Aportes

Sobre la luz y la calma

Por Gonzalo Ramírez


I

Tu ciudad mugrienta me escapa.

No hablo de noches perdidas en tu calma ni de valles amplios para la cuenca de la sonrisa. Solo te dije: no más ciudad de luz doblada, no más campo de alto escape. No llanto ya te dije, y todo fue nube.

II

Los domingos la calle parece una foto. Limpia, con árboles de manos verdes y algo alta. Caminar es la única bulla que se cruza con el sonido de las monedas de tus bolsillos o de tu bolso que duerme las mil tardes de la semana. De la semana, esos días que no son domingos altos y de calle abierta como tomar aire con molestia.
Seguimos caminando.

III

Me dijiste: no, nunca, siempre, a cada rato.

IV

Parecerá entonces todo un poco menos confuso. Dibujos que se arman a través de las líneas y el mar que te susurra con fuerza la tarde y nunca calma. Nunca calma. La calma es de los que ven el atardecer caminando, dentro de ellos. Trabajar. Trabajar la boca. Trabajar el verso. Trabajar las plantas del balcón. Trabajar tus pasos. Estos versos.

V

Adulto. Niño. Mi imagen te cambia minutos antes de nuestro encuentro diario. Aunque me silencio con la música, nunca callo estas palabras de sábana fresca que te recuerdan a un fruto almendrado por la luz de la tarde, la tarde larga, tibia, larga, sintética, inductiva tarde de ventana amplia. Tus manos no me cambian el humor, mis costumbres siguen siendo de un animal de alas toscas, pero de vuelos altos. Vuelos de pocas nubes, de esos que se disfrutan soñando más que batiendo los vientos que te traen, que te alejan, que te hacen decir, a veces, los veranos son fríos por momentos.

VI

Portadores de luz. Quebrar la luz es una costumbre de los niños. Se parece al sentimiento de inocencia que hay en dar vueltas y empezar a marearse. Es la luz doblada ya, y no te incomodas más por los pliegues o las sombras. Las tormentas te aguardan buenas noticias. Las mañanas no suenan pesadas en estos días.

VII

Mañana habrá tormenta. Me lo dicen los árboles niños que se acuestan sobre sus orejas o la niebla dura de tus ojos grises. Amanece una vez más con la espalda alta de sentido, de sentido de almas frescas como monedas frías. Mañana amanecen los ríos destejiendo tus muslos de lucidez.

VIII

Ayer llorabas en tus manos. Cogías la tarde y te olvidabas de hacer las cosas necesarias que sostienen el cielo. Caías en un trozo de tarde y en papel gris de lluvia harta de caricias
no calmabas tus sonrisas nerviosas.

XIX

Cautela. La tarde me pide cautela. Las calles son sencillas aún, aunque largas las sombras, los trenes no llegan enloquecidos a tu tuviste que rodar como una tarde sobre los pómulos del barranco.


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