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Reseñas

Canción de tumba

Julián Herbert (Acapulco, 1971) ■ Mondadori (2011) ■ 206 páginas


Novela. Escribir la historia de tu madre prostituta no es un reto literario ni un acto de exhibicionismo: es una condena. En 2008, metido en una habitación de hospital, Julián Herbert comenzó a trazar en la pantalla de su laptop la memoria de una pesadilla: el relato inverosímil de una mujer que tuvo cinco hijos con maridos diferentes, de una india ladina y hermosa que cambiaba de nombre según el lugar al que llegaba, de una prostituta que le gustaba leer. Su madre. Herbert, con el ordenador sobre las piernas, escribe el pasado desde un presente doloroso: a su lado, tendida en la cama de hospital, la mujer a la que los hombres pagaban por sexo, ahora está a punto de morir enferma de leucemia.

Premio Jaén de Novela, esta es la historia de un cuerpo: el de Guadalupe Chávez. Pero también –y sobre todo– el de Marisela Acosta, nombre que la madre del autor usó para ejercer la prostitución. La novela recompone la infancia del narrador entre prostíbulos, carreteras, padrastros fugaces y pobreza, todo en medio de un México violento. En paralelo, la agonía de su madre y el relato de dos viajes (a Berlín y Cuba) de un Herbert escritor adicto al opio y a la cocaína. La trama, que parece compleja, en realidad no existe: fragmentado en piezas narrativas, el libro se lee como un tratado del cuerpo y de la propia identidad. Herbert, que ha pasado toda su vida intentando escapar de esta historia familiar, decide ahora encontrarse a sí mismo a partir del cuerpo de su madre.

Pese al dolor de verla morir, el autor no cae en el sentimentalismo ni la condescendencia. Lo que hace a esta novela brutal es su verdad: sin maquillar el odio, recrea con un lenguaje áspero y lírico un vínculo filial marcado por el rechazo mutuo. No escatima en detalles sobre el amor/odio que siente por su madre –aun así ella esté a su lado transformada en un mapa químico mientras lo hace–, quizá por eso, cuando al fin llega la muerte, estamos tan próximos a ambos que la historia nos pesa como un pasado personal. En las últimas líneas, un Herbert conmovido se despide de su madre y nosotros, muy cerca de ellos, acudimos afectados por la pérdida.
Por Juan Francisco Ugarte.


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