Aportes

La mañana es el diablo

Rogelio Pineda Rojas


“I’ll find you wherever you go”
The Maquinist, Trevor Reznik.

 
6.46 am del sábado. Estoy despierto, viendo la ventana abierta y el sol invernal afuera, sol amarillo que incendia la piel apenas lo recibes. Mi vista tiembla como un reflejo en el agua. Dormí cinco horas. Rompí récord, pienso, mientras me froto los ojos y ejercito los párpados. El promedio durante la semana ha sido de cuatro. Extiendo y aprieto los dedos, comprobando si mis capacidades motrices funcionarán este día que se vislumbra largo y extenuante. Sí, todo está en su sitio. Parpadeo. La luz se transforma en moscas brillantes y presiento, al verlas alargarse frente a mí, que mi vida está convirtiéndose en una foto movida, esas fotos que la mayoría repudia por imprecisas. Nadie quiere un pasado indefinido. Comienzo a comprender por qué me agradan esas tomas. Mi celular está lleno de arena movediza. Cierro los ojos otra vez. Me doy vuelta en la cama, hacia la derecha, hacia la izquierda. Una vez. Dos. Me enredo con las sábanas. Quedo tendido de lado con la almohada entre las piernas. Así duele menos la lesión en la espalda. Cuando era adolescente, jugaba basquetbol. Caí tantas veces que el odio se encajó en la cadera. Bueno, ahora podré dormir algunos minutos extra, pienso. Estoy harto de vivir sin descanso. Percibo paz en la postura que he adoptado. Pero no duermo. La mañana avanza, va devorando a la oscuridad. Los fosfenos recorren mi noche artificial, forzada.

Hay un hueco. Escucho mi voz hablando de quehaceres durante el día, hablando de frustración porque estaré demasiado cansado para hacerlos, el menos, con gusto. Las aves comienzan a cantar. Yo quiero dormir. Dormir durante días enteros. Un auto se estaciona bajo mi ventana. El imbécil toca el claxon un par de veces. Después habla por teléfono. Escucho su pelea con alguien al otro lado de la línea. Me tapo la oreja expuesta a sus roncas frases con la colcha. No pasa nada. Jamás encontraré silencio viviendo en esta ciudad. Y el río con imágenes como peces se desborda desde el fondo. Veo a mi madre. Llámala, pienso. A mi hermana, ¿habrá conseguido el empleo, empacando tarjetas de cumpleaños? Préstale el dinero. A mi novia. ¿La amas o no quieres estar solo? Un día van a matarte sus celos. Ofrece disculpas, ofrece disculpas. A un par de buenos amigos. ¿Cuántos “luego nos llamamos” soporta el hombre? Veo rostros desconocidos. Veo mis ojeras en el espejo. Definitivamente no podré dormir ni un minuto más. Me levanto. Voy con los pies en canto hacia la cocina. El suelo es hielo frágil. Bamboleo. El dedo pequeño choca con la pata del sillón. Así como lo describo, sin desconcierto. En la cocina, abro la ventana. La mañana es esplendorosa. Muy azul, fresca, infinita. ¿Por qué algo tan precioso e inofensivo puede matar tus sueños? A los gorriones les gusta. Uno revolotea en el alféizar y me observa con ojos de señorita recién bañada. Sirvo agua en un pocillo. Caliento en la parrilla. Me miro las manos. Están hinchadas. Venas azules recorren desde la punta de los dedos hasta el codo. Brazos transparentes. Las muñecas me duelen. Hace tiempo que no sé nada de mí. Vivo al otro lado del cristal, en una pecera gigante con aserrín para que mis excrementos no apesten. Sirvo el agua en un jarrito. Endulzo con Splenda. Vierto dos cucharadas de café que se diluyen en torbellino. Voy a beberlo cuando se azota la ventana de la habitación al otro lado del departamento. Regreso caminando con los pies en canto. El piso ahora está tibio. Planto los pies. Camino firme llevando el jarrito en la mano. Escucho una vez más el claxon. Al mismo hombre hablando por teléfono. Sube a su auto y los neumáticos rechinan al arrancar. Abro la puerta de la habitación: estoy sentado en la cama, casi despierto, casi soñando, viéndome. Dejo caer el jarrito para enredarme con las sábanas. Una vez. Dos veces.


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