Islotes
Ficción

Islotes

Por Enrique Prochazka


Niño Lobo
Yo era un alien. Y no solo no quería, sino que además ni siquiera sabía serlo: era algo, una cosa, un ser que no podría sobrevivir solo, en esta atmósfera, en estas condiciones radiactivas. No lo sé. Tengo la certeza de que no lo quería. Sé que lo rechazaba tanto y con tanta frecuencia que aprendí a no quererlo, a esforzarme por matarlo. Durante años. Décadas, de hecho. Y parece que ese maltrato terminó por hacer efecto. Supongo que así fue, porque ya no siento aquello que sentía: esa profusión, esa ebullición, ese sentirse perdido en un bosque impenetrable hecho de árboles y ramas y briznas y copas y raíces y frondas mentales que yo había dispuesto allí, cuidadosamente, una por una.

Eso todavía me asombra: que mi bosque, mi trampa, mi enredo estaba hecho de pensamientos intencionales. Ya no lo siento. Han pasado los años y el desgaste ha resultado en que ahora pensar es como caminar en un páramo. De vez en cuando tropiezo con una zarza, un arbusto grande. Me entretengo metiéndome dentro, jugando un rato a que todavía puedo atender un tema complejo. Eso es todo lo que logro: atenderlo sin entenderlo. Pronto un viento suave me hace derivar y me lleva lejos, de vuelta al erial, sin esfuerzo.

Ahora miro la nada presente y futura y me pregunto si acaso antes no estaba mejor. Apenas si lo recuerdo… pero sé que en un rato no necesitaré responder esa pregunta, pues también la habré olvidado.

Gente como huno

Como una pleura reventada, y como un lazo de regalo prieto alrededor del cuello de un amigo, de modo que no se sabe si al amigo te lo regalan o es chivo o se está ahorcando. Como un viaje interestelar que uno hizo de niño y ya no recuerda bien las escenas meteóricas, el tiovivo newtoniano de las órbitas, el lento incendio de la galaxia. Como unos hongos que prosperan tras una lluvia durante la que, sin duda, algún conocido tuyo ha muerto. Como una caja de cereales que mi mamá viene guardando desde 1966 para que no se estropee. Como un retrato de mi abuelo que uno encuentra en la web, un cuadro que cuelga en la pared en el retrato del abuelo de otra persona. Como cien minutos brillantes corriendo al sol con un hijo de catorce años. Como caminar hacia Le Croissant a solas, otra vez a solas, también ahora a solas, riendo de viejos chistes. Como la honesta perspectiva peruana de saber que, antes de las matanzas Chavín, tuvimos las matanzas Caral. Como suponer que algo interesante habrá, después de todo, en ese lago que nos sonríe bajo el hielo antártico, algo que –por fin– haga irrelevante el amor, los retratos o, si cabe, el sistema educativo.

Alamut

Caminaba por la calle y leí, escondida y dispersa entre las sílabas de algún cartel publicitario, el nombre de una antigua montaña, el nombre de de la fortaleza que dio origen a la leyenda de los Asesinos. Supe lo que haría a continuación. Escribiría un cuento con esa palabra y esa leyenda. Un cuento breve que se llamaría «Alamut»; en él, personajes jóvenes y confundidos serían seducidos al camino del mal por un viejo que –desde un lugar elevado, un edificio abandonado, una roca, un penthouse– premia sus crímenes con droga y con la promesa de una redención por vías del asesinato.

Pero antes de empezar siquiera a escribirlo noté que ya lo había escrito: el relato se llamaba «Cáucaso» y la premisa (esconder una antigua leyenda en las formas contemporáneas) era la misma: es más, la montaña era también la misma. Supe lo que haría a continuación. Escribiría un cuento acerca de ese cuento que no podía ser escrito sin repetirse, sin calcarse a sí mismo. En él, un autor joven y confundido sería atraído al camino del plagio por un viejo maestro que –desde un lugar elevado, un edificio abandonado, una roca, un penthouse– premia sus esfuerzos con droga y con la promesa de una publicación en España.

Pero antes de empezar siquiera a escribirlo noté que acabo de terminarlo.

Hallazgo del ave

Mi padre recuesta gallinas. Es un arte extraño, difícil y poco comprendido, cuyo desarrollo le ha tomado décadas de inspiración, perspicacia y capacidad de enmienda. Alguna vez ha intentado formar discípulos: ninguno ha tenido la paciencia o la amplitud de visión requeridas. Para muchos, para la mayoría, la posición sentada de las gallinas es la contraparte, natural y suficiente, de su pose erecta. El hecho sorprendente de que la naturaleza permita –pero de suyo no provea– otras poses, como las de una gallina echada bocarriba, los deja fríos, indiferentes.
No a mi padre. Mi padre decidió suplir esa falta, aprender a recostar de espaldas a las gallinas. Renunciar a preguntarse por los fines de esta pericia es hacerse sospechoso de nihilismo; emprender la inquisición es postular la picota para cualquier tipo de arte, no solo las más llevadas por el zen. Recostar gallinas, como forrar navíos o adornar cataratas o administrar la extremaunción, son actos equivalentes en el dislate, faenas que ni siquiera requieren la justificación por la belleza: les resulta suficiente la espontaneidad del acto simple e innecesario.

Una gallina no se recuesta de espaldas probablemente porque, en primer lugar, no lo necesita. Pero de inmediato se suscita la cuestión de que la posición decúbito dorsal es directa o indirectamente riesgosa para el ave más numerosa del planeta. Indirectamente, la priva de la ventaja de la altura y la facilidad de cambiar de lugar rápido, cuestiones fundamentales ambas para disputarle su alimento al suelo o a otras aves. De modo más directo, para casi todos los animales –salvo, hasta donde sé, para las tamandúas– estar tirado panza arriba es una invitación para los predadores. De modo que a la gallina no sólo no se le ocurre recostarse, sino que cuando se ve recostada se turba, se azora, se conmueve y toda ella se descompone.

Durante semanas enteras mi padre enfrentó sin atisbo de solución ese molesto problema: que una gallina, al sospechar el cielo bajo su pico y barruntar su posición echada, se subleva, se revuelca y endereza en un aleteo indignado, se alisa las plumas y se marcha convencida de que merece mejores intercambios. De nada valían su paciencia o su violencia; día tras día eran inútiles tanto los susurros como algunos artefactos que dio en inventar: diminutas antiparras, un pequeño arnés, cierto juego de espejos. Hasta que un día, mientras sostenía una gallina sentada en su ancha mano mientras que con la otra acomodaba unos trapos intentando lograr una oquedad confortable –bajo la hipótesis, hoy descartada, de que la comodidad del lecho era la clave para la tranquilidad del pájaro–, vio que en su distracción había virado lentamente la mano que sostenía la gallina, al punto de estarla sosteniendo casi de espaldas en el aire. Y que mientras lo hacía, la gallina (también con la vista fija en los trapos) había girado el cuello de tal manera que la cabeza mantenía su posición normalmente erecta. Y que estaba perfectamente tranquila. Eureka –el diseño experimental de la solución tomó un momento; su realización en el laboratorio, un par de horas; su réplica en condiciones experimentales controladas, y gallinas diferentes, un día completo de 1947.

Revelo aquí el misterio. Se trata de voltear la gallina muy lentamente en el aire, en no menos de diez minutos, hablándole de cualquier cosa para distraerla (también funciona mostrarle algo interesante, pero no su comida). Así, mientras sigue mirando el mundo confiablemente al derecho, la gallina virada se deposita en el suelo, y con la mayor pausa y cuidado –al paso que crece la hierba, dice mi padre– se retiran las manos. Sutil como las nubes y silencioso como las sombras, tras un ejercicio de cuatro décadas expertas mi padre ha logrado el récord de mantener recostadas al mismo tiempo ocho gallinas dispuestas como los pétalos de un crisantemo. (No es grave. No se ha lastimado textura ontológica alguna, no se ha vilipendiado el universo, ni mucho menos se ha maltratado a alguno de los bichos. Basta un aplauso para que tras un instante de confundida alharaca vuelvan a estar en pie y picoteando, ignorantes de que acaban de ser arte, o más; de ser, conjuntamente, Nada.)

Ahora que lo pienso, el arte de recostar gallinas ha sido una de las grandes herencias de vida que he recibido: me ha guiado entre las dudas y sinsabores de mis tareas de funcionario público, de padre de familia y de escritor de relatos fantásticos. Ahora que lo pienso, se me pone la piel de gallina.

Desdén

Hace muchos, muchísimos años, narré la visita que en 1974 me hizo el Samkhari. Repito lo fundamental aquí, de memoria, pues he perdido aquel papelito. Cuando lo encontré, el Samkhari era o parecía ser un cilindro de bronce, un poco más corto y grueso que un cigarrillo. En su superficie (pero no en las caras de los extremos) había grabados unos bajorrelieves que estaban a mitad de camino entre unos Ogham, el trazo de un escarabajo xilófago y un circuito integrado. Hacia 1978 un sabio me dijo que eran letras, y entonces supe su nombre. Pesaba muchísimo, sobre todo cuando se orientaba en dirección al sol. Según pasaron los meses sucesivos noté que se iba haciendo más grande. Lo medí: era cierto; el crecimiento era geométrico en relación al volumen. Lo pesé: el peso no aumentaba, ahora pesaba como un cilindro de bronce que se ya adivinaba hueco. De nada me valdría intentar recordar cada una de las peripecias de aquella historia. La cosa es que el Samkhari, proviniendo de lo muy pequeño y en viaje hacia lo muy grande, pasó a través de nuestro tamaño: desdeñosamente, sin fijarse, sin esperar que termináramos de aprehenderlo. Antes de que se hiciera inmanejable lo llevé al centro de mi desierto local preferido y me quedé a verlo crecer, a hacerse inmaterial y traslúcido y enorme hasta que empezó a flotar en el aire y a marcharse, todavía aumentando, hacia la talla galáctica. Cuento con que a su paso no avergüence a los planetas ni haga daño a nadie.

Cuando narré este encuentro en la vieja cafetería de artes de la PUCP, mi matemático de confianza levantó la vista de su Finnegans Wake y dijo que era lo mismo que atravesar una tela elástica con un lapicero gordo. Desde el punto de vista de la tela, bostezó, el lapicero es solo un agujero chiquito, luego grande, luego otra vez chiquito. Y luego siguió con su lectura inútil, tratando de ser él un agujero a través de la indiferencia del laberinto de Joyce.

El desdén trotamundos del Samkhari marcó profundamente mi adolescencia. Me recordaba el de aquellos perros sesudos que marchan por las calles a paso fijo, sin husmear ni detenerse, sabiendo perfectamente a dónde van y qué harán allí: canes con una misión. Desde el Samkhari, todos los objetos, cuentos, autores, carpinteros, jarrones, personajes, lapiceros, telas elásticas y matemáticos joyceanos me parecen lentos samkharis con una misión que no nos comentan y que, a decir verdad, no nos interesa. Porque probablemente es una vaina.

Descubrimiento

Acabo de entender lo que pasa con mi vida. Cada mañana despierto en otro año y en otro sitio. Todos los días: desde siempre.

A veces me despierto y tengo que ir al colegio y no encuentro mis cuadernos ni mi libro de biología ni mi maletín de lino porque anoche yo era un importante funcionario en el Ministerio y tenía que revisar unos presupuestos y me acosté tarde y estaba muy cansado y no sé dónde dejé todo.
Despierto acostado con B cuando anoche estaba enamoradísimo de A. Al día siguiente B no existe aún, pero A ya me detesta. Es confuso: sé que algunas veces he intentado comprobar estos sentimientos por teléfono y he obtenido por respuesta a veces reencuentros, más frecuentemente grandes imprecaciones… y a veces más grandes reencuentros que no ayudan a entender lo que verdaderamente está pasando, y que ahora, finalmente, he descubierto.

A veces despierto siendo un viejo y no me acuerdo de nada y es porque el día anterior era un niño que lo sabía todo. A veces despierto singularmente sobrio después de una borrachera con la que me aturdí veinte años atrás. A veces me acuesto adolescente y rabioso y amanezco consultor que debe ir a la oficina, y entonces el documento del proyecto que tengo que redactar esa mañana se va al cuerno y escribo un poema cosmogónico apto para 1976. A veces despierto colgado de una pared a doscientos metros del suelo cuando anoche era un señor cargado de hijos que hace muchos años que no entrena, y no tienen idea de lo que hay que hacer entonces para salir con vida de eso.

Esto ha sido muy confuso, hasta que en algún momento –como estrategia de supervivencia, supongo– aprendí a actuar como que todo es muy normal y a poner cara de que las cosas en verdad no son de esa manera, sino que mis días van en el orden que sugieren los almanaques. Recién ahora me he dado cuenta de la verdad: que vivo a saltos, a ciegas en un calendario agujereado.

MICROFILMS

Corín Tellado
Y cuando ella despertó, el hermoso hombre todavía estaba allí.

Ginev’re
Y cuando despertó, la agria espada seguía clavada en la roca.

Misti
Y cuando despertó, los arequipeños continuaron defendiéndolo. Ardorosamente.

Coleridge, Welles, Li Po et al
Y cuando despertó, la flor amarilla se había convertido en mariposa; la mariposa amarilla, en flor; la flor, en hombre amarillo.

Licofrón
Y cuando Casandra –ya sin voz– cayó de rodillas, el caballo enorme seguía estando allí.

La otra isla
Y cuando despertó, vio –en la arena y sobre su pecho– infinidad de pequeñas huellitas humanas.

1616
Tras la celebración, Bellarmino despertó tambaleante, murmurando «Eppur si muove».

Androcles
Y cuando el dinosaurio despertó, el hombre todavía estaba allí, espina en mano.

Zoofilia
Y cuando despertó, agotadísima, el dinosaurio todavía estaba allí.

Final
Monterroso sigue aquí. Es una persistente pesadilla.

Enrique Prochazka (Lima, 1960) es filósofo, montañista, gestor de políticas educativas y autor de los libros de cuentos Un único desierto y Cuarenta sílabas, catorce palabras, y de la novela Casa.

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