Libro-Patti-Smith
Reseñas

El mar de coral

Patti Smith (Chicago, 1946) ■ Lumen (2012)  ■ 94 páginas ■ 42 soles


Cuando Patti conoció a Robert

Prosa poética. En el verano neoyorquino de 1967, Robert y Patti se conocieron de casualidad. Apenas cruzaron palabras y fue el andar lento y los dedos largos de Robert lo que se fijó en la mente de Patti. Meses después, por otra casualidad, volvieron a toparse: esta vez Patti, veintiún años y muerta de hambre, huía de un viejo gordo escritor que le invitaba un pan con atún a cambio de sexo en el centro de la ciudad. Robert pasaba por ahí, inventó una excusa y ella escapó con él.

No se separarían nunca. El pobre viejo gordo escritor se quedó con las ganas de probar la pálida miel de Patti, y Robert pasaría a ser el gran compañero, amante, novio, amigo, camarada, causa, alma gemela, fiel y hermano único hasta que la muerte, una pelona vestida de sida, se lo arrebataría otro verano soleado de 1989.

Antes, cuando Robert agonizaba en la cama de un hospital, Patti iba a visitarlo, a reanimarlo, se contaban cosas, se hacían promesas, bromas; nunca perdieron el humor, ese humor neoyorquino que había alimentado sus días mientras ambos caminaban por las calles buscando qué comer y hablaban y seguían hablando de sus futuros proyectos artísticos. Ambos eran unos completos desconocidos. (Robert Mapplethorpe sería un famoso fotógrafo, y Patti Smith una rockera que marcaría la historia del punk norteamericano de mediados de los setenta). Frente a su lecho de muerte, casi agonizando, Robert le preguntó si escribiría la historia de ambos; ella, más que para contentarlo que para otra cosa, le aseguro que sí. Robert murió al día siguiente. Patti quedó devastada, no pudo escribir nada, tenía un nudo permanente en la garganta y sus dedos se le trababan cuando intentaba escribir algo sobre él. No teniendo mejor lenguaje para evocarlo, compuso una serie de textos que van entre la prosa y la poesía, entre el testimonio y la evocación lírica, entre un simbolismo lleno de referencias a las flores, el mar, la naturaleza, hasta el breve ensayo sobre la belleza, la armonía y el infinito. Tocar a Dios con el arte, con la palabra. Reunió todos estos textos y los guardó en un cajón, los llamó El mar de coral. Luego, más serena, escribiría y publicaría Éramos unos niños, las memorias de ella y Robert Mapplethorpe. Ganaría el National Book Award y miles de nuevos fans, además de quienes seguían su carrera poética y rockera con devoción (y narrativa: Smith era ya autora, entre otras, de la estupenda novela Babel).

Patti Smith debe ser, después de Bob Dylan, la artista que mejor se mueve fusionando, mutando, mezclando rock y literatura. Es la rockera más literaria. Cuesta creer que la chica que escribió «Jesús murió por lo pecados de alguien/ pero no por los míos», uno de los versos más famosos del rock, sea profundamente religiosa. En El mar de coral esto es claro. Pero entendiendo lo religioso no dogmáticamente, ni como un achatamiento de la libertad o de un encarcelamiento de la moral sino como una búsqueda de lo divino, como una presencia constante en nuestras vidas, un acto de fe permanente guiado por una fuerza artística. Aunque sabemos que Patti nació en el seno de una familia creyente y religiosa, y que los primeros libros que devoró fueron los Salmos, aquí lo religioso tiene otro sentido; tal vez la religión sea solo un guiño cínico para burlarse de la sociedad norteamericana. Muchos artistas lo hacen.

Nacieron un lunes del mismo año. Sus biografías estuvieron signadas por el amor a la vida y al arte, por su fusión llevada al límite. El mar de coral es, precisamente, una fusión, un libro mutante, como dije anteriormente, que navega entre la prosa y la poesía, entre la fotografía y la ilustración, en busca de un mar de belleza, más allá de las palabras.
Por Jorge Castillo


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