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Reseñas

Dramas de familia

Mariana de Althaus (Lima, 1974) Alfaguara (2013) ■ 300 páginas ■ 54 soles


Lazos de sangre

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Todas tenemos una madre maga que hace aparecer huevos en su mano. La cierra y, cuando la abre, no hay nada. En Criadero, de Mariana de Althaus, encontré esa cita de Sharon Olds que yo llevaba tiempo usufructuando. Creo en la hermandad de las citas, las lecturas comunes son relaciones sanguíneas. Yo había escrito hacía un tiempo un libro sobre mi embarazo en el que había terminado hablando casi tanto de mi condición de hija como de mi futuro como mamá. Es curioso, nuestra autobiografía es siempre una saga familiar construida sobre una pregunta más o menos incómoda: ¿Qué tuvo que pasar para llegar a ser esto que somos? Al usar el material de la propia vida de sus actrices, a de Althaus le salió un manifiesto político: las imágenes dejaban al descubierto todo lo que se esconde detrás de la magia aparente de la maternidad. Nos enseñaba el truco: el pedazo de bistec de la cesárea, los pasos de baile de la lactancia, la decatlón de lo doméstico, la estafa de la Mujer Maravilla, las niñas tristes dentro de las mujeres felices. En el salvaje poema de Olds la madre termina sacándose al padre de la vagina y haciéndolo. Desaparecer sobre un sombrero de seda. Tengo debilidad por lo documental y por las madres magas.

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Conocí a Mariana en la Facultad de Literatura de la PUCP. Siempre estaba sola. Sentada en una grada casi al ras del suelo, sus largos pelos le caían sobre las rodillas y siempre parecía estar muy lejos de ahí. Nunca hablamos. Me gustaba porque su soledad jamás parecía angustiosa ni desesperada, sino plácida, como si no necesitara a nadie, como si en esos menesteres fuera muy vieja y experimentada, o como si algo que tenía que ver con la imaginación la acompañara desde dentro. Por eso quizá ahora no me extraña leer que fue una niña introvertida, con escasas habilidades sociales, y para la que el teatro al crecer había sido una válvula de escape. Tengo debilidad por los bichos raros. Somos, creo, de la generación que creció en medio de la crisis y las torres derrumbadas. En esos días en que parecía que por fin iba a terminar la guerra, todos buscábamos legítimamente un respiro de la política y por eso nos dedicamos un rato a mirarnos el ombligo sin fondo, a hacer poemas sobre el cuerpo y a escribir sobre el suicido. Nos dio por internarnos en los recovecos del espejo en el que por lo general nos veíamos con cara de rana. Fue apenas un comercial. Y volvimos. La realidad era cruda y ruidosa y nos llamaba.

3

El pasado es lo que imaginas recordar, solía decir Harold Pinter, de quien Mariana de Althaus aprendió que para escribir una obra basta con poner a los personajes en una situación, empujarlos a hablar y escuchar lo que dicen. Era el año 2006 y Alan García subía como espuma en las encuestas. Parecía una broma perversa que el mismo presidente de la hiperinflación fuera a ser reelegido. Entonces la escritora recordó, o imaginó que recordaba, o pretendió recordar, o se convenció de que debía recordar, y en ese proceso nos empujó a recordar a todos. En Ruido, la obra más antigua de las tres que componen Dramas de familia –publicado recientemente por Alfaguara en uno de los pocos casos que se recuerden en el Perú en que un sello de los grandes edita a una dramaturga–, Mariana puso pinterianamente a cuatro personas juntas en una habitación durante un toque de queda: a una madre soltera y sus dos hijos –seres enajenados por la televisión que no quieren ver lo que ocurre allá fuera–; y a la vecina, una mujer que deberá afrontar el desmoronamiento de lo que ella solía conocer como su mundo. Augusto, uno de los hijos, explica qué es el ruido: «Acá siempre hay ruido. Mi mamá cree que está afuera, pero hace rato que el ruido ya entró a la casa. La guitarra lo ahuyenta, también canto para dejar de escucharlo, pero mi casa se ha convertido en ruido y aprieta mis músculos para prohibir que yo hable, y que hable mi mamá, y que hable Agustina. Alzo mis manos para elevarme, quiero lanzarme con todo mi peso sobre el ruido, aplastarlo con mi cuerpo, asfixiarlo hasta oírlo pedir perdón. Me vuelve loco el ruido, me destruye el cerebro. Pero cuando se va, llega la nostalgia. A veces pienso que soy adicto a ruido». Nosotros conocemos muy bien el ruido: el ulular de las sirenas, el estallido de las bombas cada vez más cerca, el aullar de los perros callejeros, los cincuenta panes congelados en la refrigeradora, el agua marrón fluyendo del caño, el encierro en la oscuridad de las casas viendo nuestros rostros desfigurarse por el miedo y la débil luz de una vela. Un país sin conducción y una sociedad abandonada. Todo eso que fueron los ochenta. De Althaus dio voz a esos oscuros y dislocados personajes y así trazó una línea recta entre el pasado y el presente, y encontró más de una vergonzosa constante. La última función de Ruido tuvo lugar dos días antes de las elecciones presidenciales en las que ganó Alan García. Mariana cuenta en el prólogo de Dramas de familia que nunca olvidará esa función, nunca más ha vuelto a sentir algo así en una obra suya. Su historia era nuestra historia. Sus preguntas, su angustia su indignación, las nuestras.

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La familia es siempre una escenificación. La feliz convivencia, solo una ficción. Los protagonistas de Ruido, El lenguaje de las sirenas y El sistema solar, entran y salen por el foro de sus vidas en común con una facilidad pasmosa. El dramatis personae de una familia es un elenco peligroso y un catálogo de omisiones y orfandades que se pasan de generación a generación, de Navidad en Navidad, de orilla a orilla. Padres que besaron poco o nada a sus hijos. Huérfanos, estériles, inseminados, solos, dementes, traicionados, enfermos, mutilados, muertos es el balance de la aventura familiar. ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, le preguntó su madre a la escritora Jeanette Winterson cuando esta le contó que era lesbiana. Los vínculos biológicos son unas ramitas frágiles al lado de las férreas raíces en las que se cimienta un hogar y de las que brotan los secretos y florecen los conflictos. «Siempre he sabido cosas que no sé que sé» (A.M. Homes) podría ser la máxima para este trío de historias en las que todas las representaciones cesan, las máscaras caen y tanto el artificio del teatro como la ficción familiar se desactivan gracias a las catarsis grupales motivadas por elemento fantástico o simplemente inquietante (la alarma de un carro, una sirena que trajo el mar, una tortuga que habla), que obliga a los personajes a enfrentarse a una verdad purificadora y los confronta con la posibilidad del cambio (El lenguaje de las sirenas), la reconciliación (El sistema solar) o el inevitable vacío del final (Ruido). De Althaus nos convierte en testigos y parte de esas detonaciones y de su onda expansiva, colocándonos a pocos metros de la toalla en la arena o en medio de la sala donde la familia se hace añicos.
Al poner en marcha los mecanismos de su narrativa simbólica, de Althaus nos convence de nuestra propia extrañeza: ¿Hasta qué punto la irrupción de una sirena que habla quechua a orillas de una playa privada limeña donde veranea una adinerada y conflictuada familia es más surrealista que el hecho de que las empleadas tengan prohibido bañarse en el mar? ¿Podrán finalmente algún día los planetashijos- ciudadanos girar sobre sus propias órbitas después de haber vivido durante toda su vida bajo la quemante radiación del padre-sol-dictador? ¿Cuántas veces más nos negaremos a recordar y acabaremos repitiendo infinitamente el mismo error? Mariana trabaja con material políticamente sensible e inflamable para construir relatos de un fuerte carácter intimista, con una gran carga elusiva y poética, y que sin embargo exceden ese universo tan personal para insertarse en una reflexión mayor sobre lo humano, que se cuestiona sobre temas medulares de nuestra identidad como peruanos: la memoria de la violencia o el drama humano de Lima la horrible, aquella de los vestigios coloniales.

Narrar y problematizar desde su horizonte personal, cultural y social, pero tras un prisma completamente nuevo, nuestro complejo pasado reciente es haber elegido el camino difícil, el camino de un teatro con más preguntas que respuestas, que no teme meter las manos en el barro de la realidad y extraer de ahí este concentrado de humor y dolor. Recuerdo una vez más a la chica que veía de lejos en la universidad, la comparo con la gran dramaturga que es ahora, y pienso que no hay nada tan poderoso como la literatura para acortar todas las distancias.


Gabriela Wiener (Lima, 1975) es periodista, columnista y narradora. Sus crónicas y perfiles han aparecido en innumerables medios, en distintos idiomas. Actual redactora jefe de la revista Marie Claire (España), es autora de Sexografías, Nueve lunas y el reciente Mozart, la iguana con priapismo y otras historias.


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