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Reseñas

El lector de Julio Verne

Almudena Grandes (Madrid, 1960) ■ Tusquets (2012) ■ 417 páginas ■ 75 soles


Novela. El lector de Julio Verne es la segunda novela de la serie «Episodios de una guerra interminable», conjunto de seis publicaciones que comenzó con Inés y la alegría y que narra los primeros 25 años de la posguerra española y de la dictadura de Franco.

Es el verano de 1947 en Fuentesanta de Martos, un pueblo de la sierra sur de Jaén, en Andalucía. Son los inicios de la dictadura y los senderos de la sierra son asolados por la guerra cuando Nino, un niño de nueve años comienza a sospechar que la realidad no es la que sus padres le cuentan.

Al conocer a Pepe el Portugués, un forastero que se instala en el molino del pueblo, Nino queda deslumbrado por la frescura con la que este mira el mundo, el mismo en el que su padre, un guardia civil, parece asfixiarse entre los secretos y la desesperanza constante de esa «paz difícil, que crece como la nata sobre la leche de una violencia aplazada».

Entre las tardes en el río con su mejor amigo Pepe y las fascinantes novelas de aventura que le presta doña Elena, una maestra retirada que también le enseña mecanografía, Nino vive un verano lleno de revelaciones, de escenas de crueldad pero también de amistad, coraje, alegrías y misterio.

La novela se divide en tres partes, y en ellas coinciden, como una brutal paradoja, el «Trienio del terror» –después de la Segunda Guerra Mundial, aprovechando la ausencia de los aliados, Franco utilizó el pánico sistemático como arma política– y el trance de la infancia a la adolescencia de Nino. Y sin embargo, por encima –o debajo– de las traiciones y las venganzas y la injusticia y la resignación, la voz en off de Nino funciona como un riel dentro de una infancia que florece en el miedo, en medio de una violencia que se dimensiona desde el frágil caparazón de la inocencia, donde la guerra es una palabra con la textura de un mal sueño. Aquí uno se pregunta de qué lado está la realidad y dónde la ficción, solo para concluir que ninguna vida puede recordarse en su totalidad sin la ayuda de la imaginación.
Por Paloma Reaño.