Buensalvaje-4-FINAL-16

El tío vidente

Por Federico Falco


Los novios comenzaban a prepararse para la ronda de fotografías, así que Edith abandonó el plato de helado y descalza y con su copa de vino en la mano, corrió escaleras arribas, al entrepiso. Desde allí podía ver todo el salón: la gente charlando, los manteles cubiertos de corchos y migas y botellas vacías, los chicos que jugaban en la pista de baile. Con parsimonia y llenos de risitas cómplices, los novios posaron junto a los comensales de cada mesa. La novia sostenía la cola de su vestido con la mano derecha y de tanto en tanto se acomodaba la diadema blanca que le sostenía el velo. Una mujer alta y flaquísima, enfundada en un vestido amarillo, la besó en la mejilla y enseguida le limpió el cachete con una servilleta, porque la había manchado con lápiz labial. Otra mujer, vestida de rosa, le dijo algo al oído y la novia por un brevísimo instante se largó a llorar. Pero se recompuso enseguida y se dio aire con ambas manos, para que las lágrimas se secaran rápido y no se le corriera el maquillaje. Edith lo vio todo desde el entrepiso del salón de fiestas.  Antes de que los flashes rebotaran sobre las sonrisas y los abrazos, antes de que el fotógrafo diera indicaciones, sugiriera que el señor de la izquierda se acercara un poco más a su esposa u obligara a los chicos a arrodillarse en la primera fila, los ojos de Edith ya habían recorrido cada una de las caras de los invitados. Cuando el fotógrafo terminó su trabajo había reducido el número de posibles candidatos a tres. Un viejo ligeramente encorvado que llevaba un clavel rojo en el ojal de su traje, un señor gordo de barba canosa y un hombrecito de saco marrón, lentes redondos y pelo escaso y engominado.

Ese es, murmuró Edith mientras señalaba al hombrecito.

Dio un último trago a su copa y bajó las escaleras levantándose el ruedo del vestido. El hombrecito de traje marrón dibujaba con una cuchara sobre los restos de helado de su plato.

Edith le tocó el hombro y, sin saludarlo, le preguntó si él era el tío vidente.

¿Vos sos el tío vidente?, le preguntó.

El hombrecito levantó la vista, la miró con desinterés y, sin soltar la cuchara, hizo que no con la cabeza.

El vidente es mi cuñado, dijo y señaló al otro lado de la pista.

El gordo de barba canosa hablaba con otro hombre, fumaba y se reía. Junto a él, una esposa pequeña y de rodete gris se guardaba el centro de mesa en la cartera y dos hijos demasiado rubios perseguían a una chica de vestido azul.

Cuando Márgara le contó que se casaba, lo primero que Edith pensó fue que por fin iba a conocer al famoso tío vidente de su amiga. El tío vidente era hermano de la mamá de Márgara y formaba parte de esa rama de la familia de la que todos se avergonzaban un poco, pero que estaban obligados a invitar a la fiesta. Edith sabía pocas cosas sobre él. Alguna vez Márgara le había contado que su tío vivía en un pueblo en medio del campo y que era famoso. Otra vez confesó que predijo el nacimiento de un ternero de dos cabezas y la guerra del Golfo. También dijo que, de tanto en tanto, su tío salía en la televisión, en un programa del canal de Villa María. Esos datos, espaciados y escasos, sólo servían para que el mito aumentara. A veces, cuando ya no resistía más la curiosidad, Edith le preguntaba a Márgara sobre su tío vidente. Márgara cambiaba de tema, no le gustaba hablar sobre él. Y ahora allí estaba ella, Edith, aburrida en medio de la fiesta de casamiento y a punto de conocerlo.

Antes de cruzar la pista, se sirvió otra copa de vino.

El tío vidente hablaba y el humo del cigarrillo escapaba por la comisura de su boca. La barba se teñía de amarillo alrededor de sus labios. Edith se paró frente a él.

Disculpame, ¿vos sos el tío vidente?, le preguntó.

Él mismo, mucho gusto, dijo el tío vidente. ¿Qué necesitás?

Nada, dijo Edith. Quería conocerte, me da curiosidad. Márgara siempre habla de vos.

Muy bien, acá estoy, ya me conocés, dijo el tío vidente y se quedó callado. Miraba a Edith a los ojos.  Se dejaba contemplar como si fuera un animal de circo. El hombre con el que el tío vidente había estado conversando esperaba, un paso más atrás.

Edith se puso colorada y bajó la vista.

En realidad me gustaría charlar con vos, dijo. Estoy medio perdida, no sé qué hacer con mi vida y quisiera que me dieras algunas pistas sobre mi futuro. Te voy a pagar, claro.

El tío vidente se largó a reír. Se reía con toda la panza y como si tuviera un ataque de asma. El pelo de su pecho, gris y abundante, escapaba por entre los botones desprendidos del cuello de la camisa.

No funciona así, dijo mientras se secaba las lágrimas. Esto no es una cosa con bola de cristal ni nada de eso.

¿Cómo funciona entonces?,  preguntó Edith.

Tengo visiones de vez en cuando, nada que pueda prever y menos sobre algo específico. Por más que quisiera tener una visión con vos, no hay manera de que yo lo decida. Está más allá de mis posibilidades. Así que ha sido un gusto, pero no te puedo ayudar, dijo el tío vidente y se dio vuelta y volvió a hablar con el otro hombre.

Edith se alejó.

A la madrugada, cuando todavía no había salido el sol y ella se iba de la fiesta, vio cómo el tío vidente cargaba unos bolsos en el baúl de un Valiant rojo estacionado frente al salón. Su mujer lo esperaba en el asiento del acompañante, la espalda bien derecha, las manos sobre la falda. Los dos hijos del tío vidente dormían en el asiento de atrás.

Edith se olvidó del asunto hasta que, un mes y medio más tarde, recibió una llamada del tío vidente.

Márgara me pasó tu número, le explicó. En realidad, se lo pedí yo.

Está bien, dijo Edith.

Después el tío vidente le contó que había tenido una visión donde ella aparecía. Detrás de su voz, en la línea del teléfono, se escuchaba a los hijos del tío vidente gritar lejos. Edith se los imaginó peleando en el patio de una casa con limonero y gallinas.

Me habrá quedado tu pregunta en el subconsciente y por eso ahora afloró, dijo el tío vidente. Nunca me había pasado una cosa así.

Edith no supo qué contestar. Había atendido el teléfono de pie junto a la cocina, con los ojos fijos en la olla llena de agua, esperando que hirviera para prepararse unos fideos. Apagó la hornalla y se sentó.

¿Qué pasaba en la visión?, preguntó.

Estabas vestida de blanco y había viento, mucho viento, dijo el tío vidente. Vos te subías a un árbol grande, una especie de sauce y el viento movía las hojas. También había un molino y brotaba agua. Un hombre corría desnudo alrededor del árbol. Vos te caías. La visión se terminó antes de que golpearas la tierra.

¿Cómo era el hombre?, preguntó Edith.

Morocho, de piel blanca. Un tipo más o menos de tu edad.

Roberto, pensó Edith, pero no lo dijo.

¿Tenía un lunar en la espalda?, preguntó.

Si tenía, no se lo vi, respondió el tío vidente.

Edith prendió un cigarrillo.

¿Y qué significa esa visión?, dijo.

No lo sé. Se me ocurrió que tenía que contártelo y que vos le encontrarías la clave. Para eso te llamé. ¿No te sugiere nada?

La última vez que me subí a un árbol era una nena, dijo Edith aunque no era cierto.

A lo mejor es cuestión de tiempo. Si se te ocurre algo, avisame, dijo el tío vidente y le pasó su número de teléfono.

Roberto, dijo Edith para sí, cuando el tío vidente ya había cortado. Hace años que no sé nada de él.

Esa noche Edith no pensó en otra cosa que no fuera la visión: el viento, el árbol, la caída, el molino, el agua, Roberto desnudo, corriendo alrededor. No le encontraba ningún significado, pero no podía sacarla de su cabeza. El domingo, mientras charlaban en el patio de su casa nueva, a la orilla de la pileta, Márgara le preguntó si su tío se había comunicado con ella.

¿Qué quería? Me pidió tu número, me explicó que necesitaba hablar con vos.

Edith se encogió de hombros.

Ni idea, dijo. A mí no me llamó.

Durante la semana que siguió, el tío vidente telefoneó tres veces. Había tenido más visiones. El martes, Edith se le apareció convertida en una estatua de mármol y sumergida en las profundidades del mar, algas oscuras le amordazaban la boca. El jueves a la mañana, Edith desnuda y sobre la nieve, abrazada a un animal que comía de su vientre, tal vez un lobo, cubierto de sangre. El jueves por la tarde, Edith en un jardín, junto a un manantial, sus dedos tocaban el agua y de ellos brotaban largas raíces oscuras que subían hasta su cuello y la asfixiaban.

Necesito verte, dijo el tío vidente. Necesito verte pronto. Me están volviendo loco, en vivo y en directo las voy a entender, dijo el tío vidente.

¿El hombre desnudo no volvió a aparecer?, preguntó Edith.

Ni una sola vez, dijo el tío vidente. Estás siempre sola.

Edith se largó a llorar.

No me llamés más, dijo y cortó.

Dos días después, de madrugada, el teléfono volvió a sonar. El tío vidente había tenido otra visión. Esperaba con el motor del auto encendido y una muda de ropa en un bolso de cuero negro.

Pasame tu dirección, dijo. En cinco horas estoy allá.

Dejame en paz, le respondió Edith.

Es importante que te vea. Pasame tu dirección o se la pido a Márgara, dijo el tío vidente.

En mi casa no se puede, dijo Edith. Encontrémonos en un bar.

Tiene que ser en un lugar privado y seguro. Tenemos que estar vos y yo solos, sin nadie que nos interrumpa, dijo el tío vidente.

No sé, buscá un lugar, hacé lo que quieras, a mi casa ni si te ocurra venir, dijo Edith y cortó. Apagó el velador, intentó volver a dormir pero no pudo. El árbol y las algas y Roberto y el lobo y las raíces que brotaban de sus manos. No quería pensar en eso. Las sábanas la sofocaban. Se levantó y fue a la cocina y se preparó una taza de café y se quedó mirando los azulejos. Su camisón, húmedo de sudor, se enfrió en el aire de la cocina y un espasmo le recorrió la piel.

Me tengo que ir. Me voy a ir a un lugar donde nunca más me encuentre, pensó Edith.

Su padre se despertó y ella le llevó el desayuno a la cama.

¿Quién llamó anoche, tarde?, preguntó el padre.

Número equivocado, dijo Edith.

El tío vidente le habló desde una estación de servicio, al costado de la ruta. Había tenido otra visión mientras manejaba. Edith se le había aparecido en el asiento del conductor, pálida y cubriéndose el pecho con una bolsa de consorcio.

El tío vidente le preguntó a Edith si estaba bien, si sentía algo raro.

Estoy bien, dijo Edith.

¿Estás sola? ¿Las puertas están con llave?, preguntó.

Estoy con mi papá, dijo Edith. Todo está bien, dijo Edith y miró por la ventana. Afuera amanecía. Los edificios se recortaban como moles negras y rectangulares sobre el cielo de un naranja violento. Hacía frío. Empezaban a llegar los ruidos del tráfico de la avenida.

Al tío vidente la faltaban dos horas más de viaje. Le pidió a Edith que le reservara una habitación en algún hotel donde pudiera darse un baño y dormir la siesta. Edith no conocía ningún hotel barato. Al final le dio la dirección de uno cerca del aeropuerto donde a veces pasaban la noche con Roberto cuando él decía que estaba de viaje de negocios.

¿Cuánto sale?, preguntó el tío vidente.

Edith dijo que no era un hotel caro pero que tampoco era barato.

No sé si me va a alcanzar la plata, salí apurado, dijo el tío vidente.

Cualquier cosa yo te ayudo, dijo Edith.

Pidió un taxi, se repasó el maquillaje frente al espejo del baño y controló su peinado.

Estoy bien, estoy perfecta, se convenció a sí misma antes de salir.

Ni bien se bajó del taxi el tío vidente la tomó del brazo y la arrastró hacia el interior del hotel. Subieron en el ascensor sin decir una palabra. El tío vidente dejó que Edith entrara en la habitación y cerró con llave.  El empapelado era el mismo que cinco años atrás, que treinta años atrás: grandes flores naranja sobre un fondo amarillo. Una habitación pequeña, recalentada, una heladerita disfrazada de mesa de luz, el televisor colgando de un brazo de hierro, un ventana desde la que se podía ver la parte de atrás de una fábrica de barnices y pinturas.

El tío vidente le señaló a Edith la cama.

Sentate, ponete cómoda, le pidió. Dame un minuto que voy al baño.

Edith se recostó y escuchó el agua correr y al tío vidente murmurar algo del otro lado de la puerta. El tío vidente salió del baño con una toalla blanca en las manos.  Se secó la cara, la nuca, las orejas. Gotitas de agua temblaban sobre los pelos grises de su barba.

Ahora sí, dijo el tío vidente. Necesitaba refrescarme. Estoy sin dormir. Las visiones no paraban.

¿Alguna vez te pasó algo así?, le preguntó Edith.

Nunca, dijo el tío vidente.

Tengo miedo, dijo Edith.

Te entiendo, dijo el tío vidente y se sentó en el borde de la cama, los hombros caídos, la espalda encorvada. Edith se incorporó.

Quedate, no me molesta, dijo el tío vidente.

¿Qué es lo que viste? ¿Me voy a morir?, preguntó Edith.

No sé, dijo el tío vidente.

Sería un pecado que te pasara algo, dijo. Sos tan linda. Sos más linda personalmente que en las visiones, dijo.

Edith no respondió.

El tío vidente entrelazó las manos sobre su regazo y cerró los ojos. Se quedó muy quieto, allí, en la habitación de hotel. Las gotas tintineando en su barba. La respiración pesada, un silbido continuo que se intensificaba cada vez que el aire salía por la nariz.

¿Para esto me hiciste venir?, dijo Edith después de un rato.

Shhh, dijo el tío vidente y volvió a cerrar los ojos.

Calláte, por favor, dijo el tío vidente.

Edith se levantó de la cama y buscó una botellita de whisky en el minibar. Se la sirvió en un vaso de papel.

¿Estás teniendo una ahora mismo? ¿Qué ves?, preguntó.

Hubo una explosión, dijo el tío vidente. Astillas por todos lados. Astillas mortales, como jabalinas. Hay un incendio. El fuego te consume. Sale humo. Mucho. Se te quema la carne. No podés moverte, o no querés escaparte. La piel se te pone negra, como el papel que arde y se quiebra toda y se te ve la carne.

Edith terminó el whisky de un solo trago.

Basta, dijo. Me voy. No quiero saber más nada.

El tío vidente abrió los ojos y se quedó mirándola.

Vos no entendés, dijo. No podés irte.

¿Por qué?

Porque no, dijo el tío vidente, y volvió a cerrar los ojos.

Edith caminó hasta la puerta e intentó abrirla, pero estaba trabada.

Tiré la llave al inodoro, dijo el tío vidente. No te preocupes, ya viene.

¿Ya viene qué?, dijo Edith.

Entonces oyeron la explosión y se rompieron los vidrios y una viga de madera encendida entró volando por la ventana y destrozó la cama.

Está empezando, dijo el tío vidente y sonrió.

De la fábrica de pintura brotaba una gran llamarada que se expandía rápido en el aire. Un viento cargado de éter y aguarrás ardiendo les golpeó las pupilas. Flameó hasta consumir las cortinas, el pelo de Edith, la barba del tío vidente, las flores sobre la pared.

Está empezando, dijo el tío vidente, de pie, con el fuego a su alrededor.

Federico Falco (Córdoba, 1977) ha publicado teatro, poesía y cuatro libros de relatos, siendo el más reciente La hora de los monos. Fue incluido por la revista Granta en su famosa selección de nuevos narradores latinoamericanos.


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