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Reseñas

La amistad del aire

Santiago del Prado (Lima, 1969) ■ Edición del autor (2012) ■ 261 páginas ■ 130 soles (libro + CD)


Miscelánea. El lector sostiene entre sus manos una película impresa. Pasa sus hojas gruesas como si se tratara de un álbum de fotografías de otro tiempo. Escucha el soundtrack instrumental (ejecutado por El Cuarto de Juegos) que acompaña esta obra.

Se emociona. Y reflexiona, asaltado por la impresión de una grata sorpresa, «las fronteras en el arte son inútiles». El tren de imágenes emprende su curso.

La amistad del aire está dirigida por Santiago del Prado. Así se lee en la carátula y queda descartada la idea convencional de escritor. Primer logro de este libro inclasificable: discutir sobre la idea de escritor o creador. Segundo logro: haber conseguido un libro que desafía a su lector. No es difícil imaginar el trabajo de dirección: indagación y selección de imágenes, escritura, montaje y banda sonora.

El resultado notable es la estimulación de varios niveles de sensorialidad y sentido: imagen, texto, sonido. ¿Será este un laberinto de estampas? De espíritu testimonial ficcionalizado y por momentos confesionales, explora la narración visual y cinematográfica con planos abiertos, cerrados y ciertos close up. Las escenasson fotografías que funcionan como ideas plenas: la familia, la soledad, la nostalgia, el yo, el otro. Y ahí donde la palabra no alcanza, aparece una imagen para ser leída en secuencias alternadas con textos, propios y ajenos, integrados a la visualidad del libro, siempre discontinuo pero sorprendente.

Una cita de Roland Barthes que alude al laberinto del Minotauro y la diadema de Ariadna preludia la obra. Luego, aparecerán textos de Borges, Torcuato Tasso, Bajtin, Demócrito, y hasta Tres Patines. Si en Camino de Ximena (2003), el autor poco contuvo el caudal narrativo, en esta entrega sus textos –a veces narrativos, a veces poéticos– son reducidos e intimistas.

En un texto citado de Bajtin parece estar el latido de este libro, vivo de nostalgia. Dice, Bajtin: «Ya no existe la mezcla mecánica y fortuita del pasado con el presente: todo tiene un lugar fijo y necesario en el tiempo». Las fotografías de este libro no son fantasmas, ni mercancía; ellas, junto a los textos y algunos dibujos, existen en una totalidad impresa de cuidada edición. Y el lector-espectador es rodeado por ella en un abrazo amable.
Por Lisby Ocaña.


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