Cartas
Reseñas

Aquí y ahora. Cartas 2008-2011

Paul Auster (New Jersey, 1947) y J. M. Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940) ■ Anagrama & Mondadori (2012) ■ 265 páginas ■ 85 soles


El artista y el mundo

Correspondencia. En uno los mensajes recogidos en Aquí y ahora. Cartas 2008-2011, el escritor sudafricano J. M. Coetzee le dice al norteamericano Paul Auster que ser escritor es el oficio «menos importante del mundo», y Auster no muestra reparo alguno. Algo de esa actitud poco solemne y bastante natural es lo que le otorga un atractivo especial a la correspondencia entre dos de los autores más reconocidos y reconocibles de la literatura actual. Más allá de la profundidad de sus impresiones sobre los temas más diversos de la cultura, el arte y la política internacionales, lo que estas cartas revelan es a dos simples mortales que observan con enorme complejidad el mundo que les rodea y que se mueve velozmente a la vez que ellos se sumen en sus propios y también urgentes temas. No es extraño, entonces, que uno de los primeros temas que aborden con enorme seriedad y preocupación sea la sensación de culpa que sienten por el carácter adictivo de los espectáculos deportivos; el beisbol en el caso de Auster, y el críquet en Coetzee. «Estoy de acuerdo contigo en que es una actividad inútil, una absoluta pérdida de tiempo», escribe Auster. «Y sin embargo, ¿cuántas horas de mi vida he perdido precisamente de ese modo? ¿Cuántas tardes he desperdiciado como tú has hecho el 28 de diciembre? La suma total será sin duda apabullante, y solo con pensar en ello me abochorno». De confesiones así está hecho aquí y ahora.

Los intereses de un escritor ambicioso suelen ser tan vastos como el alcance de su material: el mundo entero. Auster y Coetzee repasan las más variadas manifestaciones humanas de nuestro tiempo, desde el conflicto árabe-israelí hasta el Mundial de Fútbol de Sudáfrica; de las elecciones presidenciales en Norteamérica hasta el talento sorprendente del tenista Roger Federer, pasando por las novelas de Philip Roth y la correspondencia de Samuel Beckett. A través del intercambio de puntos de vista, conscientes de su carácter profano y de usar como única herramienta el más afilado sentido común, ambos escritores construyen una amistad que reflexiona muchas veces sobre ella misma y su especificidad. Auster es siete años menor que Coetzee y profesa por él una enorme admiración. Coetzee respeta a Auster. En el orden del libro es posible reconocer el amplio conocimiento que el autor sudafricano muestra sobre casi todo, y los esfuerzos honestos de Auster por acompañarlo y sostener su diálogo. Esta no es una desventaja del libro; yo diría que lo humaniza y lo hace sincero: es el diálogo entre un excelente novelista y un escritor extraordinario, ambos sabedores de su propio lugar en la literatura universal. «Leer una página de Kleist es enfrentarse al hecho de que existe una Primera División de escritores, que tiene muy pocos miembros, y en la que se juega a algo muy distinto a lo que se juega en la mucho más cómoda Segunda División a la que estamos acostumbrados», escribe Coetzee. «Un juego más difícil, más rápido, más inteligente y donde hay mucho más en liza».

El libro, por cierto, refulge cuando ambos se internan en el oficio narrativo. Destaca nítidamente el tramo en que abordan los mecanismos de la lectura y la imaginación literaria, y la forma en que construyen sus ficciones. Al confesar cómo imagina sus historias, Auster le cuenta a Coetzee que debe saber casi milimétricamente qué objetos se encuentran bajo qué disposición en cualquier espacio en que transcurran sus ficciones. El autor de Desgracia le responderá: «La habitación en que se desarrolla mi acción ficticia es un sitio muy desnudo, un cubo vacío de hecho; solo le incorporo un sofá si hace falta (si alguien va sentarse en él o mirarlo)».

Pero más allá de todos los temas tangibles y urgentes, lo que conmueve en este libro es la posibilidad de asistir a una conversación sincera entre dos tipos de imaginaciones poderosas que enfrentan, cada cual en su habitación cerrada, las exigencias del mundo y el paso del tiempo que amenaza disolverlos. Auster es el primero en manifestar su estado de ánimo declinante y el decaimiento de su cuerpo, relacionados –lo descubriremos después– a su reciente libro Diario de invierno. Coetzee confiesa sus problemas para dormir, el temor a la distracción que trae la edad, la posibilidad del retiro. «Lo que me interesa en la situación presente es la cuestión de cómo y cuándo se anunciará el agotamiento de las energías», escribe. «No se puede seguir escribiendo eternamente; y tampoco quiere uno despedirse con un producto vergonzosamente malo de la chochez. ¿Cómo detecta uno que simplemente ha perdido la capacidad de hacerle justicia a un tema?». Auster, que en un par de misivas lo llama cariñosamente «abuelito», intenta acompañarlo a la distancia en esas vacilaciones, y trata de animarlo contándole cómo ve de activos a Roth y Delillo, autores de la edad de Coetzee. Esos son los mejores momentos de Aquí y ahora. Aquellos en que uno comprueba la dificultad que representa el mundo incluso para mentes tan alertas, y a la vez la terquedad de estas en leer el tiempo que les toco atestiguar. «El mundo sigue enviándonos sorpresas», escribe Coetzee al final del libro. «Y nosotros seguimos aprendiendo». Nosotros con ellos.
Por Jeremías Gamboa.


Recomendados:
Cartas del verano de 1926. (Marina Tsvietáieva, Boris Pasternak, Rainer María Rilke)
Cartas escogidas (William Faulkner)
¿Escribes reseñas y quieres compartirlas en nuestra web? Escríbenos a libros@buensalvaje.com contándonos en dos líneas quién eres, y sobre qué libros quisieras escribir 350 palabras. Sé específico y, si tienes un blog, indícanoslo.