Buensalvaje-4-FINAL-26
Ficción

Solo tiene que resistir hasta mañana

Por Juan Bonilla


Incrusto la tarjeta en la ranura del cajero automático y me pide, como es muy natural, mi número secreto. Mi número secreto era fácil de recordar: 6, porque parece la d al revés, 1, porque es la i, 0 porque es la o y 5 porque es la S. Me gustaba el hecho de que para acceder a mis ahorros tuviera que teclear el nombre de Dios, 6105. Pero hace algún tiempo decidí cambiarlo, me dije paso de un dios que pasa de mí, y para vengarme cambié el número de mi tarjeta. Sí, estoy seguro, perdí la fe y cambié mi número secreto. Pero ¿por cuál? Tranquilo, me digo, ganado por la sensación de que, con un poco de suerte, puedo recuperarlo; de que, por decirlo así, lo tengo en la punta de la lengua, o en algún pasillo muy transitado del cerebro, y me acuerdo como si fuera ayer de que para estipular mi nuevo número secreto barajé un par de fechas fundamentales de mi vida, como suele hacer todo el mundo, aunque haya quien prefiera otras opciones, una sola fecha barajada, el mes primero, 8, el año después, 57, el día por fin, 4, eso siempre que mes y año no tengan dos cifras; y habrá quien escoja no agarrarse de lo autobiográfico para diseñar su número secreto, sino que prefiera acogerse a números que por alguna razón considere predilectos. El número favorito de mi padre era el 35, es casi lo único que recuerdo de él, seguro que de haber tenido tarjeta de crédito su número secreto hubiera sido 3535, por mucho que desaconsejen que un número se repita; otros –quizá yo mismo en otro tiempo– acudirán a números que remitan a obras de su preferencia, 3912, tal vez ese fue mi número secreto en alguna ocasión, cantidad de escalones de la película de Hitchcock-número de contertulios de la taberna de Finnegans. Pero para cambiar el número secreto de esta tarjeta escogí dos fechas autobiográficas –limadas las cifras iniciales–, de eso ninguna duda porque es que puedo verme a mí mismo diciéndole a Dios paso de ti ya que tú pasas de mí, así que ya no te tecleo más para acceder a mis ahorros, y me veo decidiendo esta fecha y esta otra, ya me entienden, el sesentaisiete por ciento de la población lo hace así, utiliza fechas fundamentales de su vida para determinar su número secreto, solo un tres por ciento memoriza el número secreto que el banco te envía por correo certificado, y si se pierde ese papel tienes que ir a la oficina a que te reconfiguren la tarjeta para que puedas acceder a tus ahorros.

Ahora bien, ¿qué combinación de fechas fundamentales decidí que formarían ese número, qué número debía teclear para acceder a mi cuenta ahora? ¿66, año en que nací, y 91, año en que Didi se dio el piro? ¿10, año en que subimos a Primera, y 69, año en que David Bowie publicó su primer single? ¿09, año en que murió mi madre, y 01, años que viví en Roma? Puedo arriesgarme con cualquiera de esas combinaciones, o mezclando alguna de las partes de esas combinaciones, single de Bowie-año de Roma, Didi se va-subimos a Primera, nazco yo-muere mi madre, pero al tercer intento, si no acierto, la máquina se quedará con mi tarjeta y ya no podré sacar el dinero imprescindible, porque si estoy en el cajero es porque me resulta muy urgente darle un buen bocado a mis flacos ahorros, porque he quedado con mi camello después de que este me avisara que le ha entrado un cargamento de keta, así que no puedo esperar a mañana, y dado que los camellos no aceptan tarjetas de crédito aún, el dinero lo necesito en efectivo. Vale, tú puedes, me animo, tengo dos intentos, vamos allá, pruebo una vez, año en que nací, seguro que el número secreto empieza por el año en que nací, 66, y supongo que lo de mi madre es lo más lógico, teniendo en cuenta sobre todo que fue su muerte la que provocó que yo decidiera desposeer a Dios de mi tarjeta de crédito, le pedí que la salvara, le pedí que no me hiciera la putada de llevársela, y nada, pues nada, estupendo, tú pasas de mí, yo de ti. Pruebe otra vez, le quedan dos intentos, me dice el cajero.

Mira que si lo que te has cancelado a ti mismo es el acceso a los recuerdos en vez de a los ahorros, o puede que los recuerdos no sean más que ahorros y ahora estás sin blanca y en realidad no quieres acordarte de tu número secreto porque no quieres tropezar con la verdad: no te quedan ahorros ni para ketamina, que es la única que te pone en tu sitio, lo sabes, no quieres saberlo pero lo sabe tu subconsciente y te ha hecho el favor de olvidar el número para que no te des de bruces con la agria realidad de no tener ya ni ahorros ni recuerdos. Y empieza a ganarme entonces la sensación de que por mucho que recuerde el año que estuve en Roma viviendo no recuerdo nada de lo que me pasó allí, no puedo ni recuperar los rasgos del rostro de mi madre aunque sepa el año en que murió, no puedo dibujar en la pantalla confusa de mi cerebro las curvas del cuerpo de Didi ni oír, amortiguada por el ejército de años que han pasado, su dulce acento (¿cómo sé que era dulce?), ni puedo levantar en mis entrañas olas de emoción y vértigo evocando el momento en que mi equipo subía por fin a Primera división. Y es raro saber que uno es de un equipo que solo ha subido una vez a Primera división aunque sea incapaz de contar nada acerca del día en que ese milagro se produjo. Soy una guía telefónica o un horario de ferrocarriles: solo números y nombres propios, nada de anécdotas, nada de vida, esqueleto confeccionado con una batalla de números, de nombres. En cuanto a Bowie, si alguien me dice ahora mismo que me da los quinientos pelotes que pensaba sacar del cajero si le canto una canción, un estribillo de su amplio repertorio, nada, no sería capaz siquiera de tararearle una de sus melodías. Por alguna razón solo sabría tararear «Hallelujah», pero estoy casi seguro de que esa no es una canción de Bowie, tal vez sea de Dylan o de Leonard Cohen, o de Elton John.

Por lo menos no hay nadie esperando a que termine en el cajero. Hay tiempo. Afuera un coche se salta un semáforo, y la vida sigue su curso, mordiéndole las uñas al neurótico, cambiándole los pañales al futuro, soplándole un chiste subido de tono a un columnista. El cielo está muy sucio, como si se hubiese pasado la noche revolcándose en un charco de ceniza: parece el cielo de un campo de concentración.

Prueba recordar entonces, a ver si puedes extraer recuerdos, ya me entiendes, la tarde en que tu padre te llevó por primera vez al cine, a qué película, y la noche aquella en un burdel de San José, y cómo se llamaba aquella crazy horse, cómo se llamaba, vaya tetas tenía, y el coño depilado, y los días que pasasteis buceando en como quiera que se llame aquella islita, creo que era en Croacia, y con como quiera que se llamase aquella muchacha fotógrafa, tal vez fue en Grecia. Nada, no hay nada, la máquina no te entrega nada, la máquina que guarda tus ahorros, lo que eres, lo que tienes, no te permite retirar un solo detalle. Todo el pasado es una especie de inmenso collage vanguardista hecho de letras de diferentes caracteres y tamaños, una orgía de nombres propios y títulos de obras sin nada debajo.

Y ahora hay un tipo calvo y bajito y perfectamente vulgar que entra en el cubículo del cajero y sin quitarse las gafas de sol da las buenas tardes y espera a que yo termine para sacar su dinero o hacer una transferencia a su amante o ingresar los billetes necesarios para pagar su boleto de trabajador autónomo. Lo veo desde el primer instante: es el hombre normal que viene a burlarse de mí, a recordarme que aunque no recuerde nada, no he sabido construirme una vida segura como la suya. Despliega el periódico que traía bajo el brazo y se pone a hacer como que lee los titulares, aunque se ve desde kilómetros de distancia que es de los que compran el periódico para hacerse con los cupones de la última página que proporcionan descuentos en los grandes almacenes o por juntar las etiquetas necesarias para que le regalen algo, un juego de cuchillos japoneses, una vajilla. Seguro que no tiene problemas con su número secreto, parece uno de esos hombres tan poco confiados en su capacidad para retener un número secreto que seguro que lo lleva apuntado en un sitio seguro, en la suela del zapato, en la etiqueta de los calzoncillos, por si las moscas. ¿No os pasa que si tratáis de imaginar a un hombre calvo cuando era niño os resulta imposible imaginarlo con pelo? Quiero decir que me imagino a ese hombre calvo y bajito de niño, yendo a la escuela, calvo y con gafas, con esos cuantos pelos en la nuca y las sienes, jibarizo su imagen y ya obtengo al niño que fue, tal vez soy capaz de ponerle una gorra para que no se burlen demasiado de él los Bart Simpson de su colegio. Trato de recordar alguna trastada de Bart Simpson, pero tampoco.

Que espere. Que espere un momento. Esto se me va a pasar. Enseguida voy a recuperar mi número. Que espere. Tiene cara de haberse pasado la vida esperando, una llamada, una mala noticia, un taxi, un apocalipsis.

Pero vamos a ver, qué número secreto pude utilizar para tapiar mi cuenta de recuerdos, meriendas de la infancia en casa de la abuela con los primos y blablablá; las noches inflamadas de deseo con cómo se llamaba aquella criatura de ojos inmensos con el pelo al uno que se dedicaba a los malabares; postales en las que salgo yo mismo diciéndome este instante no vas a olvidarlo nunca, te salvará cuando ya no te quede nada, y ahora por lo que parece no tengo ni siquiera esas postales; libros que hicieron más grande la vida o quizá la redujeron para que la vida cupiera entera entre sus tapas.

Un peatón cruza la calle en rojo, pasa un autobús lleno de miradas enlutadas, en un contenedor de basura un mendigo busca en las bolsas acumuladas como un filólogo en un poema abstracto. El calvo empieza a impacientarse, o es que ha leído algo en el periódico que no le gusta, una resolución del Tribunal Supremo o la cuenta de gastos secretos de un obispo. Que se joda. Estoy por volverme y preguntarle a ver si él sabe, si él puede decirme qué número secreto me otorgaría ahora si pudiese recobrar de repente el sabor de los higos que vendía un hombre cuyo nombre me sabía y que pasaba todos los mediodías de los sábados por mi barrio –las manos llenas de púas–, la sensación de dicha al ver entrar aquel balón en vaselina y saber a ciencia cierta que el portero no lo alcanzaría y que no había cobrado tanta altura como para que no cayese en picado antes de llegar al larguero –en qué partido fue, en qué estadio–, la sensación indómita de plenitud al entrar en una pequeña iglesia mal aparcada entre dos calles –eso debió ser en Roma, ¿o fue en Venecia? – y descubrir una pantalla gigantesca en el altar, y en la pantalla gente borrosa en blanco y negro que se acercaba y cruzaba una cortina de agua y se volvía de color entonces y seguía acercándose a la cámara, la imagen muy nítida ya, y me miraban con ternura, comprensión, amor incluso, como diciéndome no estás solo, no pierdas la fe, hay algo más, y se volvían por donde habían venido, volvían a cruzar la cortina de agua, dejaban de ser seres nítidos en color para volverse brumosas imágenes en blanco y negro, y desaparecían.

Ah, recuperar el número secreto como quien repite un verso en un idioma que no entiende. Cada vez más lejos de conseguirlo. Y el calvo me pone nervioso y me hace volverme para pedirle paciencia y lo único que me sale es: me he olvidado de mi número secreto.

Pasa, dice, a veces pasa, el nueve por ciento de la población olvida en algún momento su número secreto. Como si lo estuviese leyendo en el periódico lo dice.

Ya, usted el suyo se lo sabe, ¿claro?

Clarísimo, pero no servirá con su tarjeta.

Lo suponía.

Estoy a punto de preguntarle si de pequeño ya era calvo, pero el que habla es él, amable:

Pero no se obceque, así no conseguirá otra cosa más que le cancelen la tarjeta. En cualquier caso, mañana le darán otra si se la cancelan, aunque si no, puede poner un nuevo número secreto, mañana claro, solo tiene que resistir hasta mañana.

¿Qué regalan con el periódico en estos días? –pregunto por ampliar mis conocimientos de la actualidad.

Una pistola. Pero hacen falta sesenta cupones. Exigen demasiada fidelidad.

¿Una pistola? ¿Qué tipo de pistola?

Una Coldwater 515 con silenciador.

Ya, digo, la tengo, y me vuelvo al teclado, resistir hasta mañana, sí.

¿Resistir hasta mañana? ¿Y no es eso lo que he venido haciendo? Y para qué resistir si miro atrás y todo está lleno de sol y no se ve nada allí donde dejé todas mis cosas, no hay más que sol atrás, su resplandor lo borra todo, rostros, edificios, paisajes, vértigos, miedos, queda apenas la sensación de que fue fuego que bailaba en mis manos, un imperio de despreocupación y alegría, y que se estaba bien allí –aunque sea mentira, aunque no se estuviera bien– en esa pira del tiempo sin conciencia.

¿Perdón? ¿La pira del tiempo sin conciencia?

El calvo no me entiende. Y yo no sé si es que he estado hablando en voz alta o el calvo consiguió, con los cupones del periódico, un curso de telepatía que le permite acceder a mis voces.

A mí no me ha pasado nunca, pero ya le digo que a veces pasa, a nueve de cada cien ciudadanos le ocurre alguna vez, y le puedo decir que cuanto más se esfuerce en recordar el número, más se resbalará. Lo mejor es dejar la mente en blanco, darse un paseo, de repente lo recobrará, puede que hoy no, pero en cualquier caso solo tiene que resistir hasta mañana.

No puedo resistir hasta mañana, necesito el dinero ahora, he quedado con un camello, necesito la ketamina, y solo sé que hasta mañana no puedo resistir de ninguna de las maneras, hay que arriesgarse, 89, año de mi alta en la Seguridad social, 93, año de publicación de mi primer libro. Pruebe otra vez, le queda un intento.

¿Cuál es su número secreto?, le pregunto al calvo que está juntando los cupones del periódico para que le regalen una pistola, al calvo de las gafas de sol que ha vuelto a cerrar el periódico y espera a que yo termine, a que la máquina se quede al fin con mi tarjeta o yo me rinda y acepte que no voy a ser capaz de agotar mi último intento porque no tengo ni puta idea de qué combinación de cifras utilicé para que no se me olvidara nunca. No puedo resistir hasta mañana, no puedo cruzar la madrugada solo, ir a primera hora a comprar preguntas al kiosco, aunque quizá no quede nada en mi cuenta, es verdad, a lo mejor no queda nada ya como no queda nada entre mis recuerdos, solo sol solo anegándolo todo, afirmando la nada que nos muerde los tobillos comiéndole el azogue a los espejos. ¿No se da cuenta señor, como quien se mira en un espejo sin azogue tratando de inventar los rasgos que se imprimen en esa niebla, en esa mancha ilegible, borrón y cuenta atrás?

Oiga, amigo, siento mucho su problema, pero si no va a utilizar el cajero, empieza a hacérseme tarde.

¿Cuál es su número secreto, hombre? Vamos, dígamelo, lo marcaré en el teclado, tiene tantas posibilidades de ser el mío como cualquier combinación de cifras que pudiera poner, le digo, convencido ya de que no es un ciudadano real, sino el representante de la vida normal de la que no debería haberme separado, el propietario de mi número secreto.

No, no va a valerle, amigo, me dice, y se quita las gafas de sol, pero solo para soplar en la parte interna de uno de los cristales y volver a ponérselas, solo vale para mi tarjeta, no diga tonterías, señor, qué ocurrencias tiene, no soy un arquetipo, agrega, ¿por qué habrá dicho eso? Y vuelve a añadir: solo tiene que resistir hasta mañana, es de lo más sencillo, son unas cuantas horas, eso es todo.

Eso es, sí, hay que pedirle prestado al hombre que seremos para poder llegar a ser él, es muy sencillo. Puede que dentro de unos años yo sea el hombre calvo que espera a que alguien a quien se le ha olvidado su número secreto termine de decidirse. Puede que usted no sea más que el que yo seré, le digo, y para llegar a ser lo que usted es, tengo que resistir hasta mañana, en efecto, pero resistiré mejor con la ketamina, se lo aseguro, es imprescindible que me dé un viaje. ¿Cuál es su número?

Mire, amigo, ya está bien, todo el mundo fija su número secreto conforme a unas fechas más o menos fundamentales de su vida, el noventaicinco por ciento de ciudadanos lo hace así, según tengo entendido, y seguramente así lo hizo usted, y desde luego así es como yo lo hice, así que mis fechas fundamentales no le van a servir de ninguna de las maneras, pero ya que insiste, dígame, ¿tiene hijos?, me pregunta amablemente el señor, en ningún momento se siente amenazado por la situación y esa actitud suya, a pesar de que tiene rasgos de cobardía, mofletes inflados, dientecillos de roedor, me hace pensar que quizá no exista, quizá no sea más que un invento mío, un arquetipo, en efecto, para tener a alguien a quien pedirle prestado, alguien con quien hablar, a quien escuchar mientras se va ordenando el caos de los pasillos de mi cerebro y encuentro el número que voy buscando para acceder a mi cuenta de ahorros o a los detalles de mis recuerdos, no sé.

No tengo hijos, digo, pero no estoy seguro, de repente me sacude la sensación de que sí tengo, o mejor dicho tuve, aunque no sé si lo que quiere decir la sensación es que tendré un hijo. No tengo hijos, me reafirmo, pero solo para convencerme a mí mismo, sin que pueda estar seguro de que digo la verdad, me suena tener un hijo, o haberlo tenido, llantos de madrugada, puto niño, me suena incluso haber grabado el llanto de un bebé aunque ¿para qué iba a hacer eso? Ah, sí, me digo, para dejar pasar el tiempo y despertarlo de madrugada con su propio llanto cuando el bebé sea un niño de diez o doce años. Pero, ¿era mío ese bebé o era el bebé de los vecinos? ¿O lo he visto en una película o qué? No sé, solo estoy seguro de que no estoy comprando todos los días el periódico para juntar los sesenta cupones que canjear por una pistola. ¿Qué clase de pistola dan con el periódico?

La Coldwater con silenciador, ya la tiene según me ha dicho, responde el tipo que espera, y agrega y no se enfurruña por tener que contestar dos veces a lo mismo, si tuviera dos hijos, como es mi caso, lo tendría fácil para trazar su número secreto, los años en que nacieron, así de fácil.

Pero no tengo hijos, quizá tenga un hijo, pero dos eso seguro que no.

Decídase de una vez, saque la tarjeta y aguante o ponga un número y acierte o falle y saque el dinero o cancélela, solo tiene que resistir hasta mañana.

¿Y si no me hubiera atrevido a cambiar mi antiguo número secreto? Si solo hubiese sido una amenaza que luego a la hora de la verdad no me atreví a cumplir, a pesar de que puedo recordarme cambiándolo, poseído por la ira, por las ganas de venganza, por infantil que parezca tratar de vengarse de Dios así. Sí, ahora me gana la certidumbre de que no cumplí mi amenaza, me dije, menuda putada me has hecho, pero tú sabrás tus razones, pero no me queda más remedio que seguir confiando en ti, así que 6 porque es como una d al revés, el 1 y el 0 y el 5. A fin de cuentas, qué mejor manera de acceder al dinero de uno que decir el nombre de Dios, dado que Dios es el dinero, el dinero es el único dios, y tener como número secreto su nombre es una manera de reconocerle esa entidad, materializarlo. Y eso es lo que marco en el teclado, seguro de que al fin tendré acceso a mis ahorros, y con los ahorros a la ketamina, y con la ketamina a los recuerdos, aunque puede que la mayoría sean recuerdos inventados o corregidos en la última vez que pasé por ellos, la ketamina me facilitará el acceso a las imágenes que borra todo ese sol de la infancia que lo anega todo. Ya lo he recordado, le digo orgulloso al calvo que espera, parece orgulloso él también, como si el hecho de que me haya acordado de repente de mi número secreto se hubiese producido porque él me ha dado las claves necesarias para que el número se iluminase de repente en las calles desiertas de mi cerebro.

Lo lamentamos, número incorrecto, tarjeta cancelada, póngase en contacto con su banco. Ese es el mensaje que aparece en la pantalla.

Ah, 6105, 6105, 6105, ¿por qué me has abandonado?

Me la han cancelado, digo. El calvo dobla el periódico y saca su cartera, listo para utilizar el cajero. Me aparto. No se preocupe, me dice, solo tiene que resistir hasta mañana.

Juan Bonilla (Jerez de la Frontera, 1966) es periodista, ensayista, editor, poeta y narrador. Entre otros, ha merecido los premios Biblioteca Breve por la novela Los príncipes nubios, y Mario Vargas Llosa por el conjunto de relatos Tanta gente sola. En 2012 publicó El tiempo es un sueño pop. Vida y obra de Terenci Moix.


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