Ficción

El final del camino

Por Karina Pacheco Medrano


Quería ver el precipicio. Necesitaba recorrer con calma la ruta por la que caminó durante más de dos horas antes de desaparecer en el vacío; necesitaba reproducir sus pasos, hallar una pista que me indicara si sencillamente resbaló o si se dejó caer.

La encontramos al día siguiente, veinte metros por debajo del camino de piedra, malherida pero viva. Fue un milagro en medio de tanta confusión. Una semana después, apenas quedaban rastros de los rasguños que tenía en las manos, las piernas y la mejilla izquierda, mientras su brazo derecho se recomponía bajo el yeso. Luego de pasar mucho tiempo durmiendo y, luego, mucho tiempo despierta, mirando a todos con los ojos abiertos pero sin decir nada, al octavo día del suceso Saray anunció, con repentino vigor, que ya estaba cansada de no hacer nada. Consultado por teléfono, el médico consintió en que pusiera fin a su reposo estricto. Esa misma tarde abandonó la cama y sin requerir mi ayuda tomó un largo baño, sola. Cuando la empleada se marchó tras haber recogido a los chicos de sus clases de natación, me acerqué al baño para preguntarle si todo estaba bien. No logré verla entre el vapor brumoso, pero me dijo que sí, que todo estaba bien. Cuando finalmente salió, en lugar de la bata de siempre se vistió con una túnica blanca que compró en Grecia durante nuestra luna de miel. Nunca se la había puesto. Con el pelo recogido se dirigió a la cocina; tras de sí volvía a dejar un aroma libre, sano, sensual.

Como si fuera zurda, la vi tajando con destreza ajos, cebollas, zapallos y coles destinados a nuestra cena. Empezó a canturrear mientras derramaba sal y jengibre sobre la sopa que estaba preparando, una melodía vieja sobre el viento y la nieve. Aunque me daba cuenta de que aquella súbita recuperación resultaba extraña, me alejé al comedor para poner la mesa, complacido por la normalidad que parecía haber vuelto a nuestra casa. Todavía cantaba, bajito, cuando apareció con la fuente de sopa. Le sonreí. Le volví a preguntar si se sentía bien. Asintió y me pidió que llamara a los chicos.

Como en cada cena con sopa, mis hijos demoraban las cucharadas que se llevaban a la boca. Medio en broma los regañé, señalando que al menos esa vez debían comer con gusto porque mamá había preparado esa comida a pesar de su reposo. En ese momento, Laura volvió a preguntar lo que ninguno de sus padres parecía dispuesto responder:

–¿Cuándo nos van a contar cómo ocurrió el accidente?

Saray se quedó mirándola y empezó a respirar con agitación, como si acabara de terminar un ejercicio agotador. Haciendo ruido, levanté mi plato por encima de la mesa y me serví otra porción de sopa. Pretendía cortar la turbación en los ojos de mi mujer –aunque lo cierto es que me preguntaba lo mismo que Laura– cuando al fin respondió:

–No me di cuenta de dónde estaba pisando, me desvié del camino y caí…

–¿Pero qué hacías en ese lugar oscuro? –insistió Laura.

–Me perdí. Me pareció ver a Sami moviendo la cola y fui corriendo detrás de él…

–¿A Sami? –pregunté.

Hacía tres años que nuestro perro había desaparecido. Tras poner anuncios de búsqueda por todas partes, al cabo de seis meses nos resignamos a su pérdida y quisimos creer que estaría en buenas manos o que habría muerto.

Como debía ser con Pablo.

Hasta que ocho días antes había llamado Mauro. Contesté en el cuarto, estaba seguro de que Saray había salido a la panadería, que no escuchó nada.

–Sí –repuso Saray a mis ojos.

Luego intentó tomar otra cucharada de sopa. No lo consiguió, su mano izquierda empezó a temblar sobre la mesa. Yo dejé mi plato en su sitio y se la sostuve. Ella me miró de reojo y sonrió levemente.

–¿Pero qué hacías caminando sola por el campo a esas horas? –preguntó de nuevo Laura. Sus hermanos menores esperaban la respuesta con atención.

–Mamá está todavía muy afectada. Pudo haber… Pudo haber sido peor. Vamos a dejarla tranquila un momento, ¿ya? –pedí a mis hijos. Los tres me miraron con desconcierto y casi al mismo tiempo volvieron a esforzarse por tomar la sopa.

El accidente había ocurrido en un antiguo camino inca, convertido hoy en una ruta favorita para montañistas y turistas aventureros. Sucedió a media semana, durante la noche. Desde las seis en que regresé a casa y no la encontré, me había sentido inquieto. Pocas veces Saray llegaba de su trabajo después que yo, y solía avisar si demoraba. Empecé a revisar las tareas de los chicos, pero a los quince minutos llamé a su celular y me saltó el contestador automático. Supuse que estaría en una reunión de trabajo. Poco después de las siete volví a llamarla para encontrarme de nuevo con su celular apagado. Marqué el número de su trabajo. Sentía vergüenza, pero la ansiedad era mayor. Mientras me comunicaban con su oficina, me di cuenta de que no estaba preocupado por mi mujer: estaba celoso. Nadie contestó. Cuando la operadora me confirmó que Saray no estaba, llamé a dos de sus compañeros. Se mostraron extrañados porque les preguntara si la habían visto irse a la hora habitual y ambos me informaron que ese día casi todos habían salido temprano, incluso antes de la hora, porque gracias a la obtención de un importante contrato los jefes habían decidido celebrarlo dándoles salida anticipada. Colgué. La hora siguiente estuve llamando una y otra vez a su teléfono, así como al de familiares y amigos. La preocupación desplazó a los celos y habría seguido llamando también a conocidos si no hubiera sido porque mi hijo menor, por lo general inapetente, me buscó para decirme que tenía hambre. Tomé conciencia de la hora y preparé la cena. Me esforcé por calmarme. Me dije que si a las diez de la noche no tenía ninguna noticia suya, me comunicaría con la policía. Estaba a punto de hacerlo cuando sonó el teléfono y grité de los nervios. Una voz (¿un policía, un bombero?) me explicó que un grupo de jóvenes que acampaba por ahí había oído sus quejidos y se asomó al risco donde la encontraron tirada, sin fuerzas para moverse. Estaba viva. Luego la voz me indicó dónde había sucedido.

Veinte años atrás, Saray y Pablo se hicieron amantes en aquel lugar. Yo los acompañaba como parte de un grupo de amigos de la universidad que pretendía llegar a la laguna turquesa incrustada al pie de los farallones de Calca. Por entonces no existía la carretera que hoy cubre la mitad de esa ruta, de modo que tuvimos que caminar ocho horas para alcanzar nuestra meta. Después de descansar un poco y tomar algo, ellos anunciaron que dormirían juntos en la carpa pequeña. Los otros cuatro nos acomodamos en la grande. Por el cansancio, mis compañeros no tardaron en caer dormidos. Yo no pude. Tenía veintiún años y entendí con pesar que Saray nunca sería para mí. Me reproché no haberle contado nunca a Pablo, mi mejor amigo, cuán enamorado estaba de ella. Salí de la carpa y al borde del lago encendí una pequeña hoguera. Bajo la luna creciente, las ramas de las queuñas del rededor se reflejaban en el agua como si fueran los brazos de un oso protector. A lo lejos, a pesar de que Pablo y Saray se esforzaban por ser discretos, podía escuchar la manera en que se buscaban y reconocían. Me quedé mirando el lago, que a esas horas no se mostraba turquesa, hasta que me dormí. Me desperté al amanecer, al verla salir de la carpa. Yo estaba aterido y ella a medio vestir. Se sonrojó al verme, y sin decirme más que «Buenos días», se escondió tras unos matorrales y desde allí se sumergió en el agua. Cantaban los pájaros de alturas y el sol empezó a emerger detrás de los farallones y a reflejarse en la laguna. Hubiera dado lo que sea por sumergirme con ella. No ocurrió. Fue más bien Pablo, que al salir de su carpa se quedó mirándola, sonrió con toda la felicidad del mundo y no tardó en nadar a su lado.

Tres años después anunciaron su boda. Yo empezaba a entusiasmarme por mi relación con una amiga de nuestro grupo de montañismo. Pablo trabajaba como corresponsal para un diario de Lima sin dejar de lado su vocación por el periodismo de investigación. Fue así como destapó una trama de transporte de droga que utilizaba camiones militares destinados en La Convención. Cuando tuvo pruebas suficientes, envió su reportaje a Lima, pero su diario no le dedicó ningún titular. Eran los tiempos de la violencia y aquel tipo de casos pasaba inadvertido, quizá porque había temas más importantes o porque no era de interés en Lima. Sus notas sobre el asesinato de una líder de Sendero Luminoso arrepentida a manos de sus compañeros obtuvieron un espacio mayor, pero siempre discreto. Los medios locales sí dieron cobertura a los dos reportajes. Nunca recibió ninguna amenaza. Cuando una tarde desapareció de repente, sin dejar huella, las sospechas señalaban a diverso tipo de secuestradores. Al cabo de un año la mayoría lo dábamos por muerto, fuera por un ajuste de cuentas de los narcos, del alto mando militar implicado, o de Sendero Luminoso. Yo rompí con mi enamorada. Ni Saray ni los padres de Pablo se dieron por vencidos; continuaron indagando por su paradero, anhelando que apareciera con vida.

A los cuatro años de la desaparición de Pablo, Saray y yo empezamos a salir juntos. Ambos habíamos querido a Pablo; al principio, eso fue lo que más la unía a mí. Dos años después nos casamos. Ella no volvió a mencionar su nombre. Yo dejé que lo silenciara. Nuestros hijos fueron naciendo uno tras otro, la realidad parecía sonreírnos. Cuando el padre de Saray murió, ella pasó un duelo profundo, aunque luego nos dio más holgura por las rentas que recibió como herencia. Cada uno siguió desarrollando su carrera, llevando una agradable vida familiar y social. Yo casi había olvidado a Pablo y llegué a pensar que ella también. Pero a veces, sobre todo cuando la descubría con la mirada perdida, o murmurando en sueños, o dándole más vueltas de las necesarias al café, me parecía que lo recordaba. Nunca me atreví a preguntar nada. Ni siquiera aquel domingo, la mañana previa a su accidente, cuando Mauro me despertó con la noticia de la aparición de los restos de Pablo. Un grupo de arqueólogos que estaba excavando al interior de La Convención, hoy una zona acosada por el narcotráfico, había tropezado con sus huesos. A pesar de los años, encontraron también sus documentos en una bolsa y, pocos días después, las placas dentales confirmaron su identidad.

Las queuñas del precipicio habían amortiguado la caída de Saray. Cuando fui a recogerla, no le pregunté por qué había ido a ese lugar, ese día. Solo deseaba rescatarla con vida. Tampoco hacía falta.

Hoy he vuelto por esa senda. Con calma he recorrido sus flancos. Si Saray hubiera caído unos metros más adelante, ningún árbol la habría amortiguado. Al imaginarlo, sentí vértigo y al mismo tiempo un impulso por dejarme caer. Pero he continuado el camino, hasta llegar a la laguna turquesa rodeada por las queuñas.

Durante veinte años a mí también me estuvo esperando. Al fin me sumergí en ella.

Karina Pacheco Medrano (Cusco, 1970) es doctora en Antropología y autora de un libro de cuentos y de cuatro novelas, la última de las cuales es Cabeza y orquídeas, ganadora del Premio Nacional de Novela Federico Villarreal 2010.

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