No ficción

Mi casa verde

Por María Luisa del Río


Me aferro al timón y a la caja de cambios para atravesar una vez más esa carretera llena de charcos, constantemente mordida por la selva que la rodea. Me muero de calor. Las palabras en aguaruna empiezan a brotar, a saltar de algún lugar de mi corazón a algún lugar de mi cerebro, y de vuelta. Sobreviviré.
La carretera se termina por fin en Imacita. Un puerto tugurizado, sucio y demasiado caluroso. Pero ya conozco este libreto y sé que aquí el río Marañón comienza a ser navegable y que nos espera una lancha para llevarnos a Santa María de Nieva. Una lancha que bajará por esa serpiente de oro durante unas cinco horas, hasta mi casa. Reconozco la desembocadura del río Cenepa, dorada. Reconozco la base militar Ciro Alegría con sus helicópteros gigantes. Mi corazón ya se sale de contento, de nervios, de ansiedad, de miedo.

La primera vez que vine a este lugar tenía veintiocho años y había metido en la mochila, sin un motivo en especial, la novela La casa verde. Sospechaba que transcurría en algún lugar de la selva, pero no sabía dónde. Pronto reconocí los escenarios: un prostíbulo en Piura y, un poco más hacia el norte, en el Alto Marañón, jesuitas, aguarunas, militares… Santa María de Nieva, la plaza. Heme aquí, me dije, me repetí, sintiendo correntadas eléctricas en la espina dorsal. Habían pasado treinta años desde que Vargas Llosa estuvo ahí y las cosas habían cambiado muy poco. Más colonos, cerveza helada, vallenatos, evangelistas hablando del diablo, una constante amenaza de guerra con Ecuador y una panadería en los bajos del hostal Jerusalén, ambos propiedad de Alfonso Benzús Arévalo, respetado por todos porque alguna vez fue una autoridad. Me había registrado como estudiante y había conversado poco con Benzús Arévalo, de cinturón ceñido, maneras autoritarias y un par de ojos vidriosos de incontrolable dispersión. Llovía mucho esa vez, las horas pasaban y lo único que podía hacer era leer. La novela me transportaba a un prostíbulo en Piura conocido como «La casa verde» para devolverme a Santa María de Nieva y a un impactante capítulo salpicado de sangre: un escarmiento dirigido por las autoridades de la época contra un aguaruna de nombre Jum, entonces jefe de la vecina comunidad de Urakusa, a una hora río arriba. Mi edición de Peisa (de 1996) incluye, al final de la obra de Vargas Llosa, un ensayo en el que el autor revela quién es quién en la novela. Sin poder resistir hasta el final del libro corrí a esas páginas y sentí que los personajes se salían del libro y empezaban a andar.
Al día siguiente Jum fue transportado solo, a Santa María de Nieva. Lo colgaron de un árbol en la plaza y fue azotado hasta que perdió el conocimiento. Le quemaron las axilas con huevos calientes. A la tortura siguió la humillación: fue rapado. Presidieron el escarmiento el teniente gobernador de Santa María de Nieva Julio Reátegui, el juez de paz Arévalo Benzas… (página 369).
El Arévalo Benzas de la novela debía ser, tenía que ser, Alfonso Benzús Arévalo, mi anfitrión, el sigiloso dueño de la panadería y del hostal Jerusalén. Salí de mi habitación a buscarlo, lo miré detenidamente y, reincidiendo en la identidad de universitaria con la que me había registrado, lo interrogué. Le mentí para que él no lo hiciera. Dije que estudiaba literatura y que mi tesis se llamaba «Realidad versus ficción en la obra de Mario Vargas Llosa», que por favor colaborara conmigo. Miró a uno y otro lado y aceptó: «En parte, pues, Vargas Llosa adorna su obra, ¿no? Parece que Julio Reátegui, que ahora vive en Lima pero nadie sabe dónde, actuó un poco fuerte. Le abrieron el cráneo al viejo Jum, lo quisieron matar para vengar a unos soldados a quienes los nativos de Urakusa habían botado de la comunidad porque habían tenido un lío con ellos, pero a mí no me tocó ver ese caso como juez de paz. Eso de que yo he dirigido la tortura es ficción de Vargas Llosa».
Recuerdo como algo fantasmagórico la noche que pasamos en la cabaña de uno de los patrones del lugar, no recuerdo si la de Arévalo Benzas o la de Julio Reátegui, bebiendo cerveza tibia y escuchando a estos pobres diablos contarnos, como una divertida anécdota del pasado, la historia de Jum (página 386).
No pude dormir esperando que se hiciera de día para irme a Urakusa en busca de Jum. Cuando llegué me dirigí a la escuela y encontré al profesor Hugo Weepio, su nieto. Hugo me advirtió que su abuelo se había internado en el monte a cazar y yo le supliqué ir a su encuentro. Caminamos el día entero bajo la lluvia, abriendo trocha. Deben haber sido las seis de la tarde cuando el viejo apareció. Hugo le explicó en aguaruna que yo quería que me cuente su versión. El viejo habló y esto es lo que su nieto tradujo: «No he encontrado animales en el monte y ahora veo por qué. El hombre que es buscado por otros mientras ha salido a cazar no encuentra nada. Sí sabía del libro pero no lo he leído porque no entiendo castellano. Nosotros botamos a los militares porque robaron nuestros animales y violaron a nuestras mujeres. En venganza me llevaron a Santa María de Nieva. Tres días me tuvieron amarrado. Me colgaron de un palo. Me tuvieron amarrado tres días. Calentaron unos huevos y me los pusieron en el sobaco. Me azotaron. Me raparon con Gillete. El que mandaba era Benzús».

Volví a Lima con una gran historia y la publiqué en la revista Somos. Conservo ese artículo con fotos a color del 31 de mayo de 1997. Para entonces Santa María de Nieva había convertido mi propia vida en una novela. Me había enamorado de un hombre que vivía ahí y sabía que iba a volver. Llevaba años buscando un lugar donde vivir yo, lejos, muy lejos de la ciudad, y el corazón me gritaba que lo había encontrado, por fin. Regresé al año siguiente, me quedé, me perdí y me reencontré mil veces durante cuatro largos años, siempre sin zapatos. Construí mi casa con mis manos, fuerte y grande. Y un día, hace doce años, salí, jurando volver.

Ahora la tengo frente a mí, mis fortísimos shungos siguen sosteniéndola, pero ya se doblan de viejos. Las termitas son las que mandan ahora que nadie la habita. Nidos de arañas y de murciélagos han invadido el techo de 10 mil hojas de palmera, hoy lleno de huecos. Mi cocina todavía luce ese diseño que hice en su muro frontal, con piedras de colores recogidas de las playas en mi canoa. Su techo de calamina está oxidado como una lata vieja. Me duele verla así. Hay playa, siempre la hubo en primavera, los árboles que sembré me miran, están muy grandes. Los guayaquiles siguen siendo guardianes de la nada, ahora que ya no estamos.
Como las palabras en aguaruna, los recuerdos empiezan a salir. No sé si puedo soportarlo, no puedo, sí puedo. Sí puedo. Mi casa se tambalea. La selva se la está tragando y ahora es verde. Miro el río Nieva otra vez. Me acuerdo de una pareja de delfines que subía por ese mismo río. Fue el 2000. Cuando se lo contamos a Nampag, un viejo curandero del Marañón, nos dijo que era señal de que venía una crecentada, de que nos íbamos a inundar. Todo el que vive a la orilla del río sabe que tarde o temprano su casa se inundará. Yo me asusté. Nampag se rió.
(Le había dicho a Nampag que quería tener un hijo y él me había ofrecido ayudarme a traerlo al mundo, igual como había atendido a su mujer con sus nueve bebés. Solo necesitas algodón, alcohol y una Gillete, me había dicho. Nampag era un hombre práctico).
Una tarde de pesca vimos tres arco iris al mismo tiempo, y él dijo que no eran señal de nada bueno. Eso creen los aguarunas. Yo me reí, pero Nampag tenía razón. Los delfines surcaron hacia la cabecera del Nieva y llegó la inundación. Eso lo vuelvo a ver cuando bajo de la terraza al jardín. Aquí mismo tuvimos que matar a machetazos a unas lombrices asquerosas, unas culebras grandes del color del barro, sin ojos. La inundación desorienta a especies monstruosas que normalmente viven en el fango, y salen. Los insectos tampoco tenían adonde ir. Me armo de valor y camino a nuestra habitación. Hasta allí subieron esa noche todos los insectos del mundo buscando un lugar seco cuando el río creció. No los podíamos ver en la oscuridad pero se les oía avanzar como un ejército de un planeta desconocido, crich, crich. No iban a respetarnos, sabíamos que vendrían por nosotros, carne al fin. Nos veo en la oscuridad, corriendo con velas en las manos a recoger latas de aceite quemado para ponerlas en las cuatro patas de la cama y así evitar que los bichos trepen y nos devoren. Nos veo encogidos, rezando para que la noche pase y el río deje de crecer.

La selva casi se ha devorado mi casa y ahora es una fortaleza de palos verdes y de musgo y vegetación. Respiro, respiro. Sé que puedo caerme de rodillas y llorar, pero no quiero. De modo que me aguanto. Pero sí, la selva se está devorando mi casa y, hay algo más en este instante, algo se está tragando luego de arrancármelo con los dientes, porque es algo mío… Algo que le entrego gustosa, finalmente, que no me acompañará más, que le dejo a cambio de mi abandono. Reciprocidad. Mi casa se ha vengado por todos estos años en los que no volví. Sus troncos son selva otra vez. Las hojas en el techo quieren volver a ser palmeras. La veo tan mía como ajena como del monte como de nadie. Me despido.
Amanece en el Marañón. Se ve cada vez más verde, más verde, ya no se ve. Intuyo que no volveré jamás. Mi espíritu tiene que crecer. Mi corazón también ha sido devorado por la selva.

María Luisa del Río (Lima, 1968). Es periodista, cronista, editora. Ha escrito, entre otros, los libros de relatos breves No mires atrás y el próximo Mejor no hablar de ciertas cosas.