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Reseñas

¡Adiós, libros míos!

Kenzaburo Oé (Ose, 1935) ■ Seix Barral (2012) ■ 383 páginas ■ 120 soles


Novela. Los versos con los que en 1937 el joven Vladimir Nabokov culmina La dádiva, su última novela rusa dentro del exilio berlinés, invitan a hacernos una pregunta insospechadamente compleja: ¿Cuáles son las lecturas favoritas de los personajes literarios? Y como complemento de esta, una adicional: ¿Se identifican estos gustos necesariamente con los de su creador? De esos versos, y de la poesía de T.S. Eliot, extrae fuerzas e inspiración el laureado escritor Kogito Choko para permanecer en el mundo de los vivos, luego de haber sido herido en una protesta antinuclear. Y también para emprender, más allá de la consagración internacional que le supuso la concesión del premio Nobel, un proyecto literario en el que se entremezclarán sus recurrentes diálogos con los muertos y el plan senil y destructor de su amigo cercano, el arquitecto Shigeru Tsubaki. Una amistad recuperada está en el núcleo de ¡Adiós, libros míos!, de Kenzaburo Oé. Se trata de una vieja y larga relación cuya conflictividad intrínseca logra atenuarse gracias a las referencias literarias que unen a sus dos protagonistas. De hecho el niño Tsubaki parece emerger en un remoto pueblo de la isla de Shikoku, enviado desde Shanghái sobre el final de la Segunda Guerra Mundial por su familia japonesa, solo para alterar la equilibrada infancia de Choko. Años más tarde los oficios del escritor y el arquitecto reconciliarán a ambos personajes a través del diseño de una casa inspirada en el poema «Gerontion», de T.S. Eliot. Como en la celebrada y sublime Carta a los años de nostalgia, Dante, Blake, Lowry, Dostoievski también son autores aludidos y de los cuales Kenzaburo Oé no extrae únicamente modelos o criterios estilísticos, sino, y por encima de todo, una serie de significados y enseñanzas que le permiten confrontar los episodios de su propia existencia, y que finalmente lo conducen a un nivel superior de sabiduría. En ¡Adiós, libros míos! los autores favoritos de los personajes se identifican sin duda con los de su creador, aunque sus lecturas no sean necesariamente equivalentes. Y tampoco sus valoraciones. La figura de Yukio Mishima sobrevuela episodios de la obra en los que se hace un esfuerzo para que su valor literario no se vea dañado por la insensatez de una actuación pública que buscó dejar en entredicho la vocación pacifista del Japón de la posguerra, abogó por el retorno de la tradición militarista, y culminó en un harakiri televisado. El proyecto delirante de Tsubaki logra congregar a varios jóvenes convencidos de la necesidad de ataques masivos que despierten la consciencia de una sociedad dormida, pero termina reducido a la simple explosión de la casa «Gerontion», en la que un adolescente, cual imitador contemporáneo de Mishima, decide inmolarse de manera absurda. Al final no queda mucho espacio para las certezas, pero sí para la literatura: el joven Nabokov vuelve a aparecer para recordarnos que mientras el personaje creado por un autor sigue vivo, su creador tendrá que marcharse caminando.
Por Octavio Vinces.


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