Aportes

El descubrimiento de América

Por Félix Torres


Estábamos lo suficientemente ocupados como para que alguien se fijara más de la cuenta en lo que ella hacía. Revisábamos nuestras guías, releíamos por enésima vez nuestros itinerarios, nos afanábamos en responder los cuestionarios de migraciones. Tal vez buscábamos convencernos, a cientos de metros de altura, de lo inminente de nuestro aterrizaje, y así, de nuestros futuros días en el Perú. Con todo, alguien creía recordar haberla visto leyendo un libro de historia, tal vez un párrafo en el que se contaba cómo llegaron los conquistadores, las riquezas que buscaron y las miserias que dejaron. Pero nadie pudo verificar si esta información era cierta o si, como tantas otras, ya se confundía con la imaginación. Ahora que se perdió para siempre resulta una lástima que nadie la recuerde, porque tal vez el recuerdo de cualquier cosa que dijo o hizo durante el vuelo nos habría ayudado a entender ese desorden inexplicable al que se arrojó.

De hecho, forzados a recordar, nadie pudo ponerse de acuerdo. Hay quien dice haberle conversado un instante con esa mujer, también quien dice haberse fumado un cigarrillo con ella. Otros afirman haberla visto llorar en los baños del aeropuerto. Pero resulta inevitable no sentir un relente de oportunismo y falsedad en lo que cuentan. Lo cierto es que una vez que el avión aterrizó en el aeropuerto Jorge Chávez de Lima, nos olvidamos de la mujer que viajaba sola. Estábamos impacientes por bajar después de tantas horas, comenzar nuestro gran viaje veraniego en un país desconocido del que apenas habíamos oído hablar, un país que nos esperaba silencioso y agitado, detrás de varias capas de neblina atravesada por nuestros pasos curiosos.

Felizmente están los hechos y datos objetivos para sacar algo en limpio. Nacionalidad francesa; edad, treinta años; domicilio, París, 3e arrondissement. Motivo declarado del viaje: familiar. Había comprado boletos de ida y vuelta pero no tenía fecha fija de regreso, podía regresar cuando se le antojara (lo cual tampoco quiere decir nada). En Lima, nunca salió de su habitación de hotel en las proximidades del aeropuerto salvo para hacer un par de llamadas (el recepcionista declaró que fue ella quien marcó, habló en francés, la primera vez, unas cuantas palabras, nada más). El mismo recepcionista, quien había estudiado algunos meses en la Alliance Française, creyó reconocer palabras como “búsqueda”, “miedo” y también “insomnio”. La segunda llamada la hizo a una agencia de transportes, para pedir un pasaje a Huaraz; sí, solo de ida. Luego, antes de dejarle una buena propina, la mujer le preguntó algo que le pareció extraño y se fue sin esperar respuesta. El recepcionista se quedó intrigado con la pregunta de la gringuita. Después encendió la televisión y se olvidó de todo.

Sin embargo, como un negativo fotográfico, también están los otros hechos, aquellos que permiten entenderla un poco más. La imaginamos la mañana siguiente, saliendo del hotel a la avenida Faucett. Los autos a toda velocidad, el transporte público, algunas miradas aviesas arrojadas, lo mismo que cientos de escupitajos aplastados contra el suelo por pisadas apuradas. Esa primera imagen de Lima debió haberla consternado por su contraste con cualquier ciudad europea. Ese desorden, ese caos, esa manera febril con que los limeños se precipitan a ninguna parte. A lo mejor ella pensó en eso. A lo mejor no. En todo caso tomó un taxi directo a la empresa de transportes. Llegó con algo de retraso, cuando el bus ya estaba por partir pero no fue un problema porque solo llevaba una mochila de mano.

Durante el viaje conversó con una pareja de austriacos que ya la habían visto en el avión. Ella parecía no recordarlos. Hablaron del país. Con algo de suerte, los austriacos podrían tomar buenas fotos en la Cordillera Blanca. También se mostraron informados, sabían qué había ocurrido en la historia reciente del Perú. Los años ochenta y el terrorismo. Abimael Guzmán, cuarta espada del comunismo, líder de Sendero Luminoso. Levantamiento armado. Masacres de campesinos. Coches bombas. Más de 60000 muertos. En otras palabras, la barbarie. Algo peor que la barbarie, dijeron al mismo tiempo, el horror. “Claro, las masacres”, replicó ella con gesto cansado. Los austriacos le preguntaron si ya había estado antes en el Perú y si conocía a alguien. Entonces ella respondió que conocía mucho del Perú, lo cual quiere decir mucho y nada al mismo tiempo, pero al parecer esta respuesta les bastó a los austriacos. Después le preguntaron cómo era que hablaba tan bien el alemán. Era profesora de alemán en un instituto parisino. (De hecho, esto último fue una de las pocas cosas verdaderas que dijo a lo largo de su viaje).

Sin aparente razón, ella recordó un verso de Paul Celan. Después habló de una aurora oscura o de una noche blanquísima que su abuelo había visto en una granja alemana en 1943. También del durísimo invierno que vivió por culpa de la familia a la que había sido encargado. Habló de golpes y abusos, de hambre, de intentos de suicidio, de una vida solitaria, hambrienta, adolorida. Al final se calló de manera tan sorpresiva como se había puesto a hablar. Sin saber qué decirle y por añadir cualquier cosa a la conversación, los austriacos le preguntaron por la razón de su viaje. Ella se alzó de hombros. El hijo de la pareja comenzó a impacientarse y dijo que tenía hambre. Muy secretamente, los austriacos agradecieron al niño por tan oportuna intervención. No volvieron a hablar durante el resto del trayecto. Eso sí, la vieron escribir cada cierto tiempo en una libretita.

Cuando llegaron a Huaraz, apenas bajaron del bus, fueron acosados por una legión de promotores turísticos. Lo último que recuerdan los austriacos es a la francesa conversando con varios hombres; necesitaba un guía con auto que conociera bien el Parque Nacional del Huascarán, el precio le era indiferente. Nunca más la volvieron a ver. De todos esos hombres, la francesa escogió al más joven, un muchacho de mirada cansada que apenas le habló, como si se sintiera en falta por algo, estaba disponible de inmediato y de manera exclusiva, ¿su nombre?, Juan (algunos días después, la policía descubriría que, en realidad, Juan no era un guía sino que sobrevivía, al igual que muchos otros, gracias a esa actividad. También le encontraron un fajo de billetes, quinientos euros, cuyo origen no supo explicar).

Para darle gusto, Juan la hizo pasear esa misma tarde por Huaraz, aunque la verdad no había mucho que ver, era una ciudad fea hecha de casas sin pintar ni acabar, una ciudad que a muchos hacía pensar en unas ruinas infinitas. En una época, decía Juan, Huaraz había sido una de las más lindas ciudades del norte peruano, pero el terremoto de 1970 había destruido casi todo. Después, los sobrevivientes intentaron reconstruir la ciudad a partir del recuerdo, pero nadie nunca llegó a ponerse de acuerdo; por eso levantaron casas y edificios en desorden, sin concierto. Lo único que queda del Huaraz original, la calle José Olalla, una calle blanca y recta, le dio a la francesa una idea de lo que había sido la ciudad. Cuando terminó la tarde, ella invitó al guía a cenar y tomar unas cervezas. Según Juan, apenas hablaron, ella le preguntó sobre su vida y su familia. En cambio, en ningún momento dijo nada de ella.

Al día siguiente llegaron al Parque del Huascarán cuando los últimos turistas de la mañana partían de regreso a la ciudad. Como habían convenido, estacionaron el auto y partieron con la carpa, algunas botellas y comida a un rincón que Juan conocía y por el que, según él, nadie transitaba. Caminaron cerca de seis horas. Subieron por pendientes, bajaron a través de corredores. Cada tanto, echaban vistazos al Huascarán, infinita montaña, testigo silencioso de su caminata. Cuando, por fin, Juan señaló que ya habían llegado, la noche empezaba a caer: armaron la carpa y encendieron una lámpara a gas. También abrieron una de las botellas que la francesa había llevado. Juan no recuerda cuántas botellas bebieron, solo que en un momento pensó una vez más en aquello que hasta ese momento se había negaba a pensar, una idea que lo agobiaba, que no le dejaba respiro. Entonces apagó de una patada la lámpara y se abalanzó contra la francesa.

Los policías liberaron a Juan al cabo de una semana. No tenían razón para incriminar al principal testigo, cuya culpa, según determinaron, había sido beber más de la cuenta y haberse cruzado en el camino de esa mujer. Más allá de eso, su única responsabilidad había sido dejarse llevar por sus instintos. De ahora en adelante debía tener cuidado, lo seguirían de cerca y no podría jugar más al guía turístico ¿De no haber intentado aprovecharse de la turista los eventos habrían ocurrido del mismo modo?, ¿de haberla violado, tal y como pretendió, ella seguiría viva?, fueron algunas de las preguntas que los medios hicieron durante esos días de inútil búsqueda. Cuatro cuerpos de bomberos y un escuadrón de la policía recorrieron la Cordillera Blanca con el objetivo de dar con la francesa. Primero se esforzaron por hallarla con vida, desnutrida y deshidratada pero todavía con vida; luego se resignaron a encontrar un cadáver y determinar las causas de su muerte; al final abandonaron la búsqueda, esa mujer había sido comida por los cerros. Lo único que encontraron fue una fosa común en la cual diez cuerpos, cada uno con un tiro en la frente, seguían descomponiéndose desde hace años.

Solo quedaban especulaciones, hechos inconexos que reunidos dejan entrever un sentido ausente. Según el parte policial y los recortes periodísticos, frente a la violencia del supuesto guía, la francesa luchó “con todas sus energías por impedir lo que parecía inevitable”. Mientras Juan desgarraba su ropa y hurgaba entre sus muslos, ella arañó y golpeó hasta que alcanzó una botella (las fotos de los periódicos muestran a Juan con hematomas y contusiones que, según alegaba, eran consecuencia del golpe que recibió en pleno rostro). Cuando horas después el falso guía recuperó la conciencia, ya casi era mediodía y la francesa no estaba a su lado. Le dolía la cabeza y no podía ver de un ojo. Afuera hacía un frío que incluso a él, un nativo de la región, le pareció extremo. En el medio de esa calma, en el centro exacto de esa tranquilidad, Juan buscó por todas partes a la mujer. Fue en vano. Cuando llegó la noche decidió regresar al auto. Llegó a las siete de la mañana del día siguiente a Huaraz; después de pensarlo, acudió a la comisaría para denunciar la desaparición. Inmediatamente después fue encarcelado.

Para aquel entonces varios de nosotros ya habíamos regresado a Europa. El viaje a Perú transitaba lentamente de la experiencia al recuerdo y del recuerdo a la imaginación. Un país de contrastes y diversidad. Un país de rica cultura, buena comida, gentes simpáticas y muy buenos paisajes. Un país de carta postal en el que pensábamos, sin confesárnoslo, cada vez que cruzábamos a los músicos andinos en la boca del metro. O cada vez que, por la noche, al regresar del trabajo, encendíamos la televisión y nos encontrábamos con un documental dedicado, digamos, a Machu Picchu. Quizá por eso nos sentimos particularmente afectados por la noticia. Entonces, una pregunta atravesaba fugaz nuestros pensamientos. Una pregunta trémula, vacía y blanca como la nieve del Huascarán, la misma nieve que acaso habría terminado por sepultarla, por esconder su búsqueda sin nombre.

De ella no encontraron nada más que una mochila con alguna muda de ropa, sus documentos y una libreta en la que se mezclaban impresiones del viaje, recuerdos y sentencias que podían decirlo todo sin significar nada. Lo que más llamó la atención fue una serie de fotografías. Retratos gastados de un hombre. Apenas se le veían los ojos. Unos ojos que parecen responder sin palabras, que buscan decir algo sin poder hacerlo, que parecen desesperarse en una explicación equívoca que nunca llegó. O demasiado tarde.


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