Arrecife
Reseñas

Arrecife

Juan Villoro (Ciudad de México, 1956) ■ Anagrama (2012) ■ 280 páginas


El álgebra de la necesidad

Novela. Lo sabríamos desde Burroughs si no fuese porque antes estuvo Artaud, México y el peyote: la lógica de la adicción –esa terrible álgebra de la necesidad– esconde poéticas detrás de su sucesión de presentes insatisfechos. Sumergirse dentro de ella, explorarla desde su paradójica causalidad, es tal vez el primero de los muchos logros de Arrecife, la nueva novela del multifacético escritor mexicano Juan Villoro. Autor de esa monumental indagación de la memoria histórica del pueblo mexicano, El testigo, Villoro nos presenta, esta vez, un ejercicio inverso: el acercamiento a la mente de un amnésico. Guiados por la voz narrativa de un rockero retirado a quien las drogas le dañaron la memoria, Villoro nos sumerge en el universo narrativo de La pirámide, un resort donde la cotidianidad se suspende a favor del placer. Con su aguda prosa de cronista, alfiler sobre cuya punta conviven el humor y la melancolía, el autor nos regala una novela detectivesca sobre un hombre, Mario Müller, «Der Meister», y su delirante fantasía: un espacio turístico donde el ocio ha sido reemplazado por «una ecología del pavor». El placer de los miedos controlados: guerrillas y arañas, prácticas sexuales y violencia. Arrecife constituye así una pieza esencial dentro de la obra de un intelectual que ha dedicado su carrera a explorar el nudo de lógicas narrativas que constituyen el México contemporáneo. Villoro, siempre atento a las paradojas de la esfera social, ha comprendido que nuestra contemporaneidad, ese presente cuya imagen vemos día a día en nuestros televisores, transcurre como un eterno estado de excepción. Así, figurado por La pirámide, México se convierte en su reverso sádico: un espacio donde el espectáculo de la violencia es la extraña ley de un delirio histórico. El álgebra de la necesidad conoce, sin embargo, sus transgresiones. Es así que el equilibrio ocioso entre el placer y el miedo se ve rápidamente interrumpido por una muerte: la del buzo Ginger Oldenville. Y en adelante, la novela se dispara como una incesante elaboración de la doble cara de las fantasías modernas: aquellas en donde la utopía hedonista convive con las pesadillas del narco. Trazada sobre una cartografía que transita desde Andy Warhol hasta los yakuzas japoneses, de The Velvet Underground al mítico Kukulcán, la novela esboza la complejidad de ese horizonte de eventualidad que es el narcotráfico. Arrecife constituye así un comentario social y una apuesta poética. Y es que Villoro ha comprendido que la subterránea lógica del narcotráfico y sus derivados, tan o más compleja que las sísmicas curvas de la bolsa de valores, imita los efectos de aquello que Ricardo Piglia llamó «la ficción paranoica». Paranoica, múltiple, tierna y explosiva, Arrecife termina siendo eso y algo más sencillo, no menos impactante: una historia sobre la lógica del sacrificio que une a quienes han aprendido a vivir con las cifras de una violencia que no se preocupa por el recuerdo. Parafraseando a Tolstói: los placeres y los miedos de las familias felices. Por Carlos Fonseca Suárez


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