Crónicas de Waterloo
amadeo

Elogio de la caca

Sobre la generosidad de compartir las lecturas de inodoro con las nuevas generaciones

Por Marco Avilés


La biología nos ofrece una perspectiva cruda de lo que somos y hacemos en este mundo. El hombre es el único animal que ha aprendido a llevar libros al baño.

El baño ocupado es un habitáculo de secretos –de los más horrorosos a los más deliciosos–, y funciona igual que la mente de una persona callada. A más silencio, más actividad. Visto de ese modo, pocas conductas ofrecen tantos dolores de cabeza a los historiadores y eruditos del comportamiento humano. ¿Cómo averiguar los pormenores de un acto cumplido a puerta cerrada y en silencio si no es a través del testimonio personal, de la confesión de parte o de la autobiografía? Pensemos: ¿Leía Hitler en el baño? ¿Lo hacía Napoleón? ¿Se distraía así Marilyn Monroe? Con suerte, podemos saber que a ella le encantaba cantar bajo la ducha. Lo demás se fue con su memoria.

Es comprensible que las personas sintamos pudor al intentar confesar las actividades secundarias que cumplimos en el baño. Esta habitación es el escenario que acoge lo más oscuro de nosotros: allí quizá fumas tu primer cigarrillo, acaso abres tu primera revista pornográfica, tal vez haces el amor mientras afuera la fiesta continúa. El baño es el búnker de esos recuerdos, de acuerdo, pero no toda esa memoria es digna de censura o reproche.

Ante el prontuario monumental que nadie debe saber, el noble acto de leer en cuclillas puede ser el más inocente de los secretos. La cochinada más tierna. No hay razones para ocultar esta información a las generaciones que vendrán. Pensando en ello y con miras a justificar mi propia existencia ante la historia, diseñé un pequeño cuestionario y lo distribuí entre 150 autores hispanoamericanos. (¿Lees en el baño? ¿Qué estás leyendo en estos días? ¿Qué lecturas recomendarías?).

Quería reunir información útil para quien desee emprender la tarea de construir una potencial biblioteca especializada. La Gran Biblioteca de Waterloo. Menos de veinte amigos respondieron. Ya forman parte de la historia. De esta historia. No quisiera darle un tono apocalíptico a este documento (superado ya el fin del mundo maya) pero, en caso de que ocurra lo peor a destiempo, este aporte servirá para que los supervivientes o extraterrestres (si encontraran esta revista bajo los escombros) se enteren de lo que fuimos: una raza de evacuadores felices.

«Leo en el baño, por supuesto: uno de los grandes placeres de la vida. No sé si podría imaginar dos actividades que se complementen con tal felicidad como las dos que allí suceden. Hasta hace poco podría haber contestado con precisión tu pregunta por los títulos: habría bastado con ir a mirarlos. Pero, como en tantos otros órdenes, la irrupción de la computadora complicó –en sentido estricto– las cosas: ahora leo en el baño en mi laptop –que no pongo sobre mi lap sino sobre un taburete muy top instalado a tal fin–, así que los temas y títulos son los de la biblioteca borgiana: imprevisibles, infinitos. A veces temo la tentación de quedarme ahí sentadito para siempre o casi siempre». Martín Caparrós.

«Para mí, se trata de un viejo hábito». Sergio Ramírez.

«Leo en el baño. Disculpa por no responder. Estoy viajando. Sorry». Pedro Lemebel.

«Estoy leyendo La colmena, de Camilo José Cela, quien se vanaglorió una vez en televisión de beber agua con el ano. Incluso pidió que le trajeran una palangana para hacer una demostración». Alex Ayala.

«Por razones obvias (mi libro favorito) debiera ser uno en capítulos breves. No por escatología sino para obviar el calambre que provocan los capítulos buenos y demasiado largos». Diego Fonseca.

«Leo el diario Le Monde sobre mi iPad. Tambien mis emails, y a veces no leo pero disfruto algunos juegos». Nicolás Villaume.

«Las preguntas imputan que si se lee en el baño, sin duda se trata de material impreso (¿quizá porque se asocia al consumo contextual de papel?). Aunque leo libros en el baño, más de la mitad de las veces que ando por allí leo en la laptop e incluso en el smartphone». Enrique Prochazka.

«Sí, cada vez que voy al baño leo. Me parece un doble placer muy natural, un maridaje perfecto, como beber y fumar, ver fútbol en la televisión y comer arroz con huevo frito, o tener sexo con la luz encendida». Toño Angulo Daneri.

«(Recomiendo) cualquier libro que se pueda leer por partes y cuya lectura no tome más de diez minutos». Alonso Alegría.

«Leo todo el tiempo. Si no lo hago, mi diafragma se resiste a trabajar». Ulises Gutiérrez.

«Sí (leo en el baño), por desgracia. Y digo por desgracia ya que las sesiones suelen alargarse innecesariamente, perjudicando mis funciones intestinales, además de alterar mis horarios. Lo curioso es que, en principio, se podría pensar que al leer en el baño se gana algo de tiempo, pues se aprovecha una función para realizar otra de manera simultánea. Sin embargo, resulta todo lo contrario: los perjuicios son mayores que los beneficios. Es un poco como comer y leer a la vez. Al final, no se hace bien ni lo uno ni lo otro.

Por lo general, no elijo libros para el baño. Lo mejor son las revistas y diarios, lecturas breves o fragmentarias que favorezcan el ritmo de caída de los zurullos.

Sé de escritores como Hemingway que tenían un librero ad hoc en el baño, pero no conozco los títulos incluidos. Y me parece recordar que el estreñimiento crónico de don Pío Baroja era tal que, dado que evacuar le tomaba tanto tiempo, había optado por usar un tablero sobre sus muslos, no para leer sino para ¡escribir! No tengo canon de lecturas para el baño (aunque sí exclusiones: pese a su brevedad, me resisto a contaminar la poesía con efluvios tan desagradables). Por último, solo diré que cuando leí por primera vez el Ulises de Joyce, me llevé una sorpresa mayúscula cuando encontré la descripción de Leopold Bloom en el momento de depositar su óbolo diario en la letrina. Ningún novelista se había atrevido a escribir algo parecido hasta entonces. Recuerdo incluso que Bloom leía un periódico mientras defecaba y que, al terminar su acto, arrancaba el artículo que había leído y se limpiaba el culo con él».
Guillermo Niño de Guzmán.

«Porque en todos ellos hay alguien haciendo lo mismo que tú (o tratando de hacer, o haciéndosela incontenible), propongo los poemas «Trilce I», de Vallejo; «Último cuerpo», de Jorge Eduardo Eielson (en Noche oscura del cuerpo); «De la poesía», de José Watanabe (en Historia natural). En narrativa, sugiero el capítulo cuatro de Ulises, de Joyce; y los cuentos «Muerte de Sevilla en Madrid», de Alfredo Bryce; y «Volando bajo», de Alessia Di Paolo». Rossella Di Paolo.

«Más bien releo fragmentos de obras que he resaltado y, si son libros que no he leído, apenas me animo a revisar la contratapa. Puede sonar contradictorio pero no considero el baño un lugar íntimo para la lectura, pues para este placer –y otros– estará siempre la cama». Orlando Mazeyra Guillén.

«No leo libros en el baño. Normalmente aprovecho ese momento para leer suplementos, revistas o, en su defecto, usar mi smartphone. Con este último reviso twitter y los links de los que sigo, por lo que siempre termino leyendo son artículos online de El país, Ñ, Rollingstone, The Guardian, NYT Books, El malpensante, etc. O en su defecto, leo correos. Espero que te haya servido. ¡Todo esto te lo he respondido en el baño!» Omar Guerrero

 

Biblioteca básica (sugerida por quienes respondieron)

  • What the Dog Saw, Malcolm Gladwell
  • The Collected Stories, de William Trevor
  • Antología de crónica latinoamericana actual, Darío Jaramillo Agudelo (compilador)
  • Mejor que ficción, Jordi Carrión (compilador)
  • Retratos y encuentros, de Gay Talese
  • El ladrón de cerebrosde Pere Estupinyà
  • Los que sueñan el sueño dorado, de Joan Didion
  • Las correcciones, Jonathan Franzen
  • Demasiada felicidad, Alice Munro
    El juguete mecánico, Roberto Arlt
  • Cuentos únicos, Javier Marías (compilador)
  • Charlas con mi hemisferio derecho, Hernán Casciari
  • La colmena, Camilo José Cela
  • The Third Chimpanzee, Jared Diamond
  • Colapso, Jared Diamond
  • 13 things that don’t make sense, Michael Brooks
  • Matadero cinco, Kurt Vonnegut
  • Píldoras azules, Frederik Peters (novela gráfica)
  • El diccionario del diablo, Ambrose Bierce
  • Diarios, John Cheever
  • Jeff, One Lonely Guy, Jeff Ragsdalle
  • Diarios, Arcadi Espada
  • El primer sorbo de cerveza, Phillip Delerm
  • Misceláneas, Ben Schott
  • El país de la canela, William Ospina
  • La civilización del espectáculo, Mario Vargas Llosa
  • La casa verde, Mario Vargas Llosa
  • Cuentos escogidos, Juan Carlos Onetti
Marco Avilés (Lima, 1978). Cronista, es director de Cometa, una editorial «que busca nuevos espacios para las grandes historias». Como cometacomunicacion en la web y en Facebook. En Twitter, @Cometa_c.

Lectura recomendada El libro de la caca, de Pernilla Stalfet (El Aleph, 28 páginas). Un curioso manual que se puede leer completo en una sola incursión. Ofrece una serie de ilustraciones didácticas hechas por la misma autora.