Aportes

Inconsciente justiciero

Carlos de la Torre Paredes


El conejo apaga su cigarrillo con violencia, lo aplasta contra el cenicero con ansias de destriparlo contra el roce del metal. Está sucio y parece un ser abominable, miserable, lleva un gabán manchado por el vómito y un nuevo vaso de whisky reposa en su pata. Mueve un poco la cabeza y escupe, no le importa dónde está, no le importa nada, ya no. Del interior del gabán saca otro cigarro, se lo lleva a la boca, busca el encendedor entre sus bolsillos. Con una sonrisa algo estúpida nota que está sobre la mesa. Lo enciende.
Al primer sorbo de whisky escucha una voz que se le hace familiar. ‹‹Maldición›› piensa. Quería estar solo, pensar, tener tiempo para tomarse un maldito trago sin que lo jodan. Pero no, ahí estaba su amigo, su compañero, la tortuga Lorens. Venía a sermonearlo, a fastidiarlo por el vaso en la mano, a renegar con el cantinero y a sacarle en cara que estaba de servicio.
—Charly, estamos trabajando, no puedes estar así. El capitán tiene sospechas… no quiero que te reasignen, eres buen amigo— dice la tortuga con cierto desgano, con un aire de frustración, como si algo en el centro del estómago lo carcomiera, como si estuviera a punto de vomitarlo.
—No jodas Lorens— responde el conejo con la voz metálica de quien tiene la garganta cagada —o te sientas o te vas, pero no vengas a sermonearme, no estoy para eso.
El rostro de Charly se tuerce de ira, mueve el hocico de un lado para otro, haciendo bailar la curiosa mancha blanca que aún le queda.
—Yo entiendo.
—¡Tú no entiendes nada!— increpa el conejo mirándolo con rabia, con una línea de sulfuro en los ojos que hace que Lorens se resguarde en el caparazón.
Pero no, eso sería debilidad y no es el momento. El conejo necesita su ayuda, así que Lorens se incorpora, intenta ser más fuerte, permanece callado, piensa qué decir. Había visto las fotos que provocaron la crisis nerviosa de su compañero. Las imágenes volvieron a su cabeza como un balazo: el cuerpo desollado de Caperucita sin piel en el pecho. Por suerte no todo Imagilandia las ha visto; las imágenes se las quedaron los oficiales y permanecerán en los archivos clasificados. A todos les dolió su muerte, pero Maga Blanca se encargó de mantener las fotografías lejos de la mirada pública; y se amenazó a los medios sensacionalistas con desaparecerlos de la historia si levantaban la información. Caperucita solo era recordada por el juicio contra Lobo Feroz, a quien acusó de intento de violación y gerontofilia. Lo mandaron veinte años a prisión.
Antes que decida hablar, es interrumpido por el llanto de Charly. Sus dientes le daban un semblante patético, sus orejas caían más en cada sollozo.
—Yo la vi— dice al fin, con la misma voz metálica de quien ya escupió sangre, —ese maldito debería estar muerto, deberíamos ir y… matarlo, ¡vamos a matarlo! ¿Tienes la escopeta en el auto… cierto?
—Si piensas matar a alguien tienes que planearlo bien. Deberías relajarte.
— ¡No! mierda, tu no entiendes, yo la vi… la vi muerta, pudriéndose… despellejada como una maldita zanahoria. Ella no se merecía eso, nadie se merece eso.
—Pero tú sabes que se lo hicieron luego de muerta.
— ¡Aún así… es estar ahí!, con esa mierda. Nunca vi algo así… nunca lo imaginé…
Está cada vez más furioso, recuerda el cuerpo, el rostro pasivo de la difunda, tan tranquila, sumisa…tan maltratada. Él, un conejo viejo, con experiencia en criminología fantástica, nunca había visto nada tan aberrante; ni los trolls sodomitas, ni las arpías come huevos, tampoco la gran serpiente que capturaron gracias a la tecnología de industrias Mac Pato. El caso de Caperucita era distinto. La escena del crimen daba vueltas por su cabeza. Cada vez se sentía más cerca del cadáver, buscando las huellas digitales, intentando no pisar el charco de sangre endurecido por los días, aguantando el olor putrefacto del cuerpo de la actriz, poco reconocida pero muy recordada, despellejada de la manera más monstruosa por un psicópata. No podía tolerarlo, no lo aguantaba más, le causaba un asco tremendo, ganas de marlo a tiros frente a todos.
Aunque el Lobo negó repetidamente su relación con este caso, era una coincidencia demasiado grande que haya salido de prisión un mes antes del asesinato. Coincidencia que todos tomaron como hecho directo, ejecutando una orden de captura al instante. Además, coincidencias no ocurren en Imagilandia, ni ahí, ni en ninguna otra parte. Estaba implicado, era un hecho: ella lo metió en prisión, le jodió la vida y ahora él se vengaba, le arrancaba no solo la vida, sino la piel y, con ella, la dignidad. A nadie le importaron sus argumentos, sería condenado a cadena perpetua solo porque en Imagilandia no se practicaba la pena de muerte.
— ¿Pero qué crees que haya hecho con la piel?— pregunta la tortuga con expresión bastante seria.
—No sé, no tengo idea para que podría utilizar la piel…él dice servir fielmente a la Maga Blanca, y todo demuestra que sí, que es un fiel devoto… pero también es un desequilibrado mental… ¡matar y despellejar a una pobre mujer! ¡Es un salvaje!
—Un completo bastardo, sí, pero deja ya de beber, Charly. No podrás levantarte mañana a trabajar. Me deberás dinero esté mes, hoy no te has movido y mañana ya te llevaré unos seis arrestos de ventaja. Diremos que hoy fue un día flojo, así que no te preocupes, ve a descansar que yo termino la ronda, de regreso en la delegación le digo al capitán que te sentiste mal y te dejé en casa.
— ¡No jodas Lorens! O me acompañas a matar al maldito, o te largas— en un arranque inesperado, Charly saca el revólver de la sobaquera, abre el tambor, lo gira y lo cierra confirmando la carga. Sus orejas se levantan, su hocico masculla con vehemencia algo incomprensible.
—Dame las llaves, necesito el auto.
—Tranquilo, vamos a hablar.
— ¡Vete a la mierda!
Charly se para bruscamente, busca un billete en sus bolsillos, está seguro de que lo dejó en algún lado. La tortuga lo toma por el brazo, intenta detenerlo, le repite que se tranquilice, pero calcula mal: el conejo le estampa un puñete con la pata cerrada, una pata con años de experiencia, con el peso de varias camadas de críos. Lorens cae sobre su caparazón y guarda la cabeza por reflejo dejando desprevenidos sus bolsillos, que son asaltados por su compañero. Nadie en el bar dice nada, todos saben que son policías.
El conejo tira el dinero en la barra y sale directo al carro. En el suelo, con un profundo dolor en el rostro, la tortuga sonríe. Sonríe porque se le hizo fácil, porque no tuvo que planificar nada para que Charly desvariara. Luego de tantos años, está cansado de muchas cosas. De competir con su colega, de perder (no solo dinero), de tener que tolerar el ego de un ser tan terco, ese ego de justiciero que ya no podía tolerar y que terminó odiando. Así que aprovechó la oportunidad: no le dijo. Sabía cómo estaba y no le dijo. El Lobo no mintió. No le dijo que habían encontrado al asesino hacía unas horas, que llevaba un traje de piel con tetas y un libro de Thomas Harris.


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