Libro-de-Barnes
Reseñas

El sentido de un final

Julian Barnes ■ (Leicester, 1946) ■ Anagrama (2012) ■ 186 páginas


Otra vuelta de tuerca

Novela. La novela es una autobiografía muy libre de Tony Webster, que empieza narrándonos una etapa de su vida escolar cuando a su cerrado grupo de amigos se unió Adrian, brillante, filosófico y condenado. Salieron del colegio, se separaron, y Tony tuvo su primera novia, Veronica, una chica chúcara, fría, algo cínica (complicada). En una ocasión pasaron un fin de semana en el pueblo de Veronica, y lo más memorable quizá haya sido el halo inquietante que proyectaba la madre de su enamorada. La relación, solo platónica en plenos años sesenta, progresó, y Tony la llevó a uno de sus ahora infrecuentes encuentros con su pandilla. Luego Veronica y Tony se separaron, este viajó, vivió una etapa feliz viajando por Estados Unidos, se enamoró de una chica que era el opuesto a Veronica (quien inició un romance con Adrian), volvió, y se enteró de que Adrian se había suicidado. Tras la conmoción, de alguna manera se llegó al acuerdo de que este se hubo matado por un exceso de claridad, porque entendió que tenía derecho a hacerlo, y lo hizo. Pasaron los años, Tony se casó, su mujer lo abandonó para, con los años, convertirse en su amiga y en su partner confidencial, tuvo una hija con la que hoy mantiene una relación cordial. Luego, sin darse cuenta, ya era un viejo. Se jubiló. Su vida casi había transcurrido opaca, independiente, sin mayores compromisos ni sobresaltos: una vida más común de lo que se suele reconocer («Había perdido a los amigos de mi juventud. Había perdido el amor de mi mujer. Había abandonado las ambiciones que tuve. Había querido que la vida no me molestara demasiado, y lo había conseguido; y qué lamentable era»). Un día se entera de que ha muerto la madre de la lejana Verónica, dejándole dos legados inquietantes: una suma por indemnización (?) y los diarios de Adrian (??), pero Veronica se encarga de que no lleguen a sus manos. ¿Por qué? ¿Qué ocultan esos papeles? La novela es un conjunto de revelaciones asombrosas (internas y externas), pero a partir de este momento gana ritmo y une a lo reflexivo lo intrigante: no podemos sentirnos más al lado de Tony, una forma atípica de héroe, woodyalleniano y british a la vez, pero sobre todo real, honesto.

Barnes es un maestro de la narrativa: tiene un don, una gracia que ha ido puliendo con los años, como los demás miembros de su famosa generación británica posguerrera (Kureishi, Mc Ewan, Amis, Ishiguro, etc.), autores de algunos de los mejores libros escritos en nuestro planeta desde los setenta. Quienes lo conozcan solo por novelas como El loro de Flaubert o Arthur & George, se sorprenderán leyendo El sentido de un final, la más reciente del inglés, y ganadora del premio Man Booker. Porque a diferencia de lo que sucede en aquellas, Barnes ha escrito esta vez un libro sencillo, intimista, confesional, breve: de ambición, al menos en lo que a investigación formal se refiere, mucho más discreta. No fueron necesarios viajes, investigaciones, ni cientos de horas en bibliotecas para escribirla: bastó un argumento relativamente simple –pero no sin encanto ni tensión dramática– y, sobre todo, unas ideas, intenciones que yo resumiría así: uno no llega a viejo habiendo necesariamente saldado todas sus deudas; la ancianidad en sí misma no nos redime, y hoy, con fronteras generacionales más borrosas, menos; la inacción también puede ser un pecado, y se purga en vida; vivir conlleva una carga de dolor, propio y propiciado a los demás, y no podemos librarnos de ello. Ni queriendo pasar piola; la memoria no se adapta a nuestra circunstancia, sino que sucede lo contrario; la vida siempre te tiene una sorpresa reservada, aunque ello no signifique que te vaya a gustar.
Por Dante Trujillo