Poesía

Estamos en problemas, y la pasamos bien

La asombrosa poesía de James Tate

Por Diego Otero


Imaginemos esta escena: un grupo de sujetos con impecables batas blancas se asegura de que el simio esté bien amarrado a un sillón especial. Luego le atan delicadamente un lápiz en la muñeca, de modo que el animal eventualmente puede empuñarlo con comodidad. Entonces un doctor (¿?) se acerca a su oído y le susurra: «Te ves como un dios sentado ahí, / ¿por qué no intentas escribir algo?». Los poemas de James Tate (Kansas, 1943) suelen operar de ese modo: plantean una situación escénica que yuxtapone las nociones de drama y comedia, y se resuelven a través de un hilo narrativo que transita de la cotidianeidad más insulsa al absurdo o lo fantástico, o viceversa. El resultado es habitualmente inquietante.
Tate es un hombre de gesto afable, que vive en el pueblo de Amherst (Massachusetts) y se gana la vida como profesor universitario. Ha publicado más de veinte libros, y ha construido una obra extraña, mordaz y tierna; una obra excéntrica incluso para cierta tradición americana que suele conjugar las virtudes de una vocación experimental con una férrea voluntad de comunicación. Como ocurre explícitamente en el texto citado en el párrafo anterior –«Teaching The Ape To Write Poems»– sus poemas son pruebas de laboratorio: Tate coloca a un personaje-narrador en una situación insólita, y descubre línea a línea lo que le ocurre, hasta el desenlace. El telón de fondo es siempre el clima ordinario de la vida de pueblo.
Algunos críticos lo han emparentado con el surrealismo, pero Tate no es un poeta surrealista. Como otros autores estadounidenses –Billy Collins es el ejemplo evidente, pero no el único–, está preocupado por las dinámicas del entretenimiento. Inscritos en lo que podríamos llamar a grandes rasgos una «puesta en escena», los libros de Tate son accesibles y dotados de un poderoso humor oscuro. John Ashbery, el gran poeta de la posmodernidad neoyorquina, ha sido enfático a la hora de calificar su trabajo: «James Tate nunca deja de asombrar, consternar, encantar, confundir, cosquillear, y a menudo mejorar la calidad de nuestras vidas». Se trata de una obra con pocos precedentes: una poesía sostenida en personajes que deambulan confundidos bajo la luz del sol; una poesía en la que puede ocurrir cualquier cosa.
James Tate recibió el premio Pulitzer en 1992 gracias a su Selected poems. Dos años después se le otorgaría el National Book Award por Worshipful company of fletchers. Desde entonces no ha dejado de recibir reconocimientos por una obra que se expande en diversas direcciones y que nunca deja de reinventarse. Lamentablemente, la poesía es un género de digestión lenta –habitualmente ajeno a las urgencias del mercado– y muchos de los grandes poetas contemporáneos no han sido aún traducidos a nuestro idioma. Es el caso de Tate, quien este 2012 publicó The eternal ones of the dream, una selección de poemas de su última etapa, con algunos textos inéditos.
The ghost soldiers (2008), el libro del que han sido extraídos los tres poemas que aquí traducimos y presentamos, es quizá el más extremo de sus trabajos. Tate escribe en el límite de la narratividad, el humor y lo antipoético, y sale más que airoso. Estos poemas prosaicos y dialógicos, de tono aparentemente plano y lenguaje trivial, son pequeños dispositivos que capturan algo esencial de nuestro tiempo: una vaga pero permanente sensación de inseguridad y confusión, la idea de que el significado real de las cosas es esquivo, y la inquietante certeza de que las personas que componen la escenografía de nuestra cotidianeidad pueden ser, en realidad, un puñado de perfectos desconocidos.


CONVERSACIÓN DESESPERADA
Le pregunté a Jasper si tenía alguna posición acerca de la revolución que se avecina.
“No sabía que hubiera una revolución avecinándose”, dijo él. “Bueno, la gente está bastante disgustada. Podría
haberla”, le dije. “Me gustaría que simplemente no inventaras cosas. Siempre tratas de tomarme el pelo”, dijo él.
“Hay soldados en todas partes. Es difícil decir de lado de quién están”, dije. “Están en contra de nosotros. Todo el
mundo está en contra de nosotros. ¿No es eso lo que crees?”, dijo él.
“No todo el mundo. Hay algunos rezagados que se han perdido y que todavía creen en alguna cosa u otra”, dije.
“Bueno, eso me da esperanza”, dijo él. “Nunca abandones la fe”, le dije. “¿Quién dijo que alguna vez tuve alguna?”,
dijo él. “Qué vergüenza, Jasper. Es importante creer en la causa”, dije. “¿La causa por la que pretendes llevarnos a
todos hacia el fondo de un hoyo?”, dijo.  “No, la causa de la gente que se une para luchar por sus derechos, libertad
y todo lo demás”, dije. “Bueno, eso lo perdimos hace tiempo. No tenemos derechos”, dijo. Los siguientes minutos
nos quedamos en silencio.  Yo me distraje mirando por la ventana a un conejo en el jardín. “Estaba diciéndote todas
esas cosas para entretenerte”, le dije, finalmente. “Yo también”, dijo él. “¿Crees en Dios?”, le pregunté. “Dios está
en prisión”, me dijo. “¿Qué hizo?”, dije. “Todo”, dijo él.

GRILLO GRILLO

Cuando paso a solas una noche de verano, y
hay un grillo en la casa, siempre imagino
que las cosas podrían ir peor. De repente está lloviendo,
y luego la casa es remecida por truenos y
relámpagos. Se corta la luz, y debo buscar una vela
a tientas, en la oscuridad. Finalmente
encuentro la vela, ¿pero dónde están los fósforos?
Siempre los guardo en ese cajón. Golpeo y tumbo
un jarrón, que no se rompe. Asustado de
lo que pudiese romper, regreso a mi silla y me siento
en la oscuridad. Los rayos encienden
la casa una y otra vez. Entonces recuerdo al grillo,
y trato de escuchar su canto. Pronto, la tormenta
termina, y vuelve la luz. Un inquietante
silencio natural invade mi hogar. Me preocupa
que el grillo haya sido golpeado por uno de sus
propios relámpagos.

ABDUCIDA

Mavis aseguraba haber sido abducida por extraterrestres. Quizá lo había sido, no lo sé. Decía que tuvieron relaciones
sexuales con ella, pero que era diferente. Colocaron un dedo en el centro de su frente y emitieron una especie de zumbido.
Ella dijo que le pareció mejor que el otro tipo de relaciones sexuales. Le pregunté si podía probar y dijo que no. Poco
tiempo después Mavis desapareció para siempre. No le dijo adiós a nadie, y nadie supo adónde fue. Yo empecé a soñar
con ella. Frecuentemente se trataba de sueños perturbadores. Aquellos que involucraban extraterrestres, sin embargo, eran
bastante agradables. Pienso que quizá deseaba ser abducido. Obviamente no le confesé esto a nadie. No digo que le creyera
a Mavis, pero sí creo que ella experimentó lo que dijo haber experimentado. Las personas ven cosas que no están ahí todo
el tiempo. Algunas de estas personas están locas y otras no. Mavis no estaba loca. Ella no era mi amante, pero fuimos
buenos amigos y la eché de menos. Y la vida continuó. Me tomé un par de cervezas con Jared una o dos veces por semana.
Ocasionalmente fui  con Trisha a comer o al cine. Una vez toqué la puerta del antiguo departamento de Mavis y me
respondió alguien que no hablaba inglés. Luego leí en el periódico un artículo sobre una mujer que había sido encontrada
en el fondo de un lago. La policía no pudo identificarla. Fui a la morgue inmediatamente. “Me gustaría ver el cuerpo
de la mujer que se ahogó en el lago”, dije. “Lo siento. Eso es imposible”, dijo el hombre. “Pero puede que ella sea una
amiga mía”, dije. “La policía me ha dado instrucciones estrictas. Nadie puede verla”, dijo. “Pero posiblemente yo podría
identificarla”, dije. “Créame, nadie podría identificar lo que tenemos aquí”, dijo. Me fui y volví a casa. Jared regresó
esa noche. Le dije que me preocupaba el hecho de que la mujer de la morgue pudiera ser Mavis. Él dijo: “¿quién es
Mavis? Yo le dije: “Tú sabes muy bien quién es Mavis. Saliste con ella varias veces. Pienso incluso que quizá estabas
enamorándote, pero ella se deshizo de ti”. “No conozco a ninguna Mavis, y ciertamente nunca salí con ella. Mi memoria
no es tan mala”, dijo. “Una noche los vi juntos en Donatello’s”, le dije. “Nunca he ido a Donatello’s”, dijo él. “Jared, ¿por
qué haces esto?”, dije. “Solo te digo la verdad. Nunca en mi vida conocí a una mujer llamada Mavis”, dijo. Más tarde,
después de que Jared se fue, empecé a pensar en el asunto. Ya ni siquiera podía recordar la cara de Mavis. Era triste. Ella
estaba siendo borrada. Yo quería poner mi dedo sobre su frente, pero no había nada allí.

Diego Otero (Lima, 1973) es autor de los poemarios Cinema fulgor, Temporal y Nocturama. Es también editor, periodista cultural y profesor universitario.

James Tate (Kansas, 1943) es uno de los más destacados poetas estadounidenses de hoy, ganador de premios como el Pulitzer y el National Book Award. Ha publicado, entre otros, Absences, Distance from loved ones, ghost soldiers y The eternal ones of the dream. Selected poems 1990-2010.


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