Memorias de un soldado desconocido.  Autobiografía y antropología de la violencia
Reseñas

Memorias de un soldado desconocido.
Autobiografía y antropología de la violencia

Lurgio Gavilán (Ayacucho, 1971)  ■ IEP (2012) ■ 178 páginas ■ 30 soles


Confieso que he vivido

Memorias. El primer libro de Lurgio Gavilán es una autobiografía. Candidato hoy a Doctor en Antropología en México, Gavilán fue un niño soldado de Sendero Luminoso en las alturas de Ayacucho, herido, capturado por el Ejército y trasladado a una base militar, salvado por el azar y la piedad de un oficial. Allí se convirtió en un niño soldado del Ejército peruano y como militar logró estudiar en un colegio de Huanta. Los giros en su vida no terminaron ahí: cambió el uniforme por la sotana franciscana y luego, en otro cambio inesperado, se encontró con la Antropología en la Universidad de Huamanga, donde se convirtió en profesor.

Senderista, soldado, aprendiz de sacerdote, antropólogo, el relato muestra una vida de múltiples identidades, de transformaciones y de la reorganización constante de sus búsquedas. Narra la atrocidad de los hechos del conflicto armado, la brutalidad de las acciones de todos los bandos y la incertidumbre que ha marcado a los «ciudadanos» de nuestro país. Dividido en cuatro secciones que organizan la cronología del autor, permite entender la complejidad de la vida cotidiana y sus contradicciones.

Son muchos los elementos importantes aquí, pero dos elementales: por un lado, las idea de las «vidas múltiples» (a las que se refiere Carlos Iván Degregori en el delicado prólogo). Ello implica entender que los sujetos, las personas, se reinventan constantemente, que buscan en los eventos del tiempo maneras de reconstruirse, acomodarse y reordenar sus trayectorias. Esto es evidente en la autobiografía de Gavilán. ¿Pero cuántos más hicieron esto? Ante las miradas que muestran solo monumentos del pasado, memorias pétreas u olvidos interesados, las personas reales muestran la vivencia y la complejidad de su historia creando otras vidas, migrando, regresando, construyendo otras identidades. ¿Cuántos más, senderistas, soldados, campesinos, autoridades, produjeron otras maneras de enfrentarse a la historia? Por otro lado, el testimonio es un elemento tan o más importante que la forma de la autobiografía. El testigo, como sugerían Primo Levi y Agamben, y el poder que aquel tiene respecto a la construcción de la historia, resulta de una magnitud inesperada. Este libro es un testimonio a través del relato de su vida, y este sujeto –el testigo– se confronta con la víctima y con el perpetrador: se dispone en un espacio intermedio, alguien que testifica la perspectiva de su historia en primera persona, sin mediación de otra voz.

Como ya dijo MVLL, la narrativa de Gavilán brilla por el realismo y por la verosimilitud de sus palabras. El prólogo de Degregori resalta la riqueza de la «otra perspectiva», de la capacidad de humanizar actores que habían sido pensados como monolitos y de integrar la observación y la historia de vida que propone el discurso antropológico al testimonio de la historia. Lo cierto es que este es un libro extraño y difícil de clasificar, que cuestiona nuestras disciplinas y la pretensión de rigor de nuestras herramientas. Muestra la riqueza de la información de primera mano, la calidez de la biografía y la dureza de la vivencia; recuerda la importancia para las ciencias sociales de entender que el mundo siempre es más complejo de lo que creemos, y recuerda los límites de nuestras reducciones metodológicas: «Si se hubiesen hecho realidad los discursos del PCP sobre la igualdad, que nadie sea rico ni pobre, que todos tuviéramos las mismas oportunidades sin egoísmo, (…) o si el Estado estuviese interesado en los campesinos, en su agricultura, en educar a sus niños como predican en las elecciones presenciales, de seguro estos hombres no estarían arañando estas tierras para sobrevivir como yo he arañado en mi vida para contar lo sucedido” (p. 174). Por Jaris Mujica


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