El tango de la guardia vieja
Reseñas

El tango de la guardia vieja

Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) ■ Alfaguara (2012) ■ 504 páginas ■ 79 soles


Novela. Habilísimo para seducir lectores a lo largo de cientos de páginas y mantenerlos en vilo, el español Pérez-Reverte deja de lado espadachines y prensa y entrega una nueva novela, una grande por su volumen y ambición. Este tango abarca cuatro décadas y su letra trata de un amor tormentoso entre dos personajes de postín.

Max Costa y Mecha Insunza se conocerán a bordo de un crucero, bailando un tango sin música (una escena inolvidable), y desde entonces verán cómo se les mezcla y se les pasa la vida, cómo alcanzan el máximo apasionamiento –sexual, existencial, y la combinación de ambos– y el sucesivo declive de su romance, de sus biografías. Un poco a la manera de Travesuras de la niña mala, de MVLL, la novela está narrada en tiempos y espacios distintos que terminan tocándose, fundiéndose, y en algunos casos, confundiéndose: en el Buenos Aires de 1928 –con sus barrios y personajes pintorescos, su música, y la búsqueda de la quimera del tango perfecto, todo un poco de postal pero sin dejar de ser seductor: esta es acaso la parte más atractiva del libro–; en la Niza fascista; y en Sorrento, en los sesenta de la Guerra Fría, que en tiempos narrativos representa el presente. Al medio, la Guerra Civil española, juegos de espías previos a la Segunda Guerra Mundial, muchos robos, muertes y riñas, un campeonato de ajedrez por demás accidentado. La descripción eficiente de ambientes y personajes, otro sello del autor, regalan al lector escenas memorables. Es posible que le sobren algunas páginas, que la novela se esfuerce demasiado, que sea ripiosa, exagerada, rocambolesca. Es posible que no. Aquí hay mucha técnica y documentación, pero también emoción y pulso. Pérez-Reverte hace rato que merece ser llamado maestro.

En El tango de la guardia vieja los protagonistas son tres: Costa (bailarín mundano, rufián y, claro, encantador), Insunza (bella, inteligente, pero casada) y el tango (desde el afrancesado hasta el lascivo y arrabalero), que se canta, se baila, se lee en estas páginas. También hay ajedrez, por cierto, y con mucha buena mano. Por Fernando Ruiz-Nicodemus.


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