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Reseñas

El traductor

Salvador Benesdra (Buenos Aires, 1952 – 1996) ■ Eterna Cadencia (2012) ■ 336 páginas ■ 69 soles


Apuntes para una lectura de Benesdra

Novela. . En el prólogo de este enorme libro, Elvio Galdolfo, cercano amigo del narrador argentino Salvador Benesdra, hace notar la similitud entre el personaje principal de El traductor, Ricardo Zevi, y su autor. Su cercanía literaria, se entiende. Le hace justicia a este voluminoso, complejo y hermoso libro, finalista del Premio Planeta Argentina de 1995, que ahora me atrevo a enumerar. Me tomo esta licencia por lo demás insuficiente para abordar este monstruo.

Ricardo Zevi es un judío, traductor (domina casi diez idiomas), ex trosko, lector compulsivo, interesado particularmente en economía y en política internacional. Pero sobre todo, Ricardo Zevi es un mediocre lúcido, brillante, intelectual capaz de articular un discurso largo, políticamente incorrecto, sobre la caída del izquierda latinoamericana (estamos hablando de los noventa), el surgimiento de una derecha «pragmática», un menenismo incipiente y el desencantamiento del humanismo, su falta de rumbo y brújula contemporánea. Pero también Zevi es un excitable posesivo, un manipulador sexual, un futurólogo que, bajo la sombra de la desilusión, no deja nunca de aferrarse a alguna lógica, racional o intuitiva, mística o metafísica, o rebuscada en alguna quintaesencia, con la esperanza de encontrarse él y su entorno. La búsqueda de su ubicuidad desesperada es entrañable. La sobreinformación, la incapacidad para explicarse racionalmente todos los fenómenos que lo superan y, con innumerables vacíos, lo sumergen en un hastío apasionado, en una neurosis apocalíptica, en interminables insomnios fecundos llenos probablemente de rabia y dolor. Esto me recuerda los ensayos de Foster Wallace, aunque con menos imaginación (Benesdra apela a recursos estrictamente racionales, casi de estructura filosófica), para encontrar una salida en este laberinto social, este marasmo de idas y vueltas.

Romina es una salteña adventista, inocente, estúpida y frígida. Zevi solo quiere seducirla pero esto es imposible, es como «tirarse a un pescado muerto»; entonces su frigidez cobra un poder simbólico y, al no poder excitarla o poseerla, la somete a juegos sexuales cada vez más depravados, pasando de la manipulación psicológica a la violencia física, del sadismo descarnado a la prostitución aberrante. Romina es un objeto sexual pero también un foco explorador de esa conciencia provinciana, aindiada, religiosa y conservadora que Zevi desprecia y encomia indistintamente.

Turba debe ser una de las últimas editoriales de izquierda que quedan en Argentina y es donde Zevi trabaja como traductor. El lugar lo impresiona, por momentos, y lo decepciona después. Quienes trabajan en Turba tienen o han tenido alguna filiación izquierdista –o izquierdosa– que pretende incluir, a contramano de las políticas neoliberales, un espacio de resistencia ideológica. Falso. Los mecanismos neoliberales, la lógica de la producción y de mercado, la libre competencia, hacen de esta editorial un claro ejemplo de la pérdida de valores socialistas, ayudados, claro está, por la falta de cohesión ideológica de la izquierda, la corrupción sindical, el individualismo galopante y la hipocresía política.

Brockner es un facha alemán cuyo tratado filosófico Zevi tiene que traducir; se trata de un texto que justifica la supremacía de su raza y las jerarquías políticas donde los «amos» se saben reinadores y los «esclavos» se saben reinados. Intelectual racista, misógino, antisemita, apela a la historia, la antropología y la biogenética para justificar sus afirmaciones. Un avergonzado Zevi queda fascinado por su capacidad discursiva, sus razones epistemológicas, pero sobre todo porque, a pesar de toda el agua que ha corrido bajo ese puente, haya alguien que pueda seguir buscando justificaciones de orden moral y ético para construir un Estado, una familia y un hombre amparados en argumentos tan reaccionarios.

Salvador Benesdra narra con una prosa nerviosa (descendiente de Arlt) y a la vez muy cuidada, prolija incluso en los momentos más difíciles, trepidante y distendida e intelectual, y construye con estos tres elementos (Romina, Turba y Brockner, o lo sexual, lo político y lo intelectual) una historia laberíntica, compleja y turbadora que a pesar de desvaríos y reacomodos, encuentra un hilo conductor, contra épico, que deviene en una insatisfacción insoportable, una tristeza locuaz, lúcida y amarga. La novela tiene ese desencanto porteño, acaso tan bien cantada en los tangos, eso de «el que canta su mal espanta», que emociona, divierte y alecciona. Esa poca ingenuidad, esa mezcla de dolor existencial, cinismo y culta ironía es heredera de varios maestros de la narrativa argentina (pienso en Di Benedetto, Cortázar, Borges, Saer, Sábato, acaso Puig o Fresán).

Ricardo Zevi es un personaje profundamente ético. Sus traiciones, en el plano intelectual, sexual o político, o cualquier otro, son principalmente traiciones éticas. Responden a una búsqueda descarnada de su verdad, una verdad que lo incluya, a él y a todos, a cualquier costo. No tiene miedo, aunque lo intuya y le apene (tal vez lo peor es precisamente eso), a la soledad más absoluta, a la marginación más penosa. La búsqueda de la verdad oprime todo lo demás; pero el auténtico placer es encontrarla, no jugar a encontrarla, y aquí se produce literatura. La de verdad.
Por Jorge Castillo


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