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Ficción

Marcas

Por Juan Manuel Robles


«¿Cómo hago si no quiere irse?» fue lo que me pregunté al verlo entrar a la sala de mi casa. Había tocado el timbre dos veces, se había quedado quieto en el umbral y había dicho mi nombre con una voz ronca, reverberante, que –se me hizo evidente– solo estaba ejecutando a una mínima fracción de la capacidad instalada (supe al instante que era la clase de sujeto que no tendría problemas en hacerse escuchar ante un montón de chiquillos con ganas de joder). Con una voz así es difícil distinguir entre una pregunta o una acotación o una orden, y por eso no sabía bien cómo responder que en efecto, sí, yo era la persona que buscaba. No sabía cómo hacerlo, pero lo hice. Entonces dibujó una sonrisa, soy Fonseca, dijo, y estrechó la mano, una mano suave y larga, y sin esperar respuesta dio un paso hacia mi sala, como uno de esos parientes lejanos que aparecen de pronto y que, aunque nunca te hayan visto, sienten que compartir contigo cierta prehistoria, ciertas fallas de origen, les otorga algunos derechos, incluido el del libre tránsito en tu departamento de alquiler.

Pero él no es mi pariente, para nada, así que debo admitir que me he puesto nervioso.

El hombre mide un metro ochentaicinco, más o menos, y eso hubiera sido un motivo de alarma automática de no ser por su aspecto civilizado. Lleva un terno impecable, gris oscuro, casi negro, planchado tan prolijamente que para dibujarlo como lo veo ahora (he retrocedido instintivamente por precaución), convendría usar un juego de reglas. Sus zapatos brillan con la misma intensidad que el pelo: se lo ha peinado hacia atrás con tesón y ese esfuerzo quedó congelado en el tiempo –como un insecto movedizo detenido en el ámbar– gracias a un gel fijador aceitoso que refleja las luces. Al verlo así comprendo por qué no ha tenido ningún problema en pasar la reja principal de la quinta sin identificarse ni decir nada. Da confianza, a su modo. Trae consigo un maletín de cuero y, en la misma mano, arrugada a un extremo, una bolsa de papel de Kentucky Fried Chicken.

–Estoy ocupado ahora mismo –digo–. ¿Viene del seguro?
–No.
–Vende algo… –especulo con aires de dueño de casa.
La verdad, hace tiempo que no veo vendedores a domicilio, son señores de otra era, habitantes de una memoria mitad real y mitad televisiva, como el amigo Electrolux que venía a mostrarle aspiradoras a mamá. Aunque pensándolo bien, y a decir de las canas de sus patillas, luce muy maduro para andar en esos trajines–. ¿Qué se le ofrece entonces? –pregunto con algo de impaciencia, y no puedo evitar fijar la vista en la bolsa de KFC. No me agrada tenerla aquí y una mueca automática que arruga mi nariz me delata. Éllo nota y se disculpa, dice que le prometió a su hijo que le llevaría un «extra crispy», y que como estaba en el camino decidió comprarlo.
–Pero no se preocupe –me dice–, estaré muy poco tiempo. No soy un vendedor ni un charlatán, solo quiero mostrarle algo.

Se sienta en el sofá, coloca su maletín de cuero en las faldas y deja la bolsa a un lado. Me perturba que ponga el pollo allí. Temo que el vapor grasoso se impregne en el cuero del mueble.
–¿No prefiere que le guarde eso?
–No –dice, y esta vez el tono es rotundo, ensayado, teatral–. Ya se lo dije, será solo un momento.
–Pero…
–Es solo pollo frito, amigo. ¿Tiene algo contra Kentucky Fried Chicken?

Reparo en sus ojos. Son marrones y vidriosos, levemente bizcos pero no de una manera estúpida, sino como los de alguien que ha pasado mucho tiempo viendo las cosas de cerca.
–No me gusta el olor. Y ya que me lo pregunta, tampoco pienso que sea muy recomendable darle eso a su hijo.
Es tan… dañino.
–¿Dañino?
–La grasa, el colesterol. He oído que los pollos crecen tan rápido que nunca caminan… –le digo, recordando cierto documental–. Son como mutantes.
–¿Pollos mutantes?
–Eso.

Entonces estalla en carcajadas que retumban en el departamento y –puedo jurarlo– hacen vibrar los vasos más baratos de mi vidriera (los que no tienen la suerte de haber sido emparejados en una fábrica digna y hasta tienen burbujitas interiores). Quiero decirle que no ha sido mi intención entrometerme, pero vuelvo a evaluar la circunstancia y me siento estúpido: el único entrometido aquí es él. Literalmente. Miro a los lados como si buscara un botón de emergencia. Pero no lo hay, esto no es un banco ni un barco, hay pocas cosas que yo podría hacer si el hombre no quisiese irse.

El maletín permanece en sus muslos. Está por abrirlo pero algo captura su atención.
–¿Qué le pasó allí? –pregunta, y se toca el pómulo izquierdo para referirse a mi pómulo derecho, optando por usar la infantil lógica inversa de los espejos antes que hacer un esfuerzo mínimo de empatía. Efectivamente, tengo allí una cicatriz que me hice cuando era niño, es larga y curva como una luna menguante, pero se ha ido desvaneciendo con los años, y las cremas, y hoy solo puede observarse si se mira atentamente bajo ciertas luces artificiales blancas. Me sorprende que lo haya notado ahora, a media tarde. No cualquiera podría.

Voy a responderle sobre la cicatriz, contarle que me la hice mientras buscaba una pelota de fútbol debajo de un columpio en movimiento, pero él se adelanta y me toca el hombro: «No importa, no es asunto mío».

Ahora abre el maletín, que ha permanecido en sus faldas, y saca un sobre amarillo de Kodak. El sobre luce viejo pero no arrugado, y eso me hace pensar que pasó mucho tiempo bajo una pesada pila de folios.
–Disculpe de verdad. Debe ser incómodo para usted. Imagínese, venir a su casa así, de pronto.
–Un poco, sí.
–No se preocupe, no le quitaré mucho tiempo. Esto va a interesarle.

Saca la primera foto y me la entrega. Es de día y hay sol. Unos niños se columpian frente a un castillo gris, con torres y muros tan perfectos que no podrían ser parte de una arquitectura real. La vestimenta no es de esta época. Todas las niñas tienen vestido, zapatos de correíta, medias blancas. No hay un solo jean en la imagen.
–¿El Rancho? –pregunto. –Exactamente –me dice, celebrando con las cejas negras alzadas, y me da más fotos.

El Rancho era el local donde se celebraban los cumpleaños cuándo éramos niños. Estaba reservado para las ocasiones especiales pues costaba caro, lo que quiere decir que si pertenecías a una familia de clase media solo te podían hacer tu santo allí una vez en la infancia. A mí nunca me hicieron una fiesta en El Rancho, pero fui varias veces a las de mis compañeros de colegio. En las tarjetas de invitación estaba siempre el dibujo un payaso de pelo largo con una corbata enorme. «Te invito a mi fiesta», decía. El inventario es íntimo y a la vez generacional. Lo hago en mi mente ahora mismo y lo haría cualquiera que esté en mi posición en este instante, con fotos en la mano. No son tomas particularmente buenas, al contrario, algunas están desenfocadas o movidas, con fracciones de personas y caras. Pero quien las haya tomado tuvo tiempo de hacer el recorrido completo. Un trencito con vagones de colores atravesando el campo. Unas camas elásticas donde saltabas y saltabas, y por un instante eras más grande que los grandes. Una cabaña de Robin Hood, otra de Pedro Picapiedra. Un golf en miniatura. Los pollos (casi olvidaba que el lugar era una pollería). Ocho letras gigantes, más altas que cualquier ser humano, que formaban la palabra INCA KOLA, detrás de cada una de las cuales se escondía un tobogán, un subibaja, una rueda giratoria. Y todo eso en medio del campo, entre cabañas y senderos donde los payasos deambulaban con sus trajes pesados haciendo muecas y ademanes, como inquilinos vigorosos de un manicomio feliz.

El Rancho, pienso de pronto, no es un escenario menor. No desde que se volvió recuerdo y ese recuerdo se fue multiplicando. De hecho, me enteré que hace unos años destruyeron el local para construir un condominio y me dio tristeza saberlo. Y supe también que algunos manganzones de mi generación no pudieron con su tristeza y días antes de la demolición llegaron al local, que para entonces ya era una especie de pueblo fantasma a las espera de las máquinas, y abrieron la puerta y buscaron cosas, recorrieron el sitio como huaqueros sin brújula ni mapas, pero ya no había nada salvo ruinas, y algunos, en plena noche, se sentaron a un lado y se pusieron a llorar.

–Veo que le gustó. No quiero darle demasiada confianza, pero las fotos han conseguido cautivarme, él lo nota y sonríe. «Mire esta de aquí», dice, y su sonrisa se ensancha.

Esa es la cabaña de Robin Hood, lo recuerdo bien, y hay unos niños luchando por el botín de una piñata.

Uno de los niños soy yo. Me apretujan todos. También soy yo el que está en la siguiente foto, deslizándose en el tobogán que salía de la letra O de INCA KOLA (la I, creo recordar, era el eje de un carrusel mecánico). La foto congeló mal el instante en que me deslizo y por eso mi cicatriz, que por entonces era notoria, se hace gruesa en la toma: en vez de luna menguante parece un cachito. En otra imagen estoy en una rueda de hierro diseñada para dar volantines, a veces daba vértigo o miedo y por eso veías a muchos papás forzando la vuelta, 360 grados, no te va a pasar nada, estoy aquí, vamos, uno, dos, tres, y la rueda giraba y las niñas se despeinaban. Me quedo observando, un tanto nervioso por lo repentino del collage, que me incluye, pero también fascinado. Las fotos son espontáneas y ese es su mayor encanto: parecen un detrás de cámaras. En un álbum de la niñez, pienso, nadie tiene demasiadas fotos de perfil.

–Pensé que podría interesarle. Han estado archivadas mucho tiempo.

La voz de Fonseca me despierta y me pone tenso. ¿De dónde ha sacado todo eso? Reconozco mi vestimenta, sí.
Llevaba una camisa verde agua de manga corta, que tenía un conejito bordado en el bolsillo izquierdo, un pantalón blanco y unos zapatos plomos de gamuza. El conejito no sale nítido en ninguna toma pero sé que está allí, lo he reconocido de inmediato por unas fotos que tengo en El Rancho, en el álbum familiar. Ahora que lo pienso, tengo fotos de ese día, la ropa no da lugar a confusiones. Fue durante el cumpleaños de Pedrito el español, un amigo del colegio, y yo había llegado a la fiesta con mi padre. Papá llevaba una casaca blanca delgada, un polo a rayas y un pantalón negro, lo sé bien porque en una de esas fotos, que mi mamá guarda en el álbum, él se agacha y queda a mi altura –no era muy difícil, él siempre fue chato–, señala algo y yo lo sigo con la vista, dubitativo, y es como si me estuviera guiando u orientando o mostrando el horizonte, muy padre-e-hijodescubriendo- el-mundo. De hecho, es la única fotografía que yo recuerde en la que estamos los dos solos.

Mi padre no tenía dinero para hacerme una fiesta en El Rancho. Eso nunca me importó, no fui criado en la envidia, la ambición o la vanidad. Pero ese día –lo he visto tanto en el álbum que puedo segmentarlo con claridad en la memoria– sí sentí los efectos colaterales de la ausencia de recursos. El obsequio que mi padre había comprado para mi amigo eran un montón de canicas de colores envueltas en papel de regalo. ¡Canicas! Pedrito el español dormía con el Halcón Milenario debajo de la cama, tenía un Atari con dos controles, la espada de He-Man, el castillo Gray Skull. Había en sus repisas colecciones largas de juguetes importados. ¿Con qué cara iba a regalarle bolitas?

El olor a pollo se ha hecho más intenso, lo siento y arrugo la nariz. El vapor de grasa me devuelve al presente, a la realidad y a la paranoia. ¿Cómo tiene esas fotos? ¿Cómo pudo rastrearme? Volteo las copias para ver si está mi nombre o alguna anotación, pero no veo nada. Él se da cuenta y se anima a hablarme, como intuyendo mis dudas.

–Llevo unos años estudiando estas fotos. Ya hasta las había olvidado. Y un día, estaba en el supermercado cuando lo vi. Bueno, en realidad no lo vi, vi su cicatriz mientras usted compraba yogurt sin lactosa en el frigorífico. Lo seguí hasta aquí. Luego volví, esperé su salida, caminé cerca de usted y lo comparé con las fotos. No sé si se lo han dicho, pero no ha cambiado tanto desde entonces.

Saca otra fotografía del sobre.
–Mire, aquí está usted con Supermán.

Éramos casi del mismo tamaño. Pedrito el español estaba disfrazado del hombre de acero. Yo tenía su regalo y debía dárselo. Pero no se lo di. Me puse a dar vueltas y a manosear el paquete más de la cuenta –tal vez no me animaba a darle un regalo tan ridículo– y el papel se rompió y un montón de canicas rodaron. Recuerdo aún el ruido de todas esas esferas de vidrio golpeando el piso. Varios niños voltearon. Alguien incluso se cayó al suelo por pisarlas y me sentí mal. Lloré. Estaba solo. Mi padre tuvo que irse antes de tiempo porque debía ir a trabajar; una tía vino a recogerme más tarde.

Me he quedado congelado en una sonrisa, la sonrisa boba de la nostalgia –también un tanto arrogante y displicente, como si nuestro pasado fuera un hermanito entrañable pero un poco idiota–. En eso vuelve a mí el olor a Kentucky Fried Chicken.
–¿Me va a dejar estas fotos?
–Claro, son para usted. Solo quisiera, por favor, que me responda una pregunta.
Mira su reloj. Me pasa la última foto del sobre.
–¿Podría identificar a la persona que está aquí?
En la fotografía, estoy mirando a la cámara. Alguien aparece de espaldas, más cerca al lente, entre el disparador y yo. Lleva una casaca blanca que se desenfoca. Mi mirada no es dubitativa, más bien alerta (nunca he visto una mirada así en mis álbumes familiares, donde generalmente aparezco desvalido, desorientado o lloroso). Fonseca ha cambiado de expresión al darme esta foto. Luce impaciente. Vuelve a mirar su reloj. Se rasca la cabeza, se deshace el peinado (el brillo se dispersa, atomizado y débil).

No me siento cómodo con la pregunta. En medio del aroma a pollo, consigo oler el peligro.
–Mmm… No se le ve la cara –respondo.
–Quizá no sea necesario verla… ¿Está seguro que no sabe quién es?

Me pongo de pie. Vuelvo a medirlo. Es grande, y el suspiro que ahora lanza es como el ronquido de un tiranosaurio rex.
–Sí, estoy seguro. ¿Me va a dejar las fotos?
Suelta una sonrisa cálida.
–Claro que sí, faltaba más. Pero déjeme antes contarle una historia, veo que es un hombre nostálgico. Déjeme que le cuente, es algo real –saca una libreta de notas y la hojea con el ceño fruncido–. El miércoles 20 de marzo de 1985, tres locales de Kentucky Fried Chicken fueron atacados por un comando de extremistas. Rociaron el interior con gasolina y lanzaron bombas molotov. Quedaron destruidos por dentro.
–Kentucky… ¿habla de los pollos Kentucky? –digo, señalando la bolsa.
–Sí –dice, volteando hacia el paquete, como quien mira una mascota.
–No entiendo: ¿atentaron contra una pollería?
Ahora me lanza una mueca de impaciencia.
–Su generación me sorprende. No solo han perdido la memoria, sino también el sentido común sobre el pasado. ¿Sabe las cosas que pasaban en esos tiempos? Vivíamos entre locos, y algunos de esos locos odiaban a KFC porque era un símbolo yanqui. Y le ponían bombas.
–Mmm… ya veo –digo. Mis manos juegan con las fotos, qué feo cerquillo me habían hecho–. ¿Murió alguien? Fonseca me clava la mirada, como si la pregunta fuera absurda. Sé que no está haciendo foco en mí porque sus ojos ya no están bizcos, y eso, tener los globos oculares en el centro de sus órbitas, le da más severidad a su gesto. Debe dolerle.
–No, no murió nadie, su objetivo no era ese. Pero no importa si murió alguien… Entraron al local con fusiles, les ordenaron a todos que se largaran. Algunos todavía tenían piernas de pollo en la boca… No lo veo conmovido, señor.
–Pudo ser peor.
–Fue horrible, créame… Quizá su animadversión hacia KFC lo afecte, se lo digo con respeto. Tal vez cree que estos pollos mutantes son tan dañinos que no le disgusta tanto la idea de que alguien queme sus locales. Quizá le enseñaron en casa que el cuco es él.
El coronel Sanders sonríe en la bolsa.
–¿Vino a hablar sobre mis ideas alimenticias?
–No, claro que no. Continúo. El caso es que la policía le siguió la pista a un sujeto que durante el atentado escapó de la escena del crimen. No llevaba pasamontañas, así que la identificación era relativamente fácil. Tres días después, un informante alertó de la presencia de alguien cuya descripción coincidía con la suya. Adivine dónde estaba…
–¿Es usted un oficial?
Ahora mira por la ventana. Siempre me ha sobrecogido más la melancolía en los hombres altos.
–Confórmese con saber que no vengo como uno. Ahora, si me permite seguir…
–Adelante.
–Un policía encubierto de la PIP entró en El Rancho para tomar fotos de seguimiento. Comprenderá que no tenían una cámara microscópica, como los rusos, el fotógrafo debía simular que tomaba fotos casuales. Ya sabe, sacar tomas aquí y allá, no muy cerca pero tampoco muy lejos del objetivo. De todos modos, él no iba a hacer nada ese día. La idea era obtener al menos una foto donde se le viera la cara al sospechoso, y continuar la investigación. Llamar a los testigos…

El sol ha declinado y la luz ahora le ilumina de lleno la cara. Sus ojos marrones vidriosos se han vuelto verdes.
–Pero cuando el fotógrafo infiltrado estuvo a pocos metros del sospechoso, este salió corriendo y de esa manera se colocó en evidencia, él solo. Fue imposible alcanzarlo. La única toma que pudo sacar es esta, que le acabo de mostrar.
Vuelvo a mirar la imagen. Mi cicatriz es fina, roja y curva, parece trazada con un compás. Mi mirada es dura.
–Y bueno, se lo pregunto de nuevo. ¿Reconoce a la persona que está en esa foto?
Las fotografías de la fiesta de Pedrito el español están la casa de mi madre. Pienso que debo llamar, preguntar si todavía se encuentran donde tendrían que estar. O ir y sacarlas de su sitio. Echarles gasolina. Fonseca está leyendo mis pensamientos. Sus ojos bizcos lo delatan.
–No, no reconozco a nadie –digo, y aspiro profundamente el vapor de los pollos, y no puedo evitar hacer una mueca de disgusto.

El hombre sonríe con sus ojos enormes, hace un doblez adicional a la bolsa de papel y levanta los hombros. Me da las fotos y cierra el maletín. Se levanta y camina hacia la puerta. Quiero que se vaya de una vez y desparezca de mi vista, pero antes de salir él se detiene.
–Una última cosa.

Y entonces extrae del bolsillo tres canicas. Me las entrega. Están tibias por el calor corporal. Me quedo mirándolas. De niño, cuando miraba canicas, a la luz, siempre me preguntaba cómo hacían para colocar esos pétalos de colores adentro. Fonseca sonríe, y por su sonrisa me doy cuenta de que esas son las canicas de ese día, las que se me cayeron, qué vergüenza. Quizá han permanecido en una bolsita ziploc, archivadas junto a las fotos. No recuerdo haberlas recogido, aunque es fácil suponer que, de haberlo hecho, no pude recuperarlas todas.

Quiero fingir que estoy extrañado, pero el hecho de recibirlas con naturalidad me ha puesto en evidencia. Él se acomoda el saco.
–¿Le dicen algo esas canicas?
–Nada especial. Nunca aprendí a maniobrarlas. Era un niño torpe. ¿Por qué me las da?

Vuelve a reírse, pero ahora su risa no reverbera. Es profunda y flemosa, como salida de un gastado pistón. –Usted comete un error que he visto tantas veces. Le tiene demasiada fe a las fotografías. ¿Le ha pasado que cuando evoca algo en su niñez usted aparece, de cuerpo entero, en el recuerdo? Comprenderá el sinsentido óptico del fenómeno. Usted no está recordando el hecho, sino una historia sacada del álbum. Lo malo es que esa perspectiva no es siempre la mejor. Piense en esto, piense en la imagen de un niño, en plano abierto, con un objeto en la mano. El objeto cae. Ahora le pregunto ¿se le ha caído? ¿O él lo ha dejado caer? No es fácil distinguirlo con la vista, hace falta saber la intención y a veces la intención es físicamente invisible. Y es allí cuando uno tiende a echar mano de la lógica, de lo plausible, de las ideas sembradas por el autoritarismo del álbum de fotos. A un niño llorón, a un niño torpe, las cosas suelen caérsele. Y ya. Pero eso es como basar el veredicto en prejuicios.

Cierro la puerta. Todo ha quedado oliendo a KFC.

Me quedo en la sala, jugando con las canicas, pasándolas de una mano a otra. Las contengo en un puño. De pronto abro los dedos y las esferas caen y corren, porque esa es la naturaleza de las canicas, no estarse quietas. Y entonces pienso en cierta tarde de verano en que tenía una camisa verde agua con marca de conejito, un pantalón blanco y unos zapatos de gamuza. Veo mis manos pequeñas sosteniendo el regalo, canicas para Pedrito, qué cojudez, qué vergüenza. Hay varios niños revoloteando y payasos que deambulan como inquilinos de un manicomio feliz. Quizá mi padre está cerca de mí, con la casaca blanca sobre el polo a rayas y el pantalón negro. Y quizá alguien se acerca con una cámara y veo a mi padre correr, y esa persona va detrás de él, y entonces rompo el papel de regalo, porque tengo seis años pero conozco la lógica del mundo, y las canicas caen –que no es lo mismo a decir que se me caen– y el hombre de la cámara se desploma pesadamente como el Coyote o Silvestre, o cualquier cazador más grande que su presa en los dibujos, alguien grande, grandísimo, de un metro ochentaicinco, más o menos.

Juan Manuel Robles (Lima, 1978) es periodista, columnista, narrador. Ha escrito crónicas y perfiles para diversos medios de América y Europa. Publicó Lima Freak. Vidas insólitas en una ciudad perturbada. Afina su primera novela.


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