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Reseñas

El lenguaje del juego

Daniel Sada (Mexicali, 1953 – México DF 2011) Anagrama (2012) ■ 200 páginas ■ 99 soles


La palabra precisa para narrar el espanto

Novela. Junto con Fernando del Paso y Salvador Elizondo, Daniel Sada cultivó la tradición de esculpir la prosa al modo de Rulfo (que remitía, por consonancia, al estilo de Joyce en Dublineses). Se sesgaba de tal modo la frase que delimitase una perspectiva y un límite cognitivo (cualquier explicación del punto de vista resultaba redundante frente a la eficacia de su ejecución); al mismo tiempo, el sesgo concitaba claves del registro local de la lengua a partir de sus modales sintácticos (de modo que la prosa no lucía hipotecada al léxico regional). Así, Sada consiguió la disquisición laberíntica y la epifanía poética sin esquivar la formulación de una lengua literaria a partir de su español del norte de México. No obstante, su logro careció de ecos hasta que su novela Casi nunca ganó el Premio Herralde 2008, cuando la mayoría de su obra ya estaba escrita y superaba la veintena de títulos (entre poesía, cuento y novela).

El lenguaje del juego es su segunda novela luego de la celebrada Casi nunca, la undécima de ellas y también la última, que se publicó póstumamente en 2012. Con ella, Sada se propone integrar a su rica lengua artística la narración de los fenómenos de «la migra» y del narco. Es un desafío si se considera que el tema constituye la obsesión de un tipo de narrativa de frontera bien posicionada y, desde luego, ambos acontecimientos mantienen capturada la imaginación de la sociedad mexicana, cercada por la violencia de los cárteles criminales. Más arriesgado aun si tal compromiso con una complexión cultural excluye los códigos en los que tales temas han adquirido mayor legitimidad: el pop, la lengua chicana (la del mexicano-estadounidense) y la hibridación cultural. Sada, justo por fidelidad a su prosa, los evita, o, en caso de que las circunstancias lo obliguen, los refiere desde sus propios parámetros lingüísticos y estéticos. El lenguaje del juego es, por ello, una novela del narco y «la migra» raigal y conceptualmente norteña, y no chicana. En ella, se refiere la debacle de la familia Valente, del pueblo de frontera de San Gregorio, desde un punto de vista y un lenguaje que, magistralmente, no cruza la frontera, incluso cuando cuenta con vivacidad lo que sucede del otro lado. La opción, más allá de reafirmar la plasticidad del arte de Sada para apropiarse de realidades que le son de principio ajenas, también constituye un gesto de coherencia entre su circunstancia vital y su obra. De modo semejante a su voz narrativa, nunca cruzó la frontera, aunque, del mismo modo, conoció, en tanto norteño, la violencia criminal que la sacude. En el libro, figura como un narrador en primera persona, un «yo» que aparece en contadas ocasiones, que conoce bien a los Valente, que, para efectos de la ficción, quizá vive en su mismo pueblo, y que, como lo muestra El lenguaje del juego, tiene la necesidad de hacer juicios y contar historias porque lo que ha visto lo estremece.

Tal vez el arquetipo trágico de la familia obrera honesta, despeñada en los abismos de los cárteles, resulte en algún punto menos necesario. También la urgencia de conseguir y comunicar el horror del crimen, así como su creciente geografía y los muchos ámbitos de la vida nacional que devora, es una condición para meditar. La última: Sada abandona la solemne entonación del alejandrino o del endecasílabo, y adopta en su frase el modo vibrante del verso octosílabo, que ayuda en la lectura por su fluidez. Nada de ello desmerece que consigue atrapar su difícil asunto en el centro de una mirada de cerrada coherencia. Notable.
Por Alexis Iparraguirre.


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