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Ficción

La copita

Por Daniel Titinger


Berrospi llevaba tres días desaparecido. Desde que llegó a Miami hablábamos a diario, a veces solo por teléfono y solo para intercambiar monosílabos. ¿Todo bien, Berrospi? Sí. ¿Necesitas algo? No. Todo bien. Pero la rutina era otra y casi siempre nos veíamos por las tardes junto a Nisso y al Polaco para tomar café y jugar a las cartas. Cuando había carreras íbamos al hipódromo de Hialeah. Ahí nos gastábamos unos dólares, aunque Berrospi nunca apostaba y ni siquiera estábamos seguros de si le gustaban los caballos o nada más buscaba nuestra compañía. Ya sabes, estar con alguien para no estar solo, ese ejercicio ingenuo que solo engaña a la vista.

Le habíamos enseñado cómo llegar en el metrorail hasta el restaurante de mi hermana, en Downtown, donde nos juntábamos y decidíamos qué hacer el resto del día. A ella le gustaba engreírlo. «Estás hecho un palo, chico», le decía, y le servía unos platazos de burger y papas que él apenas tocaba. Lo único que llevaba a su boca eran cigarrillos, uno tras otro, y el encendedor inquieto sobre la mesa, intercalando el humo con sorbos espesos de café negro por más calor que hiciera. Nisso odiaba el humo de Berrospi y lo veía rodeado de una perturbadora oscuridad. Nisso tiene ese talento.

Yo solo veía humo. Humo de cigarrillos sin filtro.

Berrospi lucía demacrado, enfermo o deprimido, o ambas cosas. Nos chocaba su extrema delgadez. Sus dedos esqueléticos sosteniendo el borde de un cigarrillo, y luego el breve viaje del cigarrillo hacia sus labios, deshidratados, mudos, sus dientes amarillos que quedaban al descubierto porque a veces Berrospi sonreía exageradamente, estirando la boca hacia los lados, dándole una peculiar forma de salchicha, inhalando otra vez la nicotina con esa mirada que nunca estaba aquí. Berrospi no se parecía en nada al recuerdo que yo tenía de él.

Yo era el hermano mayor de Berrospi aquí en Miami. Le llevaba doce años. Tú sabes que no éramos hermanos realmente y apenas nos unía un parentesco lejano. Creo que nuestros abuelos eran primos segundos o algo así, y en Lima nos veíamos de manera ocasional, en algún cumpleaños o velorio, donde se ve a la familia que nunca se ve. En esos años, te hablo de finales de los setenta o principios de los ochenta, Berrospi era otra cosa. No puedo afirmar que entonces fuera feliz, pero al lado del fantasma que llegó a Miami, el otro Berrospi parecía un tipo feliz. Es obvio que algo le pasó en el camino, una historia triste, ¿no? Todos tenemos una, pero nunca se lo pregunté. Tal vez con el tiempo él me lo hubiese contado.

Cuando se hacía de noche, yo mismo lo dejaba en el departamento que le habíamos alquilado por diez dólares diarios cerca de Coconout Grove. Nos despedíamos con un abrazo, y yo le daba además un beso en la frente. Pobre. Berrospi se había convertido en una rutina para mí. En cierto modo, era una carga. No puedo decirte que la situación me hiciera feliz, pero él necesitaba nuestra ayuda, al menos hasta que consiguiera un trabajo y sacara su licencia de conducir. En Miami no eres nadie si no tienes automóvil. Berrospi no era nadie. Berrospi solo nos tenía a nosotros, y lamentablemente no podía dedicarse al negocio. No había nacido con ningún talento que nos sirviera. Por lo menos el Polaco sabe leer las manos, adivinar usando números y pone de su parte para hacer la copita. Nisso es capaz de ver el aura con la misma claridad con la que dicta lo que aún no ha sucedido. Lo que va a suceder. Pero a este negocio no entra cualquiera y tampoco creas que Nisso aceptó al Polaco desde un inicio. Me costó convencerlo.

A Berrospi, sin embargo, solo le quedaba buscar trabajo en otra parte. Eso, y conseguir cuanto antes su licencia de conducir.

Justo el martes pasado íbamos a conversar lo de su licencia, él ya había estado estudiando para el examen de reglas, que es el primero que tenía que dar. Lo estuvimos esperando en el restaurante desde las seis de la tarde. Así habíamos quedado la última noche que lo dejé en el departamento. No lo vi distinto a otras veces. Claro que lo vi mal, pero así era.

El Polaco aún es muy inocente. Creía que Berrospi había conseguido trabajo y nos llamaría esa misma noche para celebrar. Yo pensé que estaba perdido, que había intentado llegar en bus en lugar de usar el metro, que de hecho es más rápido, pero como Berrospi vivía aburrido, tal vez, pensé, buscaba nuevas experiencias, algún cambio que lo sacara de la rutina. Mi hermana se preocupó, pero fue Nisso el que nos dejó a todos helados. «Algo le ha pasado a Berrospi», dijo, convencido, y clavó la mirada en su taza de café. Yo ya lo había visto antes hacer eso. Es su talento. Se le notaba tan seguro que se me puso la piel de gallina y sentí como si un cubo de hielo me atravesara la espalda de arriba a abajo.

«Llegando a mi casa voy a hacer la copita», dijo Nisso.

Yo estaba nervioso o angustiado, no sé, pero no quería que se diesen cuenta, o ahora pienso que yo no quería darme cuenta y le pedí a Nisso que no siguiera molestando a las almas por cosas tan banales. Era una regla que a la copita solo la usábamos para el negocio, pero Nisso la había estado empleando incluso para las apuestas en Hialeah. No puedo mentirte, ya ha ganado algunos dólares metiéndole plata a caballos torpes que pagan tres por uno, cuatro por uno, pero quizá sea solo buena suerte.

Después supe que esa misma noche hizo la copita y preguntó por Berrospi. No salió bien esa primera comunicación. Se necesitan al menos dos personas para que la copita responda con claridad, porque luego salen palabras que no existen y uno empieza a hacerse ideas equivocadas. Nisso me contó después que repitió la operación varias veces: dónde está Berrospi, dónde está Berrospi, preguntaba, pero la copita apenas se movía con dificultad, sin ningún rumbo claro.

Al día siguiente Berrospi no llamó. El Polaco también empezaba a preocuparse y deslizó lo de hacer la copita en su casa, que quizá Nisso tuviese algo de razón, me dijo. Por la tarde fuimos a Coconout Grove y la dueña del departamento alquilado, una argentina o uruguaya, nos contó que no veía al ingeniero Berrospi –así lo llamó– hacía por lo menos dos días. Le pedimos la llave, y nos dijo que ella ya había ingresado y que le parecía extraño que Berrospi hubiese dejado su billetera en el departamento, sobre el velador. El Polaco me dijo que debíamos llamar a la policía. A mí no me pareció una buena opción y esa misma noche le dije a mi hermana que tirase las cartas del tarot a ver qué salía.

No salió nada.

El miércoles llamé a Nisso y al Polaco y los cité en el restaurante a mediodía. Algo le ha pasado a Berrospi y entre los tres vamos a hacer la copita, les dije al teléfono. El Polaco llegó a la hora, pero Nisso recién se apareció a las tres, como si no le importara el destino de nuestro amigo. Nisso podía ser cruel. Todos los días le repetía a Berrospi que aquí en Miami no había nada. «Estás oscuro, Berrospi», le decía. «Puedo verlo». Berrospi no le hacía caso, solo fumaba. Nisso se sentó en la mesa y me contó que él ya había hecho la copita por su cuenta y que no había salido nada. Me miró detenidamente.

«Berrospi está muerto», me dijo.

Tuve ganas de botarlo del restaurante, pero era mejor hacer la copita entre los tres. Dónde está Berrospi, pregunté. Entonces la copita se movió con dificultad, letra por letra, muy lentamente. El Polaco tomaba nota, hasta que la copita se estacionó en la letra E. «Miren», dijo el Polaco, y nos mostró el papel.

M-O-R-G-U-E

No sé si sería el mismo Berrospi quien nos estaba contestando. Eso nunca se puede saber con precisión, porque pasa que algunas almas tratan de suplantar a la verdadera. Así son, te toca el que te toca. Por eso no le di crédito a esto. Mi hermana llegó un rato después y volvimos a hacer la copita con ella.

M-O-R-G-U-E

Nisso es un tipo frío. Imagino que es lo que te pasa si desde niño tienes el talento de predecir malas noticias. «Ya me lo esperaba», nos dijo. Al Polaco le dio pena, pero solo yo me puse mal. Debía avisarle a su madre en Lima, y esa responsabilidad me sobrepasaba. Esa tarde había carreras, y mi hermana nos pidió que fuéramos al hipódromo. Nos dijo que nos quedásemos tranquilos porque ella se encargaría de ultimar todos los detalles.

Daniel Titinger (Lima, 1977) es periodista. Ha dirigido la revista Etiqueta Negra y el diario deportivo Depor. Sus crónicas han aparecido en diversas antologías, y en los conjuntos Dios es peruano y Cholos contra el mundo.


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