cossery

Mezcla de dandi con revolucionario, y monje y sátiro, la leyenda del novelista Albert Cossery afirma que escribía tan solo dos frases por semana: lo hacía sin prisa. El colombiano Solano revive –por lo que duren estas líneas– a su colega egipcio

Por Andrés Felipe Solano


Qué descortesía tratar al escritor egipcio Albert Cossery de «príncipe de la pereza». Al morir lo nombraron con semejante título quizá porque firmó ocho novelas cortas en 94 años de trayectoria en lugar de parir una biblia cada seis meses. Cossery las escribió a mano, que no es precisamente cosa de flojos. Trabajó frase por frase a golpe de herrero, y a muchas las abrillantó con un insulto afectado y sonoro («mezquino», «abyecto», «bellaco», «tunante»), aunque no desdeñaba el contundente y siempre a la mano «hijo de la gran puta». Como él, solo Louis-Ferdinand Céline para echar fuego por la boca.

Están muy equivocados si escogieron ese falso título nobiliario porque nunca trabajó en su vida; porque vivió en un hotel parisino desde 1951 hasta 2008 con apenas un refrigerador; porque no creía en ser dueño de algo, ni siquiera de su propia alma, menos de un auto o un hijo. Eso sí, tenía muchos trajes y zapatos porque se necesitan buenos trajes y mejores zapatos para conquistar mujeres. La leyenda dice que se acostó con dos mil y, si nos atenemos a todo el tiempo y el trabajo que cuesta seducir a una mujer, pues lo último que se puede decir de Cossery es que fuera un perezoso. Creía en el ocio, que es algo totalmente diferente. Dice Medhat, uno de los personajes de Una conspiración de saltimbanquis: «Ganarse la vida es lo único que le preocupa y lo único que le enseñan desde niño. (El hombre) solo trata de ser más astuto y canalla que los demás. Durante toda su existencia pone su talento al servicio de conseguir alimentos y, una vez saciado, a ponerse él mismo al servicio de una sórdida ambición. Así pues, ¿cuándo puede tener solaz para elevar su espíritu? La menor reflexión en este sentido le es reprochada como un delito, sancionada al punto con el hambre y la reprobación pública. Además, me atrevo a afirmar que solo los hombres que han disfrutado del ocio pueden acceder a una forma de pensamiento realmente civilizado». Ningún holgazán, lo que Cossery propone es una moral muy cercana a la expuesta por el monje español Miguel de Molinos, divino fundador del quietismo.

En 1675 Molinos publicó la Guía espiritual en Roma. La obra le dio fama de teólogo. Se le reconoció como un gran asceta y tuvo fieles poderosos, pero diez años después fue apresado por orden de un tribunal de la Santa Inquisición. Lo obligaron a declararse culpable de inmoralidad y heterodoxia. Fue torturado y condenado a reclusión perpetua. Su antiguo amigo, el papa Inocencio XI, ratificó la sentencia únicamente porque aquel hombre se arriesgó a predicar la quietud, la simple y llana espera en silencio para conocer a Dios. La nulidad, la muerte mística, la suspensión de la palabra hasta alcanzar la aniquilación del pensamiento eran sus preceptos. Cossery no llegó a tanto pero estuvo muy cerca cada vez que se sentaba por horas en el lobby del hotel La Louisiane a ver pasar la gente por el inmenso ventanal que da a la Rue du Seine.

En 1945 apareció un egipcio de mediana edad por el barrio de Saint Germain De-Prés. En 1951, después de dormir por temporadas en decenas de camas ajenas, Albert Cossery, nacido en El Cairo y emigrado a Francia a los 17 años, finalmente escogió un lugar fijo para residir. Se mudó a un hotel de dos estrellas, un sitio ya por entonces antiguo pero con una fama bien ganada. La Louisiane era la guarida secreta de artistas, músicos y escritores como él. Para ese entonces había publicado dos novelas. El número 60 de la Rue du Seine hizo feliz con poco dinero a Miles Davis y a Chet Baker, a Albert Camus y a Simone de Beauvoir. Keith Haring y Nam June Paik pasaron por este hotel con un ascensor tan pequeño como un ataúd. En el segundo piso vivió Jean Paul Sartre. Por sus escaleras en forma de caracol se paseó el crítico literario Cyril Connolly con un lémur al que alimentaba con trozos de hígado. Se dice incluso que Quentin Tarantino, huésped habitual de La Louisiane, se inspiró en los angostos corredores y las alfombras vino tinto y crema de este hotel para iluminar un par de escenas de Pulp Fiction. Pero de todos los que han pasado por aquí, es sin duda Albert Cossery el que ha estado más próximo al modesto hotel abierto en 1823 por un oficial de Napoleón que se hizo rico comerciando con pieles de animales en La Luisana.

–Primero vivió en la habitación 58. Después se pasó a la 78. Ahí estuvo hasta el día de su muerte –dice Monica, la recepcionista, una francesa alta de cincuenta o más años que seguramente fue blanco de sus lances–. Lo veía a diario bajar a las doce, nunca antes.

Cossery salía todos los días con corbata y pañuelo a la vista a caminar por los alrededores. Su mundo eran cuatro esquinas. No necesitaba ver más, había sido marino mercante entre 1939 y 1945. Conocía las costas y los puertos necesarios para saber que el movimiento es una pérdida de tiempo, que un viaje también puede ser dar la vuelta a la manzana. Cossery se tomaba un aperitivo en el Café de Flore, almorzaba en la brasserie Lipp y hacía la digestión en los jardines de Luxemburgo. Eso era todo, así alcanzaba la cumbre de cada nuevo día. Su larga existencia fue una lucha callada, pero sobre todo noble, contra toda actividad que significara provecho en términos económicos. No le cabía en la cabeza cómo la gente podía dedicarse por décadas a trabajar y, peor que eso, a buscar algo tan estúpido e inasible como el éxito. Él vivía de una pequeña suma que le enviaban sus editores de Gallimard por la venta de sus libros o de intercambiar cuadros que le regalaban pintores como Giacometti. Recibía a sus amigos en el primer piso del hotel que fue su hogar y jamás tuvo que hacer su cama o lavar el baño.

–Sus zapatos eran preciosos y muy caros –dice Monica, melancólica y sonriente–. Cuando limpiamos su habitación encontramos docenas.

Detrás de la recepción, en el cuarto donde se guardan las maletas de los clientes que caminan por el barrio mientras limpian las habitaciones, hay una caja con libros que pertenecieron a Cossery. Son ediciones de sus obras en portugués, español, ruso. Monica se los regala a las personas que vienen a preguntar por este egipcio que siempre escribió en francés. Ahí están a la espera de que alguien los rescate –Cossery no tenía familia– La casa de la muerte segura, Los colores de la infamia, Mendigos y orgullosos o Los hombres olvidados de Dios, que fue traducido en Estados Unidos por recomendación de su amigo Henry Miller.

Para fortuna de Cossery, la muerte le llegó el 2008: no habría aguantado algo como la Primavera árabe. Aunque muchos buscan respuestas a la revolución egipcia en sus libros –todos suceden en El Cairo, los mismos seres que se tomaron la plaza Tahrir y derrocaron al dictador Hosni Mubarak aparecen en sus novelas– es muy probable que Cossery, al ver el alzamiento, se hubiera compadecido de sus compatriotas. Ver todo ese ánimo desbocado lo habría dejado sin aire, con las piernas pesadas y la cabeza nublada. Es verdad, en sus libros la autoridad es fuente constante de burla. Policías, políticos, empresarios, padres, maridos, para todos tiene palabras de desprecio, pero en el fondo Cossery sabe que no hay caso, que el altruismo no existe, que el fin de una revolución, el más triste, es el de emborrachar de poder a unos pocos nuevos. O reemplazar mezquindades por otras, satisfacer los deseos más banales, como sospecha Rezk, otro de sus personajes: «Incluso creía que los jóvenes de apariencia sospechosa, que tenía la misión de vigilar, y cuyas conversaciones espiaba en lugares públicos, ignoraban olímpicamente la tiranía que le obsesionaba al jefe de policía y contra la cual ellos supuestamente se rebelaban. Rezk comenzó a tener la certeza de que todos esos jóvenes solo conspiraban con un objetivo único: encontrar chicas para hacer el amor».

Un cliente se acerca a la recepción. Pregunta si ya está listo su cuarto. Después de darle la llave, Monica confiesa que fue ella quien descubrió el cuerpo del escritor.

–Había estado muy enfermo, pero a pesar de eso siempre bajaba al lobby. Un día no lo hizo, entonces fui a buscarlo. Toqué su puerta. No dijo nada. Presentí lo peor y abrí. Allí estaba, en el piso, cubierto de los pies a la cabeza.

De haber sido Albert Cossery un holgazán, no se habría tomado el trabajo de bajar de la cama, y mucho menos de haberse puesto encima una sábana a la usanza árabe cuando sintió que era la hora del adiós.

Andrés Felipe Solano (Bogotá, 1977) ha escrito para Soho, Gatopardo, Babelia y The New York Times, entre otros. En 2010 fue incluido por la inglesa Granta en su lista de los mejores autores latinoamericanos jóvenes. En 2012 publicó la novela Los hermanos Cuervo