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Reseñas

Cuna de gato

Kurt Vonnegut (Indianápolis, 1922 – Nueva York, 2007) ■ La Bestia Equilátera (2012) ■ 248 páginas ■ 80 soles


Tres oraciones de Jerónimo Pimentel

1

11 de abril de 2007.

Había terminado de escribir lo siguiente: «3. Mi amor se extiende como hielo-9 en las arenas de Vermilion».

Y me dije a mí mismo: Cuna de gato.

Luego entré a Internet y encontré la noticia.

Me quebré.

Unos minutos después, mi cara suscitó una pregunta protocolar (¿Qué te pasa?) y, en vez de contenerme, respondí sincero.

–Estoy devastado.

Una pequeña sonrisa anticipó el coro de carcajadas y un tumulto de imprecaciones. Algunos en forma de insultos, otros disfrazados de preguntas cuyo único fin era la burla:

–¿Y ese quién es?

–¡Qué huachafo!

–¿«Devastado»?

–¡Esnob!

–¡Posero!

Luego todos rieron y pensaron en qué les tendría que pasar para sentirse realmente mal: la señora amargada y vieja, que su hijo no encuentre nunca trabajo; la anoréxica borderline, que su patología sea al fin diagnosticada; la joven inepta y apenas comprometida, que se frustre su primer embarazo.

Así fue.

Me vi tentado a explicarme. Decir que uno llega a conocer a un autor a través de su obra, que esa familiaridad lo acerca bastante más que la camaradería de oficina que tan ligeramente me vinculaba con ellos. Se me pasó por la cabeza reconocer que la palabra «devastado» no era la más adecuada, que probablemente exageraba, pero no me atreví a corregir mis sentimientos. Por el contrario, contesté mis dudas con un axioma que parafraseaba a otro de Julian Barnes: el amor del lector por el escritor es un afecto superior a cualquier otro.

Por un momento pensé que narrar las anécdotas más saltantes de su vida, como que sobrevivió al bombardeo de Dresde en calidad de prisionero de guerra, dignificaría su muerte más bien ordinaria: un ataque o paro o simple caída, triste agonía de semanas en casa, cuidados conyugales (pensándolo bien, el mejor fin con el que puede soñar nadie). Luego, con la idea de subrayar sus méritos creativos, barajé la posibilidad de explicar el método de narración inverso con el que contó dicho bombardeo en Matadero 5, pero caí en la cuenta de que hubiera sido ocioso. Finalmente sopesé confesar que apenas hube terminado El desayuno de los campeones lloré como nunca en mi vida luego de cerrar unas páginas, y que esa pena era doble: primero porque el libro acababa; y segundo, por ese tono de voz postrero con el que el creador enfrenta su obra, y cómo una lágrima dibujada por él mismo, ese llanto final que sirve de coda gráfica a la novela, era en sí una teoría literaria que difuminaba las fronteras entre arte y realidad. Pero mi composición se encontraba ya muy débil y no atiné a retar a mi auditorio escéptico.

Mientras esperaba que el ascensor llegue al piso dieciocho, pensé exactamente lo que quería hacer: romper los botones de mi camisa, tirar la correa, gritar la vida no es forma de tratar a un animal, insultar a todos los oficinistas de Lima y lanzar un mono a las caras de mis colegas para que los arañe hasta dejarlos ciegos (no sé de dónde salió el mono, él no hubiera aprobado esta forma de venganza).

Cuando el ascensor me dejó en el piso uno, caminé cincuentaitrés pasos hasta un kiosco donde una señora me vendió una cajetilla roja de Pall Mall.

Así fue que empecé a fumar, cigarrillo tras cigarrillo, mientras imaginaba cómo el humo se concentraba en los pitillos, cómo las cenizas volvían a los puchos que empezaban a crecer en tamaño para luego ser recogidos de veinte en veinte en cajetillas que regresaban a las manos de sus vendedores, quienes caminando de espaldas, como cangrejos humanos, depositaban los cartones en fábricas que se dedicaban a separar los filtros de las virutas de tabaco. Las hojas se devolvían a los campos donde el sol les extraía el tostado retornándole a la planta un color más pálido, vegetal, permitiendo así que el tallo se contraiga en una semilla y descanse bajo tierra, por fin completo, subterráneo, íntegro.

Daba una bocanada final cuando un señor dijo:

–¿Me permite?

Alzó el brazo para alcanzar el pucho con el que encendería el suyo y de su libro, Tantas noches en Trafalmadore, cayó una fotografía pornográfica. Era repugnante.

–Todos son buenos hasta que dejan de serlo.

–Buen título, contesté.

Pero en su mirada arqueada percibí una duda. Me escrutó con detenimiento, como quien recién cae en cuenta que ha estado hablando con un viejo conocido, y preguntó:

–¿Mr. Rosewater? ¿Mr. Hoover?

2

Vonnegut asegura que los escritores son agentes de cambio, esperamos, «para bien». Asegura que son células especializadas, evolucionadoras. Esta esperanza apenas tendría sentido si no viniese de él, quien dedicó su obra, como apunta Irving, a plantear de manera legible las preguntas que los escritores serios ya no se formulan. Es más fácil, siempre, escribir con opacidad, o crípticamente, para enmascarar en lo ilegible la confusión o timidez ideológica. La prosa hermética también puede ser una estrategia: para un pretencioso, lo que no se puede entender es visto como reducto de la alta cultura, el santo y seña de los iniciados, el filtro de la inteligencia. Pero en una sociedad donde la mejor adaptación posible pasa por hacer eterna la estupefacción, y que concibe el cambio como la renuncia a las salidas originales (ese tonto arrojo con el que abrazamos dogmas fallidos), en esa sociedad el escritor y la literatura carecen de rol. Los escritores son tratados cada vez con más distancia, y cuando se les aborda, los medios, en el mejor de los casos, reelaboran una y otra vez la caricatura del artista excéntrico, perdido en la insularidad de su arte inaccesible y sus obsesiones privadas. Así lo vuelven inofensivo y forjan un estereotipo incapaz de representar el mínimo riesgo (sí, el peligro es un valor literario). La fama es solo una forma de condescendencia social. Por eso no sorprende que el lector promedio se acerque a la literatura para buscar entretenimiento, y cuando lo hace, si llega a hacerlo, lloramos porque se nos ha provisto de un argumento para negar la evidente obsolescencia del libro como vehículo cultural. Entender la literatura como distracción es injusto para el arte, porque plantea una competencia desventajosa: los medios de comunicación son mucho más efectivos sobreestimulando a un individuo (al punto de la inocuidad), en parte porque fueron concebidos para ello. Jonathan Franzen, en un polémico ensayo publicado en Harper’s, se hacía estas preguntas a propósito del fin de la «novela social». ¿Qué narrar? ¿De qué pulsiones dar cuenta? ¿Cuáles son los procesos sobre los que el escritor aventurará futuros? ¿Qué ideas innovadoras inoculará en su obra? ¿Cuáles son las nuevas respuestas que proporcionará a una sociedad que ya no se pregunta nada?

3

Conozco el camino (no hay camino).

Cuando deambula por la costa, el hielo se cristaliza en el fierro forjado de su pala; pero no hay muertos que sepultar ni tierra que remover. Un hombre-cementerio; como los poetas, inútil hace siglos.

¿Cómo pedirle que se detenga?

Mira arriba y observa a un pez-gato navegando en el cielo.

¿De qué vale su asombro?

Mi Yo astrofísico utiliza sus bigotes como sistema de navegación y cabalgamos en una corriente de éter junto a la última voluntad de Kurt Vonnegut, algunos cráneos de homos
no catalogados y otros restos de especies muertas. Luego es el pez-gato quien me navega a mí. Vamos a Mercurio.

Este es el camino (sí hay camino).

Personas-adictas-al-sol.

Jerónimo Pimentel (Lima, 1978) es autor de los poemarios Marineros y boxeadores, Frágiles trofeos, La muerte de un burgués y Al norte de los ríos del futuro, de próxima publicación en España. El año pasado publicó La ciudad más triste, su primera novela.


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