doblepersonalidad

No ficción

Doble Personalidad

Alberto Fuguet (Santiago, 1964) viaja constantemente de la literatura al cine, y viceversa. En esas idas y vueltas, el escritor y cineasta chileno se interna en zonas indefinidas para rastrear esos materiales capaces de conectar y emocionar. En esta entrevista, Fuguet aborda las implicancias de ser un cinépata, los caminos creativos que le permiten sentirse menos extraviado, sus referencias, sus tributos, entre otros temas. La marca McOndo es una huella del pasado.

Por José Tsang


En literatura, Fuguet pronto presentará Tránsitos, un conjunto de ensayos sobre libros y otros fenómenos letrados. En cine, está en plena gira de exhibición de Locaciones: En busca de Rusty James, una película de no ficción por la que viajó a Tulsa, Oklahoma, para grabar las calles en las que se filmó Rumble Fish (La ley de la calle), la obsesión cinéfila que le señaló por dónde tenía que ir su voz de narrador, luego de haber sido expulsado del Taller de Literatura de José Donoso. Recientemente, en un terreno híbrido entre las letras y el cine, publicó Cinépata, que incluye varios textos incendiarios sobre las películas y la crítica, fragmentos de sus guiones y hasta un cuento llamado Cincuenta Minutos.

Es un rasgo distintivo de su obra: de la literatura al cine, de la ficción a la no ficción, del español al inglés, o de estar extraviado a sentirse conectado. Y es que Alberto Fuguet es un trasplantado: criado en los Estados Unidos, cuando regresó con acné al Chile de la dictadura de Pinochet se halló perdido en medio del español. El refugio en los cines fue su bálsamo. Su tío Carlos fue más allá: de grande emigró para cazar el sueño americano y se perdió de verdad. Nadie en su familia lo buscó hasta que su sobrino asumió la misión de reparar la omisión. Esta pesquisa desembocaría en Missing (Una investigación), un libro confesional y descarnado.

En esos desarraigos, Fuguet persistía en hacer las cosas a su manera. Ya en 1996, como editor de la antología de cuentos McOndo, abrazó el presente pop y urbano de Latinoamérica y marcó sus distancias del folclor y del realismo mágico. Años después, como cineasta, le dio la espalda a los subsidios y concursos, y apostó por la tecnología digital y por un cine independiente lejos de los presupuestos scandalosos. Música campesina, sobre un chileno que deambula por una Nashville poseída por el fantasma de Johnny Cash, es acaso la película que mejor refleja sus mandamientos al respecto. Fuguet siempre está yendo de una frontera a otra. Para él, todo es parte de lo mismo.

En Cinépata mencionas con frecuencia algunas palabras: híbrido, liminal, border, cine garage. En Tránsitos, ¿cuáles son los temas recurrentes?

Un libro, al final, es una postal de lo que uno escribe desde un cierto tiempo y lugar. Supongo que esos temas me rondaban. De hecho, me rondan aún. Tengo poca distancia para designarlos. Sé cuáles son y aún así vuelvo a ellos pese a que me dan ganas de «salirme de mí». Tránsitos es como el hermano de Cinépata, pero relacionado con libros y con el acto de escribir. Cinépata es una bitácora. Tránsitos lleva el subtítulo de «una cartografía literaria». Entre mis temas está lo que mencionas, pero también hay otros conceptos: la cultura pop, la hermandad cósmica que se da por afinidades de diversa índole, lo ambiguo, las zonas grises, la adolescencia prolongada como fuga, el cine como la pantalla principal, la soledad, las habitaciones con un hombre dentro, la masculinidad o la atención en el hombre como un ser no poderoso o poco ganador, sino más bien a la deriva, descentrado, border, bastante liminal, que aún no ha encontrado su lugar y capaz que nunca lo halle. Una vez, en broma, dije que hacía películas del género boy flicks. Más en serio, supongo que esa fragilidad sobre cómo enfrentar el mundo está en mis libros.

Pese a tu urgencia de crear para no sentirte perdido, me parece que tu sentido del humor es más notorio en los últimos años. Parafraseando el título de una conocida novela tuya: estás menos Mala onda. Tener una obra o construir un espacio para ti donde no lo había, ¿ayuda a equilibrar el ánimo?

Creo que estoy cada vez menos perdido y eso me aterra a nivel creativo, pero tengo memoria y soy buen observador. No sé si sea urgencia aunque, sin duda, uno crea para tener un sentido, una agenda o un plan. Crear no me daña. No diría que me entretiene pero es lo que soy. Hay algo de «a esto me dedico». No crear sería como automutilarme. Para qué. De un tiempo a esta parte el componente «chamba» ha desparecido, y con «chamba» me refiero a tener que hacer periodismo, estar preocupado por despachar notas o crear para otros para ganarme la vida. Ahora puedo ganarme la vida creando, digamos. Eso te tranquiliza y, supongo, te da más humor. Para mí el humor es clave: tanto en las obras como en la vida. Hoy si hago cosas es para divertirme. Por ejemplo, una vez por semana estoy media hora en el programa de radio de Héctor Soto, uno de mis críticos de cine favoritos. Lo haría gratis. Nos reímos harto. Es un privilegio. Del mismo modo, es como sentir que no he perdido el tiempo, que ya hay algo personal construido. Eso relaja. No quiero que sea de manera compulsiva, pero no deseo parar de crear, aunque últimamente me ha bajado la idea de que el cine es una actividad de jóvenes: es bien desgastante y, por más cine garage que sea, o quizá por eso, es una expedición no menor. No sé cuántos libros o películas más haré, pero no me veo como Woody Allen, haciendo una al año hasta los 80 años. No. Pienso que uno sí puede jubilarse, a lo Philip Roth. Me parece ultrasano. Veamos.

Cito una frase tuya que salió en el diario La Tercera: «Estoy tratando de escribir novelas a mi manera: sin tener que escribir novelas. Sin ficción. Es darme el derecho de ser escritor sin tener que estar escribiendo siempre una novela». La frase suena bien. ¿Pero cuánto de verdad tiene? Sería bueno que se la expliques a los no iniciados.

Tiene que ver con la sobrevaloración del componente imaginación y fantasía. Con seguir el formato que llegó a su peak en el siglo XIX. Es tratar de experimentar o curiosear sin llegar a lo experimental, que me parece lo peor. Es intentar escribir y filmar desde el presente: hacerse cargo no solo de temas que están en el aire e intrigan, sino también de la forma. Es raro leer una novela actual escrita a la antigua.

Precisamente, en el terreno de la no ficción, estás presentando tu película Locaciones: En busca de Rusty James. ¿Qué es lo que más te sorprendió durante la investigación de este proyecto?

Que yo no era el único fan de Rumble Fish. Que hay películas que te cambian la vida o te alteran porque conectan con algo profundo tuyo. Que hay que estar abierto en un documental al no saber uno en qué terminará. Este es un documental poco documental: es más una exploración, una carta, un ensayo personal o un homenaje. Me sorprendió que a pesar de involucrarme en un género nuevo, acabé haciendo lo de siempre. Eso fue raro. La película es acerca de Rumble Fish, pero también es un ajuste de cuentas conmigo, mis amigos, mis compañeros de ruta y mi generación. Los cinéfilos y los creadores no siempre deben crear, sino también sacar fanzines, homenajear y tributar. Gastar tiempo y energía en otros. Por escrito, esto ya lo hice con Andrés Caicedo a través de Mi cuerpo es una celda, y con don Héctor Soto mediante Una vida crítica. Eso lo aprendí de Vargas Llosa, que lo ha puesto en práctica varias veces, ya sea con García Márquez, Flaubert u Onettti. Así que Rumble Fish era mi deuda de cinéfilo. Luego de concretar Locaciones me siento más aliviado: era una promesa que estaba sin cumplir.

Vargas Llosa, McOndo, Missing y Anagrama
Acabas de mencionar a Vargas Llosa, a quien le gustó mucho Missing.

Que a Vargas Llosa le haya gustado Missing y que escribiera extensamente sobre él, fue como si yo ganara el Nobel. Fue algo en extremo inesperado y quizá siempre soñado. Admiro su obra, que me ha potenciado. Y de ella he robado o remixeado recursos. Vargas Llosa es más McOndo de lo que se cree, y es más pop de lo que él mismo supone. Ya desde sus primeros libros se fijó en la calle. El tríptico Los jefes–Los cach orros–La ciudad y los perros podría llamarse también La ley de la calle. Vargas Llosa busca el realismo, y no por eso es un simple copión de la realidad o descuida la forma y la estructura.

¿Qué otras cualidades de su obra han potenciado tu manera de escribir?

Su novela La tía Julia y el escribidor rompe con tantas cosas que esos hallazgos aún no se entienden del todo. Con este libro y El pez en el agua, sin duda, Vargas Llosa se alzó como un autor de no ficción de primera línea. De otro lado, la manera como me acerqué a su literatura tuvo algo de no planeado y de enganche inmediato. Veamos: te hablaban y hablaban del boom y de la literatura en castellano, y te topabas con Fuentes o Gabo. Incluso Cortázar me parecía raro y lejano. Y de pronto, Vargas Llosa, un tipo que seduce a aspirantes a escritores (como también lo hace Bolaño), periodistas, chicos de clase media, gente que vive entre el tercer y el primer mundo. Sus rollos con el padre y el pánico de sus personajes ante la autoridad lo transforman en un autor ultramoderno y asequible. Hoy libros como Historia de Mayta se disparan. Nada: Vargas Llosa rules.

Regresemos a Missing. ¿Cómo anda el tío Carlos? ¿Ya integrado y no perdido, con lo que se confirma que este libro tiene un sentido y que escribir está lejos de ser un vano oficio?

¿Alguien se integra del todo? ¿Un perdido se encuentra? Pienso que ahí Missing falló en algo. Carlos está claramente mejor que cuando lo encontré, pero su vida sigue parecida. Ahora cuenta con una historia, nos vemos cada tanto, tiene las traducciones del libro en su casa y es vecino de una familia de mexicanos ilegales en los Estados Unidos con muchos niños que lo hacen sentir acompañado y «padre» en las dos acepciones del término. Carlos promovió el triunfo de Obama en Nevada en las últimas elecciones. Pero no ha salido de Estados Unidos ni ha querido volver a Chile. No espero de un libro milagros. Eso es realismo mágico y no creo en eso. Hay algo de vano oficio, y al mismo tiempo no. Si bien vive en el límite de la pobreza, digamos, Carlos está orgulloso de que tanta gente haya enganchado con el libro o de que su historia no sea un secreto y se haya convertido en una portada. Más que mejorar la vida del autor o del sujeto abordado, uno de los sentidos de todo libro es remecer a quien lo lee. Por eso, creo que Missing no ha sido inútil. No siento que perdí el tiempo o que fracasé. Si Carlos hubiera caído preso nuevamente o se hubiera matado, quizá.

Mencionaste McOndo. Sé que te da lata hablar del tema, pero aquí voy: a más de quince años de su publicación, ¿qué es lo más sorprendente que se haya dicho de esta antología?

Fuck McOndo (risas). Hablando más en serio, no me da tanta lata. McOndo, más que nada, es tan del siglo XX. Y sí, me trae algunos malos recuerdos de ataques histéricos. Entre las cosas más tontas que se dijeron están que McOndo era una conspiración de la CIA o que éramos todos liberales. Yo, al menos, sí lo soy. Who cares? También señalaron que deseábamos que América Latina fuera como Estados Unidos, o que todo McOndo es light (algunos relatos lo son, otros no). Mi mayor rollo con McOndo es que perdí aliados, aunque gané otros. Algunos de los que estaban en la antología se desentendieron, y quizá con razón, porque no conocían el prólogo. Mi meta era que los escritores y sus cuentos destacaran, pero el prólogo y el nombre del libro terminaron robándose la película.

¿Qué cualidades aún destacas de McOndo?

Modestamente, creo que tenía razón. Sin duda, el mundo, Latinoamérica y su arte se han ido para allá. El que escribe realismo mágico o graba un cine–de–exportación– hecho–por–ricos o es kitsch o está creando neofolclor. Lo que importa es el híbrido, la mezcla. Sea en libros, en el cine o en el rock. No conozco a nadie serio que intente hacer la gran novela latinoamericana o cuya meta es escarbar en la identidad de su región. La gente está más obsesionada con su propia identidad o su vida.

¿Qué otros escritores que no figuran en la compilación serían autores McOndo?

Bolaño es el gran autor McOndo: es pop, sus libros transcurren en varios países, su tema es la frontera, etc. Que su literatura sea mejor que la de muchos autores de la antología es otro tema. Él sigue siendo de McOndo. O para no molestar: es ultrarrealista o –quizá suene antiguo, lo sé– posmoderno. Es difícil no contaminarse con la realidad a no ser que uno insista en facturar libros o películas de época. Son impresionantes las temáticas o escenarios McOndo que se han colado en el imaginario de algunos autores que antes escupían sobre el término.

En una ocasión comentaste que tu mapa editorial, más que una línea diagonal (Santiago-Buenos Aires-Barcelona), está más pendiente de una línea vertical que desemboca en los Estados Unidos. En el ámbito del cine, ¿cuál sería tu eje? Algunos aún recuerdan cuando criticaste el exotismo for export del Festival de Rotterdam.

Eje. Espero tener un eje. Quizá me cuelgo mucho del término «cine garage». Mi impresión es que es una suma de una sensibilidad europea, una admiración por la narrativa americana y una apuesta moral por un cine barato, urbano y sin fines de lucro. Es un cine independiente de verdad, alejado de las modas (algo que no es fácil porque uno es un remix) y, sobre todo, del síndrome de Rotterdam o, lo que me parece peor, del cine comercial cercano a la televisión actual de América Latina. Se trata de mezclar la década del setenta del cine americano con una cosa guerrillera del cine latinoamericano del sesenta y con la Nueva Ola Francesa. Truffaut y Rohmer me sirven de modelos, aunque quizá no se note. Mi mapa está en el continente del autor, pero me aterra el concepto de cine arte, que cuando está hecho para ser arte termina siendo la suma de una fórmula de software. Prefiero un cine que apueste por los personajes y que esté ligado, sin culpa, a lo literario. La idea final es emocionar, identificar y conectar.

¿Más reconciliado con España? Hace poco leí un buen texto tuyo sobre Flores en las grietas, de Richard Ford, editado por Jorge Herralde, la cabeza de Anagrama con sede en Barcelona, con quien has discrepado más de una vez. ¿Sigues pensando que ciertas editoriales deben ser más democráticas?

No confundamos España con sus editoriales. España me cae bien y tal vez la crisis los hará alejarse de seguir practicando cierto bullying cultural. Siempre he pensado que no es necesario vivir o triunfar en España para tener lectores en Latinoamérica. Lo más interesante está en las editoriales chicas, nuevas e indies (y en el Perú hayvarias). No sé si una editorial debe ser democrática. Tener una línea o un estilo, sí. Anagrama tiene autores notables, como Richard Ford o Raymond Carver. Pero Herralde no me atrae. No creo ni apoyo su culto. No lo necesito. Ya no pienso que un autor vale por la editorial cool que lo publica o por sus lazos con un editor cosmopolita al que le gusta que lo fotografíen. Dios proteja al chico si este cree que si tiene un agente hoy, eso lo convierte en un escritor. Ahora hay más oportunidades para que no todo sea amarillo, el color de muchas tapas de Anagrama. Internet ayuda. Y debemos estar más atentos a los premios o a la idea de porque alguien vendió diez mil ejemplares o lo entrevistaron en Babelia, «lo logró». Mi opinión es que este tema ya pasó: los autores y lectores nuevos, y la irrupción del libro electrónico, han democratizado el mercado y le han quitado el trono a la élite. Lo malo, claro, es que muchos quedan left to their own devices: es decir, solos, a la deriva y sin eco. Es uno de los riesgos. Y sin embargo, esto último me parece que es mejor.

Ser cinépata: una pasión antes que una enfermedad.
Hablemos de algunos tópicos de Cinépata. ¿Es la crítica de cine un híbrido? O como trabaja con palabras, ¿se le puede considerar un género literario?

Yo la considero así, al menos. Ojalá fuera más híbrida. Como en todo, hay críticos grandes, malos y mediocres. Y para ser grandes deben tener prosa, pluma, saña, humor, ideas o ver las cosas desde otro ángulo. Están los buenos como Héctor Soto y están los que tipean lo que leyeron a la rápida en las reseñas de Metacritic. Comentarista o reseñista es a la crítica lo que un escribidor de best sellers es a la literatura.

¿Qué permite que la crítica sea apasionante, más si hay sobreabundancia de opinión gracias a lo digital?

Lo digital permite que más gente exprese su opinión, pero no todos la expresan de una manera que pueda ser calificada como alta literatura. Creo que muchos colaboradores de la revista argentina de cine El amante sí lo consiguen. Supongo que la mejor prueba es que se pueda gozar una crítica sin haber visto la película o que la crítica sea mejor que el filme. Al final es un artefacto hecho con palabras que debería tener una voz, emocionar, fascinar y seducir. Si el crítico es bueno, alcanzará lo que lograron los cronistas o los escritores de no ficción: ser tomados en serio. Para eso, debe captar que lo que hace es expresarse y escribir no tanto acerca de un filme sino del mundo que la película muestra.

Atrapo al vuelo algunas tesis que no son tuyas sobre esa chispa inicial que encienden las pasiones creativas: «la cinefilia es un antídoto contra el freakismo» o «se escribe sobre aquello que es infilmable». ¿Son teorías válidas o arbitrarias?

Me gusta que sean arbitrarias. Es lo que corresponde, creo. En todo caso, no sé si estoy 100% de acuerdo con la primera teoría que mencionas, pues la cinefilia legitima y, tal vez, contiene el freakismo. Un cinéfilo llega al cine por cierto daño y si continúa es porque sigue, aumentó o encontró la pasión o un espacio en el que se siente cómodo. Mi impresión es que el freakismo, que sería una cierta anormalidad o incomodidad, no se cura con el cine. La segunda teoría tiene algo de cierto. Me pasó con Locaciones: no pude escribir acerca de Rumble Fish, porque me quedaba corto. Es posible escribir una novela sobre un músico, pero capaz que el asunto luce mejor si se filma. ¿Se entiende? Hoy, con frecuencia, me enfrento a esta disyuntiva: ¿esta idea es para escribirla o filmarla?

Me parece que es notorio que, desde tu novela Las películas de mi vida, intentas huir de las obviedades.

Ojalá. Espero que mis libros anteriores no hayan sido obvios. A mí me gusta harto Por favor, rebobinar. Mi impresión es que, a la hora de escribir, filmar me ayudó mucho. Gracias a ello, aprendí y sigo aprendiendo, además de que me permitió sacarme el fantasma u obsesión de querer ser cineasta.

¿Qué cualidades mínimas debe tener un libro o una película para que te llame la atención?

Debe sorprenderme, descolocarme o contar algo que tenga que ver conmigo. El autor debe haberlo hecho por razones internas o compulsivas y no por la idea de que es cool ser escritor o director de cine.

Es pública tu fascinación por el cine norteamericano de la década del setenta. En literatura, ¿existe una etapa parecida que te apasione tanto? ¿O son ámbitos incomparables?

Todo es comparable. Al final, todo es lo mismo. Siento que lo que filmo es lo mismo que lo que escribo. No los veo escindidos. Mi fascinación por el cine de los setenta es una suma de factores: porque en efecto fue una época de oro, porque los estudios por un instante no solo miraron el lucro o la fórmula, y porque mostraban las ciudades, se filmaba en la calle y no había glamour o tantos efectos especiales. Es un cine realista y, no obstante, no exhibe una estética documental a pesar de que se respira una verdad en él. Y, claro, está mi experiencia: yo me crié en los Estados Unidos, las películas que recuerdo en las marquesinas o que veían mis padres o mis amigos mayores son las de esa época. Literariamente, no hay un movimiento que me apasione tanto. A lo mejor el boom, pero solo algunos autores o lo que denomino como «aquellos que no lograron ser parte del top 5 del boom», tipo Manuel Puig. Los setenta me fascinan, pero a la larga uno, antes que títulos, apuesta por autores, y de pronto uno tiene autores favoritos que no son parte de un movimiento.

En broma mencionaste que trabajas en narraciones que son una suerte de boy flick. Quizá por eso, a tu manera, el esquema chico–encuentra–chica está presente en varios de tus relatos.

Sí, a mi manera. Es que es un esquema clásico. Funciona y te aleja al tiro de narraciones políticas o antropológicas. Me interesa más chico–pierde–chica o chico–pierde–punto. A la larga, trabajo con un esquema parecido aunque no exactamente igual: chico–conoce–mundo. Y el mundo, claro, es un ser poco fiable. Invierno no es exactamente invierno.

Actualmente le estás dando forma a una película sobre el romance entre una mujer mayor y un hombre más joven. ¿Qué aspectos exploras en ella?

Tiendo a no adelantar los temas, pero las informaciones sobre este proyecto se filtraron a la prensa debido a que Katherine Salosny es una actriz más mediática. Es una cinta coral de relaciones y afectos o, mejor dicho, sobre la incapacidad de las relaciones, las pérdidas, la soledad y cómo la nueva tecnología nos ha hecho un flaco favor, sobre todo a la gente que está ansiosa o sola. Todas estas pantallas nuevas son muros. El plan es hacer una cinta que fusione gente de entre 20 y 45 años en una gran urbe. Es un desafío porque hay varios protagonistas. Ya filmé el prólogo largo en el verano. Ahora espero el invierno. Seguimos en julio.

¿El romanticismo siempre ha acompañado a tus trabajos?

Sí, pero más al estilo de Scott Fitzgerald: «Uno debería, por ejemplo, ser capaz de ver que las cosas son irremediables y, sin embargo, estar decidido a hacer que sean de otro modo». Lo más romántico es cuando las cosas no resultan, incluso cuando deberían, como los desenlaces de Los puentes de Madison, Annie Hall o Manhattan. Aun así, creo que mis finales son felices. Quizá los personajes se quedan solos, pero se encuentran a sí mismos. Eso no está mal.

José Tsang (Hong Kong, 1979) es periodista y crítico cinematográfico. En 2010 publicó Confesiones fílmicas: 12 lecciones de directores sobre cómo se hace cine en el Perú.