sin salida, a pesar de la extensión –casi 90 páginas–, se siente en la intensidad que va in crescendo.

Fue lo que más me costó en la vida. No recuerdo tantos dolores de cabeza. Todos los rastros parecían haber desaparecido. Todo era eso y lo contrario. Se murió en 1942 y no quedaba nadie que lo hubiera conocido, la hija era reticente a dar declaraciones y al hijo no lo pude encontrar por ningún lado. Estuve tres meses buscando su teléfono. En el texto, tres renglones fueron, en realidad, tres meses de búsqueda. Era tan absurdo todo que parecía, por momentos, un chiste de Arlt. Me gusta mucho esa labor de sabueso, detrás de gente que ya murió. Como hice también con Idea Vilariño y Pedro Henríquez Ureña.

Estaba pensando en Rastro en los huesos, la crónica extensa que escribiste sobre el Equipo Argentino de Antropología Forense que investiga crímenes de lesa humanidad, que te valió el premio Nuevo Periodismo Cemex-FNPI en 2010.

Sí, a mí me gusta muchísimo la reconstrucción a partir de un dato. Ahora estoy haciendo una nota sobre Fogwill. Están por publicar un libro póstumo que se llama La gran ventana de los sueños, y tuve acceso a los originales, vi el último cuaderno donde había hecho notas en el hospital, ya muriendo, y vi tres o cuatro veces anotaciones que se repetían. Me gusta hacer ese tipo de nexos. Es algo natural.

Es como un CSI periodístico.

Algo así. Y eso, con los muertos, pasa mucho. Esos mundos mudos que aparecen en la vida de una persona. Por eso hay que leer exhaustivamente la obra, hay que hacer nexos entre la obra y la vida. Me gusta pero solo puedo hacer uno cada dos o tres años. Es un desgaste atroz. El perfil de Arlt lo terminé en octubre del año pasado. Tuve seis días de escritura intensa en Chile, mientras organizaba un documento demencial que tenía cien páginas de Word. Fue una investigación que tardó seis meses.

Un personaje debe tener ciertos requisitos para que te mueva a perfilarlo.

Mi oficio es contar historias pero no todas las historias son antológicas. Sería insoportable vivir así, imagínate todo el tiempo rebotando en el techo, diciendo «qué felicidad, hoy encontré otro genio». Creo sobre todo que tiene que ser gente que logre sostener mi interés. Si no tienes ninguna curiosidad por saber que va a pasar después, más adelante, te dan ganas de abandonar. La curiosidad es lo que te mueve. ¿Qué la produce? No lo sé. Desde personalidades explosivas como Marta Minujin, hasta actores secundarios, discretos, como Juan José Millas, que vive su vida con una mirada más extraterrestre, me han producido curiosidad en su momento.

Los personajes que escogiste no son anónimos, sino que han sido apuntados con los reflectores varias veces. ¿Cómo decir algo más de una persona que ha dicho tanto en tantas entrevistas?

Curiosamente, siempre tengo la ambición de hacer un perfil que sea como definitivo (N. del A. «una de esas fotos que funcionan como la versión definitiva de una persona», escribió Guerriero sobre la imagen memorable que tomó Sara Facio de Julio Cortázar con el cigarrillo en la boca). Suena un poco soberbio pero tampoco sé si me sale. Intento. Que tenga esa sensación de algo terminado, que funcione como un documental, como un universo que lo cuente. Lo último que me preocupa es que haya pasado por la prensa. A algunos les sorprende la dimensión excesiva de tiempo que invierto en el reportaje. Creo que la mayoría no tiene idea de quién soy. A la tercera entrevista, pierden la ilusión de pensar que me van a responder como al resto del mundo.

En ese tiempo en que acompañas al personaje, ¿has presenciado algo que rompa con ese imaginario construido que luego no cuentes en el texto?

Prefiero que si alguien me dice «Te voy a contar una cosa que no quiero que pongas», no me la diga. Por ejemplo, la leyenda de Aurora Venturini está construida por ella misma. La versión que cuenta es una versión más intensa, novelada e interesante que la realidad. Kuitka me contó que había pintado toda su serie de los años ochenta, la que lo lanzó al estrellato, bajo los efectos furibundos de la cocaína, con los Rolling Stones a todo dar. No pensé que no lo debería poner porque Kuitka deba conservar esa imagen de muchacho bueno a ultranza, de talento concentrado. Asumo que la gente que me recibe en su casa es gente adulta. No me meto de contrabando de noche en su casa a grabar lo que dicen en sueños. Trato simplemente de no hacer periodismo canalla.

En la elección de los perfiles se trata, en su mayoría, de personas que cuentan con una trayectoria y una obra consagrada. Son viejas, en una edad en la que evalúan su vida, digamos.

Me encanta la gente vieja. Me gusta hablar con ellos, me parece que esa gente, de esa generación, de Nicanor Parra, de Felisa Pinto, de Sara Facio, tiene recuerdos de un siglo majestuoso, donde se hicieron cosas increíbles, se produjo periodismo y fotografía fascinantes. Vieron nacer muchas cosas con las que nosotros nos criamos. Siento que no siempre se les da el espacio, salvo lo coyuntural; nunca se hace un recorrido extenso por toda su vida, con sus aciertos y desaciertos. Me encanta esa tarea. Si me dices que dentro de veinte años voy a poder entrevistar de vuelta a Guillermo Kuitka durante tres meses, me encantaría seguro. Pero sería casi como ver a otra persona. Hay que contar todo desde cero. Como mi ambición es esa, no puedo hacer tres o cuatro perfiles de la misma persona. Me interesa saber más que hizo esa persona después de su época dorada y, en todo caso, cómo siguió o sobrevive a esos años, si tuvo conciencia de ese momento en que estuvo en la cresta de la ola.

¿Vuelves sobre tus escritos?

Soy muy autocrítica, obsesiva y exigente. Pienso que la escritura tiene una fecha de vencimiento. Leer mis textos de cinco o seis años atrás es como leer textos que escribió otra persona. Me cuesta mucho. Uno extiende los recursos cuando escribe, los gasta como tela contra las piedras, después algo pasa y cambia. Eso tiene que ver con la publicación de un libro, de una nota. Encuentras un estilo que ya no es tan orgánico, sino más fragmentario. O al contrario. Entonces me pregunto: ¿esto es lo mejor que puedo hacer o lo hice por pereza? ¿Es un rasgo de estilo o es un tic? ¿Esta es la que quiero que sea mi voz o es la única voz que encontré porque no me sale otra? ¿Qué pasa si me pongo incomoda, si no empiezo así el perfil? Siempre ando buscando el lugar incómodo pero nunca me lleva a la parálisis. Siempre trabajo, si no me sale, sigo ahí, tratando.

¿El fin último del perfil es demostrar que estas personas tienen rasgos universales: la angustia, la locura, la pasión?

La idea es humanizarlo, mostrarlo en la mayor cantidad de facetas que se pueda. No todo el mundo tiene un lado oscuro. Hay gente que es más llana y hay que saber leer esa llaneza. Hay una épica en el hombre común. A veces un lector siente más empatía cuando el perfil cuenta la parábola del héroe caído, de cómo resuelve su relación con su propio genio, si les impide tener una vida cotidiana, de cómo lidia con las angustias, la vida de pareja, las penas, las pérdidas, las mudanzas, la vocación, las cosas que acumulan, de las que se desprenden. Uno lee con la intención de no sentirse tan solo, tan loco, en la vida.


Manolo Bonilla (Lima, 1985) es periodista y ha colaborado con diversos medios. Asimismo, es editor de publicaciones periódicas.