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Nicomedes Santa Cruz en la memoria, a veinte años de su muerte. La poesía y la cultura negra nunca tuvieron una voz más profunda y entrañable.

Por Alonso Rabí do Carmo


Cuando la escritora mexicana Elena Poniatowska lo describió, dijo de Nicomedes Santa Cruz: «Es un hombrotote, bien negrotote, con un bigotote que cubre totalmente su labio superior, y un vozarrón maravilloso. Al verlo piensa uno en Nicolás Guillén, en Yambambó, en Babalú, en Drume negrita, en todo’lo’negro tomamo’café, en mamá Inés, en Vitó Manué, tú no sabe inglé; al verlo con su camiseta blanca y sus dientotes fuertes como los de un animal prehistórico, uno piensa que (…) fue concebido mucho antes del pecado original».

Yo tenía quince años cuando trabajaba por las tardes en la librería D. Miranda, propiedad de un tío mío. Estaba situada en el jirón Azángaro, exactamente frente al reloj del Parque Universitario. Entre las personas que la frecuentaban había una legión de cazadores librescos, como Jorge Vega (Veguita) o Juan Mejía Baca, pues mi tío recibía bibliotecas enteras en consignación de manos de viudas que no sabían qué hacer con los libros que les dejaban sus lectores pero difuntos maridos. Así, se iban apilando en la trastienda y en una mesa de remates una infinidad de volúmenes sobre una infinidad de temas: desde colecciones de clásicos españoles hasta tratados de Medicina, Física, Matemáticas o Derecho. A eso había que añadir que el padre de mi tío, Domingo Miranda, había sido impresor, y que de sus talleres salieron cosas como La tortuga ecuestre, único poemario que escribió César Moro en español, así como textos escolares escritos por Luis Alberto Sánchez, Alberto Tauro del Pino o Arturo Jiménez Borja. Había Muchísimos títulos en D. Miranda, para los legos y para los no tanto.

La tarde que conocí a Nicomedes Santa Cruz pensé lo mismo que la escritora mexicana. O algo muy parecido. Vi entrar a la librería a un señor muy negro, con unos bigotes enormes. Negro como la noche, con una voz gutural pero zumbona conversaba con chispa y finura, una charla trufada de rimas. Me resultaba cautivante, aunque no tenía idea de quién se trataba. Y no la tuve hasta que un día me encontré con su cara en dos discos, Socabón y Ritmos negros del Perú. Dos discos-documento, únicos en su género, que daban cuenta de toda una práctica musical por parte de quien veía en su divulgación una tarea urgente. «Don Nico» fue un lector acucioso, un enamorado del ritmo, de las palabras y la música, un estudioso del folclor negro del Perú y, en general, un interesado en la herencia africana en América Latina, lo que enriqueció con sus continuos viajes por el continente. Fue, por si fuera poco, un elegante, el mejor embajador de nuestra negritud.

Antes de su adolescencia, Santa Cruz se inició en la herrería, que sería su oficio durante muchos años y que ejercería en un taller junto a su casa. Si alguien se toma la molestia de darse una vuelta por la tumba de Felipe Pinglo en el Presbítero Maestro, verá allí la reja de hierro que él forjó especialmente. Las décimas –en términos fríos, generales y no siempre estrictos, un poema compuesto por diez versos octosílabos – las escuchó desde la cuna, de viejos de su barrio de La Victoria, y también en casa, con su madre. El contacto a sus veinte años con el legendario Porfirio Vásquez sería clave en su formación y vocación. Poco a poco iría perfeccionando su arte, mientras se hacía popular. Sebastián Salazar Bondy publicó en 1958 un artículo que generó polémica: «Nicomedes Santa Cruz, poeta natural», alabando la gracia y la musicalidad de sus décimas. Las respuestas a tal osadía no faltaron, y se armó una polémica con, entre otros, José Durand Flórez, Luis Jaime Cisneros y Ciro Alegría (gran amigo de Santa Cruz).

En 1959 Juan Mejía Baca publicó la primera colección de décimas de Nicomedes Santa Cruz, y desde entonces no hubo polémica que valiera.

Nicomedes Santa Cruz Gamarra (1925-1992), novenos de diez hermanos, pertenecía a una familia que ha dado muchos frutos valiosos. Su hermana Victoria (1922) destacó como coreógrafa y compositora, creó el grupo Cumanana (junto a Nicomedes), fundó después la compañía Teatro y danzas negras del Perú, y enseñó por años Danza y Teatro en el Carnegie Mellon University, en la ciudad de Pittsburgh. Otro hermano de Nicomedes, el compositor César Santa Cruz (1911-1996), fue autor de uno de los primeros intentos por escribir una historia del vals peruano más allá de la simple colección de anécdotas pícaras o de conjeturas que no siempre resisten una prueba. El libro se llamaba El waltz y el vals criollo. Ignoro si ha sido reeditado, pero en su momento, a mediados de los setenta, me parece, la edición voló. Rafael Santa Cruz (1928-1991) destacó en el ruedo, dentro y fuera del Perú. Yo no he sido nunca muy afecto al negocio taurino, pero dicen los que sí lo son que su destreza no pasó inadvertida y que llegó a alzar el Escapulario de Oro. Dicen que al torear se reía, y que ganó un apelativo en la arena: «Lima con traje de luces», le decían.

Luego de la publicación de sus primeras décimas, Santa Cruz incrementó la carga de investigación y comenzó su trabajo de difusión, a escribir en diversos medios, a presentarse frente a diversos auditorios. Salía en la televisión, su voz retumbaba en la radio. Oírlo recitar sus propios poemas es algo que quienes no lo conozcan –acaso los más jóvenes– deberían buscar en YouTube ya mismo. En cierta ocasión, curioseando en el archivo de El Comercio, encontré un file con recortes que llevaba su nombre. Los temas eran diversos, escritos de alguien que se movía con comodidad entre la literatura y el folclor. Sin embargo, hubo dos que me llamaron especialmente la atención, quizá por su ludismo: dos entrevistas ficticias, una a Francisco Pizarro, luego de un encuentro casual de ambos en la Plaza Mayor («Salve, zambo», lo saluda Pizarro); la otra a Cristóbal Colón. Irónicos y documentados. En 1983, el Instituto de Estudios Peruanos publicó su libro La décima en el Perú, un estudio dedicado al origen de esta forma poética popular acompañado de una ingente antología de piezas de diversas épocas y temas, anónimas y de autor. Un libro hermoso –y nuevamente diré único en su género– que debe ser reeditado y difundido. Mientras, comparto este link para leerlo en PDF: http://archivo.iep.pe/textos/DDT/ladecimaenelperu.pdf

Sus visitas a la librería se hicieron más espaciadas y, en algún momento, Nicomedes desapareció de Lima. Luego supimos que vivía en España, donde atendía con éxito varias tareas, entre ellas un programa de radio muy popular. Volví a verlo siete años después, en 1986, a propósito del Sicla, un festival cultural latinoamericano organizado en el primer gobierno Alan García. Fui hasta el Amauta con mi ejemplar de La décima en el Perú. Logré dos cosas: reencontrarme con un personaje que me recordaba algunas de las mejores cosas de mi adolescencia, como mi acercamiento a la música negra de mi país; y por supuesto, llevarme el libro con su firma y su dedicatoria (brevísima, eso sí: la fila era larguísima).

En 1992 murió. Dejó una obra enorme, un legado que alguien, algún Ministerio, debería poner al alcance de los peruanos. Hablo de discos y libros, de estudios y artículos periodísticos, de semblanzas y ensayos, guiones dramático-musicales, de muchísima poesía) para conocer de cerca a un hombre que hizo de una parte significativa de la cultura popular peruana su razón de vivir. El silencio afrenta su memoria.


Muerte, si otra muerte hubiera
que de ti me libertara
a esa Muerte pagara
porque a ti muerte te diera.La Señora silenciosa,
la Veterana infalible,
la Muerte, cosa terrible,
la Muerte… ¡tremenda cosa!Qué fuerza tan misteriosa,
implacable, traicionera:
llegas al que no te espera,
huyes del que te reclama;
ríes del pobre que clama¡Muerte, si otra Muerte hubiera!
Quisiera librar al mundo
de tu macabra misión.
Quisiera darte prisión
en un abismo profundo.
Quisiera, por un segundo,
contemplarte cara a cara
y que el cosmos me dotara
de indestructible poder
conjugando un verbo ser
que de ti me libertara.

Muerte, yo te desafío,
tu presencia no me extraña,
me burlo de tu guadaña
y de tus huesos me río.
Muerte, no le temo al frío
que los corazones para.
Muerte, si otra te matara,
al saberte destruida,
con la prenda más querida
a esa Muerte pagara.

Muerte que todo lo callas
estás en todo lugar,
en las nubes, en el mar,
en los campos de batalla:
cada bala de metralla
es tu palabra certera.

Si de otra Muerte muriera,
si otra Muerte me llevase,
a esa Muerte pagase
porque a ti muerte te diera.

Alonso Rabí do Carmo (Lima, 1964) es periodista cultural, editor, catedrático y poeta. Es autor, entre otros, del libro de entrevistas a escritores Animales literarios y de la antología Poemas (1992-2005).