Aportes

Estrella invitada

Por Lucas García


Revisé bolsillos en pantalones y camisas. Coloqué monedas y billetes de baja denominación entre ceniceros rebosados y botellas vacías.
Me dolía contar. Me dolía escuchar las monedas chocando entre sí, contra la fórmica. Me dolía el roce de los billetes deslizándose entre las yemas de mis dedos.
Reuní lo suficiente para unos Valium y una botella de suero. Me calcé los lentes ahumados. Salí dando tumbos del cuarto. El ascensor no funcionaba. Vomité un líquido transparente en las escaleras de emergencia. Sonó una cosa horrible que según tenía entendido cantaban unos tipos con nombre de facciolli. Tarde medio año en descubrir que aquel era el ringtone de mi celular.
¿Cómo vamos, Troop?, preguntó Huan en inglés.
Preparándome para esta noche…
Apreté el esfínter. Me detuve para no hacerme en los pantalones. El Motorola pesaba una tonelada.
De eso quería hablar, Troop. Me temo que malas noticas…
¿Ah?
Mataron al productor, al parecer problema de drogas. El capital voló.
¿Cómo?
No tenemos para pagar producción y actores. Tenemos que cerrar filmación…
¿Y mi pago?
No molestarte, Troop, estamos en eso. Eres uno de los pocos que van a collect, eres la estrella invitada, Troop.
Coño, pero no tengo un céntimo. ¿Qué voy a comer esta noche? ¿Cómo me voy a ir?
¿Y el adelanto?
El adelanto era una pila de botellas de moscatel thai, bolsas y bolsas de cocaína thai, comida dulce picante thai, perras thai, las monedas tintineando y el par de billetes con desconocidas caras thai.
Tengo un estilo de vida costoso, Huan, balbuceé.
Mierda, Troop, suspiró Huan asombrado.
¿Qué va a ser de mí?
Adelanto el pasaje de vuelta para que te vayas esta noche a casa, Troop.
¿Adelantar la vuelta? Eso va a costar un pastón, Huan.
Descuento de pago, Troop.
Miré el cielo grisáceo, respire el ambiente a monzón. Vi pasar transeúntes thai para los que yo era un animal exótico.
El paladar me sabía a lágrimas y a ese reseco pastoso que deja la cocaína.
¿Qué mierda hago acá, Santa Madonna?, exclamé.
Venir a follar con la reina del porno tailandés, Troop, respondió Huan, luego de un incómodo silencio.
¡Eso iba a ser esta noche, coño!
La comunicación se cayó.

Diarrea y película de Stallone en el avión. En medio de explosiones y miembros cercenados en la selva lluviosa, reconocí la cara de uno de los extras. Uno de mis “guardaespaldas” en la película. Yo sudaba. Recordé los pocos planos que había filmado. El traje barato de lino blanco. A Stella Mhin Ramos, la reina del porno tailandés, frente a quien iba masturbarme a la víspera, a obligarla a un fellatio.
Mis intestinos fueron anacondas atacando a un buey.
Stallone accionaba una ametralladora. Sus blancos estallaban, se desintegraban. Vísceras rojas y moradas llovían sobre nosotros, los imbéciles espectadores.
Cerré los ojos. Mareos y el rostro de chocolate blanco de Mhin Ramos. Imaginé chorros de semen sobre sus labios morenos. Fui dando tropezones de nuevo al baño.
El espejo me devolvió la cincuentena. La belleza viril venida a menos. Los lifting que alcanzaban sus fechas de vencimiento. Las ojeeeeras.
Vomité, defequé, me eché agua en la cara. El reflejo no se modificó ni un ápice.
Salí al pasillo. El capitán dijo algo en thai y algo en inglés. El rostro de Stallone me pareció una bandeja de carne molida con ojos enloquecidos y dientes apretados. Las azafatas me empujaron al asiento.
Emergency, dijeron, emergency.
¡Minquia!
El avión dio tumbos. A mi alrededor gemidos y rezos. Yo sólo pude pensar que mi nombre real era Gesualdo Maria Farfaremo. Que mi nombre artístico era Steve Troppo. Que iba a morir y que esperaba que mi madre no leyera los obituarios donde se alabaría mi destacadísima carrera en el cine de entretenimiento adulto.

Bajamos dando tumbos por las escalerillas. Una lluvia caliente nos empapaba, los demás pasajeros agradecían a Alá, a Jehová, a Kundalinhi, a Buda.
El aeródromo quedaba en medio de la nada. Podía ver selvas de un verde desvaído, cielos grisáceos. Detrás de unas mallas metálicas bueyes impávidos nos observaban. Yo lloraba, con mareos, con ganas enormes de defecar.
Había la confusa felicidad posterior a un aterrizaje forzoso. Las azafatas se abrazaban y, con la lluvia y las lágrimas corriéndoles el maquillaje, señalaban las entradas a un aeropuerto de mierda.
Una mujer con un traje estampado me abrazó, junto con sus hijos.
We are alive!, chilló en mi oído, we are alive!
Atravesé una multitud de pasajeros que habían nacido por segunda vez, a los soldados de pacotilla, a los oficiales de aduana sobrepasados por los acontecimientos.
Me metí en el primer sanitario que encontré. Esnifé la poca coca que había guardado para el viaje, ingerí las tres pastillas que me quedaban, vacié mis tripas, oriné un líquido tan anaranjado que hubiese podido brillar en lo oscuro.
¡Estaba vivo! ¡Mi miserable existencia continuaba!
Afuera reinaba el caos. No entendía el idioma. Tenía unas ganas locas de volver a Bologna, comerme unos envoltinni, follarme a una chica.
Are you Steve Troppo?
Me lo preguntó una asiática pálida, de duros rasgos mongoles. Llevaba pantalones caqui, una camisa blanca de mangas largas. ¿Aduanas? ¿La Aerolínea?
I am a fan of your work…
¡Una fan!
Quince minutos antes había estado a punto explotar en medio de la selva como un meteorito y ahora me encontraba en tierra firme frente a una admiradora oriental del porno europeo.
Mi cerebro achicharrado computó las primeras posiciones a las que sometería su cuerpo duro pero anguloso, las barbaridades que podía decirle mientras lamía su coño.
Its a honor, a pleasure, to meet you…
Oh sí, nena, balbuceé en italiano
Me tomó del brazo, buscamos solaz en el ajetreo.
Para ustedes carece de sentido pero para mí era de una lógica habitual.
Todo se desenvolvía como en una de mis pelis. Cualquier acción cotidiana y trivial (cambiar un bombillo, ir al mecánico, redactar un memo en la oficina) estaba condenada a terminar en un buen polvo.
I can’t believe is you.
A mí todo me daba vueltas. Tenía una erección, quería vomitar. Arribamos a un pasillo desierto donde almacenaban cajas y botellas.
Me había pasado en convenciones y estrenos, con starlets y coprotagonistas, con alguna madre de familia o una de esas profesionales liberadas. Ahora iba pasar allí, en el quinto coño del sudeste asiático.
Entonces sus ojos se endurecieron, apretó sus estrechos labios carnosos. Yo aferraba un Lambskin con sabor a maracuyá en el bolsillo del pantalón cuando sentí el pinchazo en el cuello.
Las luces se apagaron. La boca me supo a lo que sabe el piso en el quinto coño del sudeste asiático.

Soñé que escogía, de un exhibidor gigantesco, condones de colores acaramelados, que jugaba Nintendo sin entender el funcionamiento de los controles, que me encontraba en un cuarto escuchando, en una vieja radio, a Alberto Sordi cantando:
Il papa papa papa
Il popopopopopopopo po po
Desperté.
Necesitaba orinar. Necesitaba unas líneas. Un cocodrilo me estaba masticando las sienes.
Daba tumbos en el asiento posterior de un jeep. Podía ver un camino de tierra en medio de la selva, escuchar la lluvia repiqueteando el techo de loneta. La chica y a un desconocido en los asientos delanteros.
Voy a vomitar, balbuceé, mi lengua desconectada del resto de mi cuerpo.
La Dama Dragón volteó. Su sonrisa pérfida, sus ojos como hielo negro.
You are a lucky man, dijo.
Iba a decirle que me hablase en puto italiano, pero antes de que pudiese abrir la boca hincó una hipodérmica en mi cuello.
Il papa papa papa
Il popopopopopopopo po po

Desperté de nuevo. Se escuchaba un clamor ensordecedor. Ruido de motores. La Dama Dragón sentada a mi lado. Por una ventana un cielo gris, cajas de madera marcadas con caracteres chinos.
¡Coño, otro avión no!
No me pinche otra vez, balbuceé.
Take it easy, lucky man, dijo.
Mi cerebro no daba para más. ¿Si aquello era una porno, por qué no estábamos haciéndolo? ¿Si aquello no era una porno, qué otra cosa podía ser? Había escuchado del tráfico de órganos en el sudeste asiático. ¿Pero quién podía estar tan loco para quitarme los órganos a mí, que los tenía vueltos mierda?
¿Qué está pasando?, pregunté.
You are gonna meet your destiny, mister Troppo, respondió la mujer.
¿Qué?
The loving leader has summon you…
¿Quién?
Acarició mi rostro. El avión inició el descenso, el estómago realizó flig flags y no hubo necesidad de una inyección.
Alberto Sordi volvió a sonar en la radio.

Cuando abrí los ojos todo estaba cubierto de nieve. Me encontraba en el interior de un todo terreno y afuera el viento silbaba. La Dama Dragón escrutó concentrada el horizonte con unos binoculares. No sé lo que me habían inyectado esta vez, pero estaba buenísimo.
La mujer habló en un italiano que hubiese puesto verde a Mónica Vitti.
Pocos tienen esta oportunidad en la historia de los hombres, dijo.
Yo pensaba en unas crepes de pato laqueado que me sacaban lágrimas, en que tenía ganas de salir corriendo, en la Dama Dragón, Estela Ming Ramos y yo snifando coca y haciéndolo como locos mientras un director exclamaba:
¡Bello, Troppo, bello, ahora córrete sobre sus caras!
Sonreía como un idiota cuando la mujer me dijo que me bajara del vehículo.
Todo era una estepa blanca como el mantecado. Frente a nosotros una vía de tren barrida por el viento.
Yo sonreía mientras los dientes se me llenaban de escarcha.
Primero arribó un tren. Parecía un acorazado sobre ruedas. Torretas con cañones, lanza mísiles y soldados armados.
Después un helicóptero sobrevoló sobre nosotros. Se parecía al tren pero con hélices.
Por último un hovercraft llegó tras del tren. Era como el tren pero con bolsas de aire.
Y yo sonreía. Sonreía cuando se me indicó subir al tren, sonreía cuando se me condujo a través de pasillos donde soldados asiáticos de distintos rangos me observaban como si acabase de llegar de otro planeta. Mi sonrisa se mantuvo incólume gracias a las drogas y el frío estepario que había petrificado mis facciones.
No paré de sonreír hasta que llegué a un cuarto donde un hombre rodeado de guardaespaldas veía una escena de Goldfinger en una enorme pantalla plana.
Cuando empecé a actuar yo siempre quise ser como Sean Connery. Su carisma. Su sex appeal. Eventualmente se evidenció que lo que tenía carisma y sex appeal era mi polla así que…
El hombre se volvió hacia mí. Era bajito y tenía el cabello parado, como una versión asiática y más bajita de Don King. Llevaba unas gafas enormes. Usaba una especie de túnica con cuello Mao que le llegaba a los pies. Era de esa clase de hombres que luego de cierta edad se vuelven fofos, se visten con batas y mutan en sus madres.
Nos sonreímos. Dijo algo que no entendí.
La Dama Dragón exclamó:
El amado líder, el hijo del cielo, el soldado imbatible, el comandante en jefe de las gloriosas fuerzas armadas y el presidente vitalicio de Corea del Norte, el gran Kim Il Sung II, te da la bienvenida, Steve Troppo.
Chispas se regaron por mi cerebro. Mire el culo pintado de dorado en la pantalla detrás del hombre. Sin dejar de sonreír me volví hacia mi captora.
Van a tener que darme mucho más de eso que me estaban dando, le dije.
Ella asintió.

Me explicaron que habían propiciado un contratiempo con el productor de la peli con Ming Ramos para apurar mi salida de Tailandia.
¿Lo mataron para sacarme?, dije. Los ojos me giraban en las órbitas. Tenía ganas enormes de reírme, cagar y llamar a mi madre.
Me pasaron una cápsula. La tomé. Las ganas de llamar a mi madre se desvanecieron.
No, Tropp, dijo la Dama Dragón, a quien ahora todos llamaban la camarada agente Jinken.
Propiciamos un encuentro con sus asociados, explicó, pero sobreestimamos su capacidad de crédito y de negociación.
Me explicaron que habían saboteado el avión para forzarlo a aterrizar.
Pudimos habernos estrellado en el medio de la puta selva. Ahora sería una parrillada entre unos putos cocoteros, dije. La piel me burbujeaba. Quería helado de chocolate y untarme el falo con algún tipo de aceite afrodisíaco.
Imposible, dijo la camarada agente Jinken. Todos los detalles de esa parte del operativo fueron perfectamente planificados y ejecutados por mí.
Un par de sujetos en la habitación que parecían sus superiores asintieron satisfechos en la penumbra. Shirley Bassey cantó:
Gooooooldfinga, nah naaaaah nah, jis de man, de man wit de goooolden toch, the maaaidas toch.
Me explicaron (de forma mucho más técnica, indicando todas las leyes de soberanía internacional que se habían pasado por el forro, mostrando mapas de vuelos fantasmas, utilizando términos como encubierto, situacional, ventana de oportunidad, zona de recogida) que habían hecho todo esto porque el gran líder tenía un plan para mí.
Yo no quería preguntar qué plan. Tampoco quería sonreír, o tener una erección viendo cómo emergía el níveo cuello de la agente camarada Jinken de su abrigo militar de invierno. Pero sonreía tanto que tenía las encías secas. Mi polla forcejeaba contra el maldito pantalón de fatiga.
¿Qué plan?, pregunté.
Entonces el amado líder se levantó. Las miradas convergieron en él. Manipuló el control remoto.
En la pantalla yo taladraba sin piedad el glorioso trasero de Ute Sugar en uno de mis filmes clásicos “Los amantes de la bibliotecaria sueca”. Recordé esa escena. Las anfetas. El calambre en la ingle producto de sostener las posiciones incompatibles de la penetración anal y el apoyo de mi pie sobre su mejilla sonrosada.
El amado líder habló. Era como ver a mi nonna, Dios la tenga en su gloria, comentando una doble penetración. Y como mi nonna, al final de sus días, tampoco entendí un carajo de lo decía.
La camarada agente Jinken tradujo:
Esto es lo que puebla las mentes del enemigo. Y las películas son el canal a través de las cuales esto penetra. Olvidemos la propaganda y la adoctrinación. Olvidemos los misiles intercontinentales y los ejércitos. Esto es lo que debemos controlar. Esto debe ser nuestra arma. Necesitamos un hombre para lograr este objetivo. Con la experiencia y el carisma necesarios. Un hombre que represente a Corea del Norte en esa pantalla.
El amado líder me señaló con el control. Temblaba un poco y sus ojos parecían insectos negros atrapados tras los gruesos cristales de sus lentes. Habló más. A sus espaldas Ute Sugar chillaba con el dedo gordo de mi pie entre los dientes.
La camarada agente Jinken tradujo:
He estado siguiendo tu carrera, Steve Troppo. Como tu falo doblega las carnes de Occidente, como tu magnetismo atraviesa la película luminosa de la pantalla. Te he elegido a ti para que te conviertas en la punta de lanza de nuestra vanguardia hacia el alma del mundo.
Me puse a llorar. La felicidad me embargaba. Las últimas neuronas funcionales en mi cerebro saltaron como palomitas de maíz recién cocinadas.
Aquellas eran las palabras más hermosas que nadie jamás me hubiese dicho. La situación en la que me encontraba superaba a los más desquiciados escenarios en los que la industria pornográfica me había ubicado para follar. Tenía hambre.
Welcome, Troop, dijo el amado líder.
La agente camarada Jinken me pasó una capsula más.

Primavera en Pyongyang.
Los procedimientos cosméticos y el entrenamiento psico-físico se han completado. Eso sí, si fallan las dosis de inyecciones y las pastillas, me da por chillar en boloñés y correr por las calles comiendo hojas y cagando sobre los carros de color azul.
Hoy filmamos las primeras escenas de “La esencia del Líder, la perla de los dioses”. La trama es bastante similar a “Orgasmo James contra la Doctora Pussy”, que filmé en los ochenta, pero con cambios en la nacionalidad del Servicio Secreto y la cantidad de mujeres en la escena de la base secreta.
Es el primero de una serie de filmes que inundara el mercado de Bluray, DVD y Pay per View para el próximo quinquenio.
Aún me cuesta reconocerme en el espejo pero me voy a acostumbrando. El pelo negro a cepillo, mis nuevos rasgos mongoles, mis negrísimas pupilas.
Me quito la bata roja y entro en el estudio. La agente camarada Jinken me espera desnuda sobre la cama circular. Miro como abre las piernas en el espejo del techo.
Ooh, camarada Troppo, susurra.
Estoy listo. Mi polla apunta hacia el occidente como una ojiva nuclear.
¡Acción!


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