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La soledad de lo sólido

Fotografías de Juan Enrique Bedoya; Texto de Oscar Malca


1. Establecimientos comerciales en semiabandono: decenas de ellos se suceden al lado de carreteras en dirección a cualquier parte. Estructuras que parecen estar siempre inacabadas, por la misma naturaleza nómade del negocio, que a lo largo de los meses se desplaza kilómetros más adelante o más atrás, según la clientela de buses y camiones lo demande. Quienes llegan, una vez finiquitada la transacción, se van como vinieron.
Bodegas, farmacias, comedores, grifos, que no terminan nunca de abrir ni de cerrar. Suerte de no-lugares que hablan de vidas en tránsito, desarraigo y una cierta, elusiva comunidad de seres desterritorializados, cuya efímera vinculación con sus puntos de anclaje temporal es lo que les da el soplo de vida.

2. La estera es el punto de partida. O de llegada, según cómo se asuma. Aquí comienza todo, en medio de la precariedad más absoluta: sin servicios básicos, sin respaldo legal, sin saber cuánto durará ni cómo se sobrevivirá. Pero es el momento también de recobrar el sentido de pertenencia, de echar unas raíces que el viento o una bomba lacrimógena podrá arrancar en el transcurso de una luctuosa mañana.
Aquí comienza todo, en la estera. El futuro de muchos, o al menos de una idea de futuro. Aquí comienza la familia, el hogar, el trabajo: comienza una historia de la que la estera es únicamente un símbolo. Con un techo sobre la cabeza, la pata en el suelo es menos ominosa. Aquí comienza un drama que no ha dejado de representarse hasta hoy.

3. Imagino un remoto tramo de tierra yerma, eriazo como casi toda la costa peruana. Allí se levanta una vivienda alejada de otras, quieta en medio del polvo, bajo un sol sofocante que ahoga todo sonido. El cemento, con su tajante imagen de fortaleza inexpugnable, mecanismo disuasorio de defensa –y acaso emblema de posición social– en parajes como este, acentúa la sensación de parálisis. Sin embargo, a través de sus ventanas cerradas quizá se oye, como un rumor lejano, la estática de la televisión, la voz de un discjockey anunciando la canción de la semana, vajilla barata chocando en la cocina, el zumbido de un moscardón intentando posarse sobre la carne muerta.

4. ¿Es posible delinear el retrato de un país sin que sus habitantes entren en el cuadro?

5. En principio, la preceptiva al uso aconseja que las identidades –colectivas, individuales– se investiguen teniendo en cuenta una suma de factores, pongámoslo de este modo, tanto externos como internos, visibles e invisibles, dinámicos y estáticos, conscientes e inconscientes, difusos y medibles. Dualidades que en el Perú son tan volátiles que no es nada difícil recalar en el pozo sin fondo del lugar común cuando se emprende la tarea, por mucha pátina académica que se le haya untado.
Con puntuales excepciones (Degregori, Flores Galindo, Neira), es poco lo que las ciencias sociales han añadido desde los grandes aportes de los años veinte, además de algunos conceptos de impacto mediático que han derivado, más bien, en herramientas de marketing.

6. En tiempos en que el llamado «arte contemporáneo» ha dejado de ser un hecho cultural para convertirse en una rama de la industria del lujo, es estimulante que todavía queden artistas como JEB, que no se han subido al furgón de cola criollo de ese tren. En su trabajo sobre la vivienda popular peruana, justamente (de las que estas fotos son solo una muestra), le restituye al arte su olvidada función cultural básica, comentar, reflexionar sobre el individuo y el entorno que hace posible su existencia.
Como en su momento hicieron Walker Evans y Robert Frank, que, cámara en mano, se lanzaron a la carretera en busca de la fisonomía de la Norteamérica profunda, esta serie de casas a la vera del camino, habitáculos, edificaciones de estilos caprichosos, en cambio, cuenta las historias que componen la gran historia de los que en este país no tienen rostro y apenas califican como guarismos de la estadística.

7. Producto de lo que Sennet llama «cultura material», conjunto de saberes y habilidades que se transmiten colectivamente, en la interacción social y la práctica de cada día, las estéticas y técnicas de la arquitectura popular se podrían describir como artesanales, DIY. El fotógrafo también se aleja de las cámaras de última generación comunes al oficio, para rescatar, con una tecnología digamos que propia del arte povera, esa sencillez de lo artesanal, entendida como una actividad más próxima a lo humano: pese a la extraña solemnidad que irradian sus imágenes, no dejan de parecernos familiares, terrenas, pata en el suelo, profundamente peruanas.
Y de ese modo, el círculo se cierra. En esta solitaria búsqueda de conquistar el mundo de las apariencias, penetrándolas, el artista hace evidente, una vez más, que toda huella de cultura es también una huella de barbarie. Pero ese, mi querido Benjamin, es solo el comienzo de la Historia.

Oscar Malca (Lima, 1958) editó y dirigió en los ochenta una serie de publicaciones underground de distinta temática –literatura, rock, historieta, cine, filosofía– y luego pasó a hacer lo mismo, o casi, en importantes medios de circulación nacional. En 1993 publicó la novela Al final de la calle, que tuvo cinco ediciones y fue llevada al cine.

Juan Enrique Bedoya (Lima, 1966). Fotógrafo. Desde 1988 ha presentado su trabajo en diversas exposiciones en el Perú y el extranjero. Este año publicó el libro A lo largo de la costa peruana, editado por Kevin Power para Pisueña Press en Cantabria, España.


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