Reseñas

La legión extranjera

Clarice Lispector (Chechelnyk, Ucrania, 1920) ■ Ediciones Corregidor (2011) ■ 193páginas ■ 51 soles


Un misterio llamado Clarice

Cuentos. Encontré a Clarice Lispector hace algunos años, en una pequeña librería. Mi mejor amiga tomó un libro, diciéndome: «Lo leí con la boca abierta pensando todo el tiempo: no puede ser que sepa y sienta tanto la vida siendo tan joven». Tenía diecisiete años cuando comenzó su primera novela, Cerca del corazón salvaje. Llegó a la escritura como a un descu­bri­miento. Su mundo interior ya exploraba con avidez las relaciones humanas.
Cuando irrumpió en la literatura brasileña con la publicación de esa novela, Lispector tenía veintitrés años. Si bien su obra no fue comprendida en un inicio, se la comparó con James Joyce y Virginia Woolf, cuando ni siquiera los había leído. Se la acusó de privilegiar las atmósferas por sobre los argumentos, de obviar los conflictos, de crear historias que por circulares podían resultar confusas.
Parece que lo asimilaba todo: aprendía viviendo. Se permitía sentir saudade, esa palabra para la nostalgia. Escuchar. Observar. Anotar. No sabía para qué; en algún momento ese algo le sería útil. Sofía, uno de los personajes de su libro de cuentos La legión extranjera, dice de sí misma: «No, no era loquita, la realidad era mi destino, y era lo que en mí dolía en los demás (…) Nunca sabré lo que entiendo (…) Todo lo que en mí era malo era mi tesoro». En estos relatos, la autora indaga sobre crecer, perder y evolucionar. Recorre la niñez, la adolescencia, la vida adulta y la vejez, con personajes que no se entregan a momentos sino a aconte­cimien­tos. Para citar un ejemplo, en «Una amistad sincera», dos muchachos comprenden que solo podrán sobrevivir como amigos si son honestos siempre. Llegan a mudarse juntos, a compartir los libros y los almuerzos. Se inventan problemas para ayudarse, para ocupar el tiempo muerto de las vacaciones porque en los silencios no encontraban paz. Hasta que sus carencias y la soledad los abruman, los separan, siempre necesitados de salvar al otro. Una necesidad inútil puesto que solo nos salvamos viviendo lo que tenemos que vivir.
Los relatos están escritos con vértigo, como si la autora nunca hubiera hecho una pausa; con la sabiduría de quienes reconocen cuánto ignoran. Por fin, este libro de 1964 ha sido traducido al español, para dejarnos conmovidos más que deslumbrados, como sucede con ciertas lecturas que nos superan.
Desapegada de las estructuras, la autora se inspiraba en una sensación y la llevaba al límite. Experimentó con el lenguaje y las formas semánticas. Su prosa tuvo la voluntad de la poesía.
Lispector dijo de sí misma: «Soy tan misteriosa que ni yo me entiendo». Porque habló el portugués arrastrando las erres, como extranjera, en Argentina la pensaban francesa, y en Brasil creían que su lengua era el ruso.
Murió a los 57 años y con rabia de morirse (no le gustaba Virginia Woolf porque se había suicidado). Leerla es siempre un descu­brimiento. Por Katya Adaui


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