«Los otros, los mismos»

Las pulsiones y el proceso que culminaron en la reedición en España de la
antología poética País imaginario. Escrituras y transtextos. 1960-1979

Por Maurizio Medo


Toma 1
Es el año 2006, y la idea sobre la existencia de una poesía novísima estremeciendo el continente latinoamericano empieza a cuajar con fuerza, lo que no significa que sea asumida en su real dimensión. Se celebran encuentros (cocteles, conversas, recitales). Existe una editorial independiente, de aquellas arriesgadas, en realidad hay muchas. El miniboom de la novísima –una serie de poetas que, habiendo aparecido con la globalización bajo el brazo, ponen sobre el tapete una escritura de cruces y fronteras lingüísticas que amenaza el concepto decimonónico de canon nacional– ha suscitado un crecimiento de estas empresas que existen gracias al punche y el fervor de unos pocos: Cuarto propio, La calabaza del diablo, Vox, El billar de Lucrecia… son algunas. Pero hay especialmente una que me interesa. Me animo y decido enviar hacia el norte de América, donde se encuentra, el manuscrito –¿todavía podemos hablar de manuscritos?– de un libro inédito. La respuesta no se hace esperar. Existe por parte de los editores un gran interés pero hay un detalle: he nacido unos años antes del lapso que los editores tenían en mente. En suma, soy un tío, pasadito ya como para aparecer en medio de la boutade de lo novedoso. Me causa algo de gracia y otro poco de estupor. Comienzo a mirar las escrituras de otros jóvenes antediluvianos. En el Perú, por ejemplo, hay algunos poetas como Rafael Espinosa o Willy Gómez Migliaro, cuyos registros escriturales calzan perfectamente con los que presenta esta editorial: discursos fragmentarios, polifónicos, antiliterarios, marginales respecto al poema, entendido como recipiente exclusivo para una clase de escritura. Sigo revisando. No estamos solos. En Argentina hay un poeta llamado Sergio Raimondi. Su escritura pone en disputa los campos en relieve del lenguaje. Y para ello, todo lo que toca se convierte en procedimiento, hallando en sus combinaciones un poder secreto: que la poesía, muy profundamente, es inversamente proporcional a la industria que la aniquila. También existen otros, el dominicano León Félix Batista, por ejemplo, que escribe contra la idea la del poema como un objeto prosódico cerrado. En México, un tipo llamado Ángel Ortuño realiza una poesía del gesto, del trazo rápido, de la inmersión sesgada de las percepciones más inmediatas. Le canta el sinsentido. Aparecen otros nombres como los de Andrés Fisher, quien escribe sobre un país que carece de lugar, el mismo que recorre pronunciando un idioma que no existe; Mario Arteca, Edgardo Dobry, Enrique Bacci, José Antonio Mazzotti, Elbio Chitaro, Silvia Guerra, Fernanda Castell, Victoria Guerrero, Rocío Cerón, Luis Carlos Mussó, César Eduardo Carrión, Emilio Lafferranderie, Martín Gambarotta, Ana Porrúa, Romina Freschi , Juan Carlos Bautista, Cristóbal Zapata, Virna Teixeira, Julián Herbert, Luis Felipe Fabre, Eduardo Padilla, Damaris Calderón, Vanna Andreini, Pedro Montealegre, Alejandro Tarrab, Montserrat Álvarez, Edgar Pou, Delmo Montenegro, Paula Ilabaca, Héctor Hernández Montecinos, Felipe Ruiz, Rodrigo Flores Sánchez, Martín y Juan José Rodríguez, Jerónimo Pimentel, Paul Guillén, José Carlos Yrigoyen… todos ellos son extranjeros dentro de la lengua a la que pertenecen. No se trata de simples rupturistas animados por una pataleta parricida. En ellos, como en otros, se puede notar una confluencia con aquellos otros denominados como de la novísima, incluso algunos como Hernández e Ilabaca son de sus animadores principales. Entonces, me digo, todos estos, quienes aparecieron en los momentos más bravos de una crisis generalizada en Latinoamérica (levantamientos indígenas en Bolivia y Ecuador, la barbarie terrorista en el Perú, el Caracazo en Venezuela) y los novísimos (quienes publican bajo la oleada neoliberal de las privatizaciones y del uso masivo de la Internet), ¿realmente son ajenos entre sí? No, concluyo. Descubro una sola generación, desnaturalizada por el rollo del canon, es decir, por su propuesta generacionalista entendida como: una generación nace, crece, se reproduce y muere en diez años. Voy más allá. Escribo: Sabiendo perfectamente que se trata de otro relativismo, deberíamos referirnos al grupo de poetas nacidos entre el 60’y el 79’ como uno compuesto por dos promociones. Una comprende a los nacidos entre 1960 y 1969. La otra, a los nacidos entre 1970 y 1979. Cada lapso supuesto se encontrará con el otro hasta, quizá, resultar indistinguibles. La pregunta entonces se impone: ¿por qué considerarlos como un solo contingente, para no hablar más de generación? Ensayo: porque todos estos autores comparten una misma visión respecto al estado del «poema». Porque sus escrituras lo desplazaron a una nueva situación: la de ser solamente una alternativa entre una serie de construcciones, procedimientos y otras formas, antes marginales, que poco a poco vemos reconociendo como poesía. El humor blanco, el exteriorismo, los versos de la otredad, los versos clase obrera, solo representan a un sector (el sector oficial, reconocido). Sus escrituras, las nuestras, parecen querer romper con el origen y el funcionamiento del lenguaje. Se nos presentan como ensambles antirreflex o, para decirlo más adecuadamente, eluden todo tópico representativo. Tal como señalaba Rafael Cippolini, con relación a cierta pregunta de Michel Foucault en su Teatrum Philisophicum: «Nuestra época es la pesadilla de Platón: experimentamos la representación a la enésima potencia». No existe representación porque el espíritu de la metáfora está barrido. Solo existen textos en progresión metonímica. En gran parte de ellos se trabaja desde el bordado por fuera del bordado, un centrifugado de patchwork que reimprime la noción ciega de una sintaxis en plena revulsión.

Toma 2
Han transcurrido un par de años desde que comencé a gestar esta idea. No recuerdo por qué razón, quizá por uno de esos encuentros poéticos o tal vez por una presentación libresca, los ecuatorianos César Eduardo Carrión y Juan José Rodríguez están en Arequipa. Yo también. He debido desistir de participar de unas lecturas planeadas en una universidad norteamericana. Conversamos sobre ello. Me preguntan sobre mi hipótesis. Respondo animado. Ellos no quieren encontrar un cabo suelto en mi discurso. Van más allá. Me preguntan sobre la aparente dicotomía de la poesía latinoamericana: neobarroco versus conversacionalismo. Les explico que no hay tal oposición y que esto se hizo evidente desde el momento en que un libro como Poemas y antipoemas (1954) de Nicanor Parra, «contaminó» el discurso heredado de José Lezama Lima. Que la inestabilidad inarmónica del neobarroco desestructuró la organicidad de lo conversacional. Que resultaría mucho más oportuno referirse a un movimiento continuo a través del cual el discurso conversacional, no comprometido con el rating, y aquel otro neobarroco, no el de sus epígonos «neoborrosos» –tal como los denomina Tamara Kameszain–, fueron entremezclando paulatinamente sus densidades. Que así es como llegó la escritura para este contingente, de una manera tangencialmente opuesta de como ocurrió para los poetas del viejo canon. Que lo conversacional y lo neobarroco no son más comportamientos estancos del lenguaje –uno mayoritario y otro finisecular–, paradigmas opuestos, fácilmente distinguibles, sino que, más bien, sus entrecruzamientos e intersecciones, ajenas a todo tópico representativo, hoy constituyen flujos generadores de nuevas capas y sedimentos lingüísticos, yuxtaposiciones de uno y otro, hasta borrar la última referencia de sus orígenes. Parecen haberse convencido. Ambos son editores, manejan la revista Ruido blanco, una apuesta de la gente de Quito. Me invitan: «Medo, publiquémoslo». Soy consciente que no soy, ni nunca seré, un crítico, tal como se denomina a los redactores de reseñas y gacetillas. Dudo de la oferta. Insisten. Acepto.

Toma 3
Creí que la historia acabaría en la línea anterior. El happyend pudo haber sido: el libro apareció. Sin embargo, las circunstancias se empecinaron en lo contrario. Mi libro, País imaginario. Escrituras y transtextos. 1960-1979, apareció en simultáneo con Poesía ante la incertidumbre. Antología. Nuevos poetas en español, razón por la cual el libro no tardó en generar polémicas. «El prólogo de Maurizio Medo descalifica y ofende poéticas que no corren paralelas a una pretendida oscuridad o búsqueda de la ‘inteligencia’, el ¿riesgo? o la desmesura», escribieron los adalides de la competencia, pues para ellos «la poesía tiene que emocionar»; básicamente eso, «la poesía es de emociones, se trata de volver a sentir, lo demás complica». Surgió una confrontación entre ambas propuestas de la que participé solo con una frase («tomo las cosas como de quien viene»), no más. Nada dije de lo que mi buen amigo Eduardo Moga ha considerado como la legitimación de un discurso «amojamado y retrógrado». Mientras, como buena parte de los poetas reunidos en País imaginario empezamos a aparecer publicados en España merced a la generosidad de la propuesta de Ediciones Liliputienses, un sello dirigido por el poeta José María Cumbreño, el cómputo de nuestra propuesta sintonizó también con el interés de (la editorial española) Amargord y llegó la propuesta de esta casa para publicarlo dentro de su Colección Once. Es así que aparecerá en mayo. Para esta edición pedí apoyo tanto al poeta argentino Mario Arteca como al español Benito del Pliego. Decidí que, de aparecer en España, el libro debía reunir a todos los poetas nombrados, pluralizar incluso más su óptica y convertirse, como dice Arteca, en un panóptico de multiplicidades y proposiciones estéticas. Creo que se ha conseguido.


Maurizio Medo ((Lima, 1965) es poeta y periodista cultural. Ha publicado, entre otros, los poemarios Travesía en la calle del silencio, Contemplación a través de los espejos, El hábito elemental y, recientemente, Homeless’s Hotel.