Los lemmings
Reseñas

Los lemmings

Fabián Casas (Buenos Aires, 1965) ■ Estruendomudo (2012) ■ 125 páginas ■ 25 soles


Viajar al pasado y regresar con un trofeo

Cuentos. ¿Qué puedo decir de Fabián Casas para empezar esta reseña, sin hablar de su ubicuo baluarte, el barrio de Boedo, ni de sus constantes referencias filosóficas, ni del nombre de los discos que vive citando, ni de su amor irreprochable por el San Lorenzo? ¿Cómo no comenzar como comienzan todos lo que quieren hablar y hablan de él? Diré, para empezar, lo que me parece Casas: un discreto poeta, un divertidísimo ensayista y un narrador más que bueno. Y diré que Los lemmings –publicado originalmente en Argentina en 2005– es un libro envidiable, sólido, redondo, donde Boedo es simplemente una apariencia, pues el lugar desde donde se escribe es la memoria. La memoria de una clase media calamitosa y cálida, al borde de la periferia tanto en el sentido geográfico como en el temporal, que va reconstruyendo objetos, calles, tiendas, escenas y experiencias de una forma apabullante, convincente, que por momentos estremece por su autenticidad. Y es que para el Casas de Ocio y de Los lemmings la verdad está de su lado. Me explico. No se trata solamente de acumular referencias musicales, literarias, publicitarias, y alguno que otro tono de época para hacer una buena historia sobre nuestro pasado mesocrático durante los setenta y ochenta. Esa fórmula por aquí ya la hemos padecido varias veces, y termina produciendo relatos costumbristas donde reconocemos todo menos a nosotros mismos ni a nuestra circunstancia de sobrevivientes de lo que ya se ha ido. El mayor logro de Casas, a mi entender, es precisamente comunicar de modo afortunado esa circunstancia y de insuflarle vida, recorriendo las mutaciones y vivencias de la infancia y la adolescencia, haciendo del crecimiento y de la madurez una atrayente tragedia que se va manifestando en cada elemento que conforma lo cotidiano y lo ordinario: «Al principio el turro solo hablaba conmigo, aunque fuéramos seis en la pieza, pero poco a poco se fue soltando. Y hasta empezó a tomar Talasa, el jarabe que consumía el Tano porque era débil de los bronquios. El Talasa era genial… con gusto a frutilla y licor… te dejaba un cosquilleo en el pecho y te ponía somnoliento… pensativo… se nos caía la baba mientras la tarde de invierno pasaba lentamente… La Talasa nos empujaba a hablar sin ansiedad, cada uno con sus rollos… nos hermanaba… ¡Tardes gloriosas del Talasa, a mí!». Este humor, este fervor contenido, se apoya en un lenguaje aparentemente liviano y sencillo, pero que posee un lirismo subterráneo, agazapado, que emerge en los momentos precisos, a la hora de describir una calle en plena tarde, el rostro de un familiar, la epifanía de una canción de rock, cualquier referencia emotiva que de alguna manera recupere lo perdido. Esa labor, digna de la arqueología más noble y más urgente, es la que produce que uno evoque a Casas cuando evoca a Montale («No debemos cambiar lo esencial por lo transitorio») y sintamos que esa sentencia es la perfecta justificación de nuestra nostalgia, de Los lemmings, y de toda la necesaria narrativa de este contundente escritor. Por José Carlos Yrigoyen.


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