Baila Baila Baila
Reseñas

Baila, baila, baila

Haruki Murakami (Kioto, 1949) ■ Tusquets (2012) ■ 464 páginas ■ 79 soles


Murakami blues

Novela. Un gato, libros y música. Un niño sin hermanos, ensimismado en sus propias cavilaciones, suele encontrar refugio en un gato, en los libros y en la música. No es un niño cualquiera (¿alguno lo es?). Medio siglo después, mientras reciba el Premio Internacional de Catalunya de 2011, Haruki Murakami, el celebrado escritor japonés, compartirá con una audiencia encandilada los aspectos que marcaron su niñez. Y no fue una evocación fatua. Todo lo contrario. Basta repasar mentalmente la obra narrativa de Murakami para identificar aquellos elementos recurrentes en novelas como Tokio blues, Crónica del pájaro que da vuelta al mundo o Kafka en la otra orilla: entre otras, por supuesto, la presencia de gatos, además de las referencias librescas y musicales.

Baila, baila, baila no escapa al patrón murakamiano. La novela, escrita después de Tokio blues pero recién publicada en español, nos cuenta la historia particular de un redactor freelance de 34 años, quien se gana la vida escribiendo para diversas revistas y con gran prolijidad sobre temas que, al parecer, casi nadie quiere tratar. Por ejemplo, viajar a un pueblito y escribir un artículo sobre sus restaurantes. Es, pues, un «quitanieves cultural», como él mismo se define.

Este personaje, un hombre solitario, inexpresivo, incluso melancólico (como muchos de los personajes delineados por el autor) no recibe un nombre en la novela. Ha sido abandonado por su esposa, que se ha marchado con otro tipo, e intenta recomponerse, orientarse y hallar nuevamente el rumbo. Y esa búsqueda por reencontrarse consigo lo llevará a retornar al hotel Delfín, en Sapporo, donde conoció alguna vez a una prostituta llamada Kiki y que para él resultará una pieza clave.

Se llevará, sin embargo, una primera sorpresa: si bien el hotel aún conserva el nombre, no parece quedar el menor rastro de la antigua edificación. Esta ha sido destruida y en su lugar se erige ahora un lujoso y moderno hotel. Allí trabaja Yumiyoshi, una bella y miope joven con la que parece establecer cierta conexión. Ella le confesará su experiencia sobrenatural en el  décimo sexto piso de aquel nuevo edificio; cierta noche, el protagonista vivirá una situación similar en el mismo lugar. Allí se encontrará con un personaje misterioso al que llamará el «hombre carnero». La presencia de personajes fantásticos y situaciones que trascienden el plano de lo que conocemos como real es otro signo recurrente en varios libros de Murakami. Quizá este rasgo tenga su origen en la cosmovisión japonesa, en donde este tipo de reminiscencias no resulta extraordinario.

Otro personaje clave es Gotanda, un antiguo compañero de escuela del protagonista que ahora es un apuesto actor de cine y de comerciales de televisión. En ese mismo hotel, nuestro protagonista anónimo conocerá también a Yuki, una médium de trece años, hija de padres famosos (un escritor y una fotógrafa). Congeniarán de maravilla, entre otras razones por la afición de ambos por la música. Aquí aparecen referencias a grupos como Talking Heads, The Rolling Stones, Starship, y solistas como David Bowie, Iggy Pop y Phil Collins, entre otros. Como ya he dicho, para Haruki Murakami –melómano conocido y ex gerente de su propio club de jazz– la música es importante porque logra que sus novelas suenen. Y esta, particularmente.

Baila, baila, baila es un viaje físico pero también una búsqueda interior. Varias muertes suceden alrededor del protagonista; y, al igual que él, el lector estará a la expectativa de saber quién será el siguiente en abandonar las páginas. Murakami es muy hábil para articular sus tramas. Quizá sea esa una de las razones de su enorme éxito. La otra, claro, son sus personajes, tan entrañables. No por nada Rodrigo Fresán dijo una vez que más que lectores, Murakami tenía fans.

Baila, baila, baila –publicada originalmente en 1988– forma parte de una saga que el propio autor ha llamado «Trilogía del nerd solitario» y que se complementa con La caza del carnero salvaje (1982) y El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas (1985).  Hace unos meses, durante los días previos a la elección del Premio Nobel de Literatura 2012, Haruki Murakami lideraba la lista de favoritos. Para algunos, su designación hubiese sido un grueso error de la academia sueca. Para algunos, entre ellos Mario Vargas Llosa, la obra literaria de este autor japonés es «ligera». Quizá les asista la razón en muchas de sus reticencias; pero lo que resulta innegable es que, a pesar de cierta irregularidad, se trata de un escritor con probado talento para construir personajes y escenas que trascienden las páginas de sus libros. Y eso es lo que le agradecen sus lectores. Y sus fans, claro. Por Carlos Sotomayor


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