Diario de invierno
Reseñas

Diario de invierno

Paul Auster (New Jersey, 1947) ■ Anagrama (2012)  ■ 248 páginas  ■ 73 soles


Deconstruyendo a Paul Auster

Durante un buen tiempo pensé que entre Paul Auster y yo había una conexión mágica: hemos nacido el mismo año, hemos vivido en París en la misma época, hemos escrito poesía, novelas, y compartimos una mirada sobre el extraño devenir de las cosas, sumidas en la casualidad, en el azar, e incluso en el destino. Auster tuvo una experiencia que lo marcó de por vida cuando tenía 14 años: un rayo mató al compañero que se encontraba a solamente unos metros de él. Yo, una noche de euforia con los amigos, en las afueras de San Bartolo, me deslicé del techo de un Volkswagen y al caer rocé una piedra con la que pude matarme. Si el rayo le hubiese caído a Auster, en lugar de a su compañero de excursión, no hubiera escrito sus numerosos libros, y yo no lo hubiese conocido. Quizá, si hubiese muerto, yo hubiera ocupado su lugar. Y si yo me hubiese estrellado contra aquella piedra, él habría sido yo. El hijo muerto de Mallarmé es testigo.

Comparto también con Paul Auster una obsesión por el tema de la paternidad. Su primer libro narrativo (La invención de la soledad, de 1982) ensambla dos momentos existenciales: la primera parte reconstruye la imagen de su padre –un ser silencioso y apartado que se refugia en su casa después del divorcio– desde que el autor se entera de su muerte; en la segunda, Auster se convierte él mismo en padre y narra su relación con su hijo. Su último libro también es una memoria, un testimonio. Diario de invierno, escrito en segunda persona, se trata de un diálogo consigo mismo. Hay un dedo que guía su vida, su trayectoria tiene fechas, lugares, muchas casas, experiencias infantiles, abuelos, padres, amigos, sexo, deportes, poesía, amores, desamores, el paso del tiempo… momentos que solamente una memoria privilegiada puede reproducir con exactitud. Este es el diario de un hombre lúcido y vital que envejece sin mayor sufrimiento.

Auster es muy hábil para vincular sus experiencias personales en escenarios de la ficción. Sus lectores sabemos que es un habitante de Nueva York. Que vive desde hace años en Brooklyn donde se siente cómodo, pero en su literatura su ciudad se convierte en un lugar alucinante, incluso extraño. Nueva York, incluso, puede ser la ciudad devastada de El país de las últimas cosas, que anticipa un apocalipsis previo al 11S, una novela que vive muy cerca el fin del mundo. (Se trata de un libro hermano de La carretera, de Cormac McCarthy, donde un padre y su hijo deambulan hacia el mar una vez ocurrida la tragedia nuclear). En la Gran Manzana ocurren varias de sus historias. La trilogía de Nueva York, para empezar, donde el individuo y la masa se ajustan y se separan. Sus personajes, sobre todo en Fantasmas, se reducen al mínimo (Auster no solo tiene una estética minimalista, su visión del mundo es minimalista. Incluso su postura ética ante la vida lo es). Muchas de sus novelas destilan una desnudez por la cual el lector ingresa de puntillas a lo inverosímil, a lo cotidiano, a lo extraño y, sobre todo, al fascinante mundo del azar. Todo puede ocurrir. Nada es imposible. Hay, qué duda cabe, hilos misteriosos que guían nuestros pasos. Un hijo tropieza con su padre sin saber que se trata de su padre. Se acercan, se conocen solamente atraídos por fuerzas que los sobrepasan. Esa visión minimalista es también una versión de la soledad, pero sobre todo es una gran posibilidad de conocerse a profundidad.

En el caso de Fantasmas –quizá la más floja de la trilogía mencionada, pero muy interesante al funcionar como una poética o un testamento literario– el minimalismo roza con el absurdo por el mero hecho de escribir. Escribir es lo que define a Paul Auster. La escritura es su apoyo, su logística, su brújula para ubicarse y sostenerse en el mar convulso de la vida. La máquina de escribir es el objeto que lo define. Azul, el personaje, vigila a una persona que solamente se dedica a escribir en un cuarto vacío. Quien mira y quien es mirado se fusionan en el hecho (absurdo) de dedicarse a escribir. En La música del azar el absurdo constituye la metáfora principal: dos viejos ricachones secuestran a dos jóvenes que pretendieron robarles, y los obligan a levantar y destruir un muro hasta el infinito, como una forma de castigo. Los dos jóvenes llevan y traen piedras todos los días, tarea que también se llevaba a cabo en los campos de exterminio nazis. En la puerta de entrada de Auschwitz, por ejemplo, había un letrero irónico, perverso, sin sentido: «El trabajo os hará libres». Auster es de origen judío, y si bien este dato no significa mucho en sus libros, cierta mirada histórica le otorga un agrio sentido del humor.

El mundo literario de Auster se corresponde con la imagen posmoderna: un universo fragmentado que se recompone cada cierto tiempo. Varios de sus personajes se recrean, reciclan y reinventan con relativa frecuencia. En El libro de las ilusiones se llega al exceso. Un personaje cambia de vida con solo ponerse una gorra ajena. En ese instante la vida empieza de nuevo, sin ligazón con lo que fue antes. Si bien sus historias ocurren básicamente, como ya se ha dicho, en Nueva York, hay constantes viajes hacia el oeste. En algunos casos, son relatos de carretera. En otros, el espacio se amplía, la geografía varía y las historias recobran una inyección vital. Eso ocurre sobre todo en dos de sus novelas relativamente antiguas: Mr. Vértigo y Leviatán. Las dos son un remolino incesante de situaciones, los personajes viven en la vorágine, los sucesos empatan y se regeneran en otras historias de vida. En su libro Experimentos con la verdad, una recopilación de crónicas y entrevistas, narra la historia de Philippe Petit, un funámbulo francés que vive literalmente encima de una cuerda. La atracción al vacío de Petit es el imán que atrae a Paul Auster. Este fantástico ser tiene mucho de Mr. Vértigo: el vértigo y la atracción por la caída, la capacidad de andar por el aire y el talento de levitar. En Mr. Vértigo, una novela contada por el personaje central cuando ya es un anciano, recorre toda su vida, entre la realidad y la fantasía, como un heredero del realismo mágico: así como William Faulkner influyó en Gabriel García Márquez, el gran escritor colombiano influye en Auster.

Auster no es solamente un gringo. Es un latino. Un ciudadano de Nueva York nacido en Nueva Jersey. Es judío, de origen austriaco, que conoce el francés y masculla su castellano.

En sus novelas últimas  como Un hombre en las oscuridad, Sunset Park e Invisible, su universo se vuelve más íntimo, ocurren menos cosas espectaculares y el azar parece haber desaparecido. Podemos decir que ahonda su mirada, que la vuelve más reflexiva. La acción cede su lugar a una exposición de ideas. Quizá Un hombre en la oscuridad sea el anuncio de Diario de invierno. Es una novela breve, centrada en su entorno inmediato, en la de un sujeto que llega a la vejez, inmovilizado, y que durante las noches forja historias de ficción. En todo hombre hay más de un mundo. Hay varios. La vida se parece a una cebolla (al estilo Günter Grass) y dentro de cada historia hay otra, e incluso otra más: eso ocurre ya en La noche del oráculo, pero en Un hombre en la oscuridad los relatos suceden dentro de su cabeza.

Diario de invierno es clave en un gran ciclo novelístico y, repito, empata con su primer libro, La invención de la soledad. Son libros autobiográficos, que rinden culto a la memoria pues esta es, en el fondo, la madre del arte. Y en Diario de invierno retoma el arte de contar basándose en su prodigiosa memoria. Es increíble cómo el autor real retiene cada una de las casas, pisos y cuartos donde ha vivido en diversas ciudades del mundo. Son numerosas, se los aseguro. En cada una de esas viviendas le ha ocurrido algo crucial que asume como una revelación. Se trata de un estupendo libro.

No puedo dejar de escribir unas líneas sobre su novela Tombuctú, cuyo personaje central es un perro. Un perro parecido al escarabajo de Kafka, que siente y piensa, pero no habla; un perro que tuvo un dueño y se transformó, después de su muerte, en uno callejero que decide morir con dignidad cuando se hace viejo: cruzando una autopista, esquivando los vehículos que se desplazan a toda velocidad, intentando llegar a la otra vera, sabiendo que su destino es ser atropellado por un bólido que,  muy probablemente, ni siquiera se percate de su cuerpo despedazado. Por Abelardo Sánchez León

Abelardo Sánchez León (Lima, 1947) es sociólogo, catedrático, poeta y narrador. Dirige la revista Quehacer. Ha publicado diez poemarios (como Buen lugar para morir, Oh túnel de La Herradura y El mundo en una gota de rocío; y cuatro novelas antes de la muy reciente Resplandor de noviembre.

Recomendados:
El pequeño salvaje (T. C. Boyle)
Pista de despegue  (Paul Auster)
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