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Reseñas

Noches azules

Joan Didion (Sacramento, 1934) Mondadori (2012) ■ 150 páginas ■ 90 soles


Memorias. Los libros de duelo son, sobre todo, historias del pánico. Joan Didion, una de las autoras del nuevo periodismo de los años sesenta –que reúne a nombres como Truman Capote, Tom Wolfe o Hunter Thompson–, perdió a su esposo y a su única hija en menos de dos años. Él murió de un paro cardíaco fulminante mientras ella, Quintana, fallecía de a pocos en una sala de cuidados intensivos. En agosto de 2005, tras varios años de sufrir un problema neurológico, los médicos informaron a Didion que su hija ya no recibía aire del respirador artificial. Eran los días de promoción de El año del pensamiento mágico, un relato de duelo sobre los meses posteriores a la muerte de su esposo. Y Didion, esa tarde de agosto, se quedaba sola. Hoy cuando en los hospitales le preguntan a quién avisar en caso de emergencia, a ella no se le ocurre ningún nombre. Noche es azules es la historia de esa soledad tras la pérdida de su hija, y de la consciencia de una premonición: la propia muerte.

Estar solo es una forma de abandono. Y Didion, sin saberlo, eligió no abandonar a su hija: un día de 1966 adoptó a una niña hermosa a quien pondría el nombre de un lugar que no existía en el mapa. Ser adoptado implica comprender el mundo entre alguien que te elige y otro que no. Y eso creó en Quintana un sentido del desamparo. A los cinco años, llamó a una clínica psiquiátrica para averiguar qué tenía que hacer en caso de volverse loca. Nunca se permitió ser una niña, porque jamás se permitió ser alguien sin preocupaciones. Didion, a quien le costó asimilar lo que significa tener una hija,
ahora se obliga a comprenderla en su rostro más triste.

Pero tropieza consigo misma, y hace de la primera mitad del libro un tartamudeo. Le cuesta hablar de Quintana: no por la pérdida, sino por lo que la pérdida ha hecho de ella. Didion pretende escribir un retrato de su hija muerta, pero termina por crear su propio retrato. Y este es el momento más oscuro del libro, cuando expone las repercusiones de la soledad: el pánico a seguir viviendo, a su propia fragilidad, a sentir que, pese a todo, aún hay cosas por perder. Y perderlas.
Por Juan Francisco Ugarte.


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