Reseñas

La caza sutil y otros textos

Julio Ramón Ribeyro (Lima, 1929 – 1994) ■ Ediciones UDP (2012) ■ 234 pp ■ 89 soles


Ribeyro, el hombre tímido

Ensayos. Si la ceguera afina el oído y la sordera aguza la visión, la timidez aviva todos los sentidos. Julio Ramón Ribeyro fue un hombre tímido. Veía el mundo como un festín, o como una promesa de dicha, y ansiaba atrapar sus presas más codiciadas. Era, en esencia, un individuo atento, paciente, tranquilo, sigiloso y contemplativo, inclinado a escudriñarlo todo y predispuesto naturalmente a oír lo que otros decían más que a decir. Tales atributos, entre los tímidos, revelan una doble intensidad. La timidez de Ribeyro, hombre delgado y frágil, estaba hecha de elegantes silencios y meditadas palabras.
El cielo de los tímidos como Ribeyro es la lectura. Allí, en ese mágico espacio, nada los cohíbe; allí, con inusitada audacia, los tímidos disfrutan plenamente de la belleza y la inteligencia cuando un libro propicia la comprensión, la iluminación, el paladeo. Ribeyro encontró en la lectura su primera gran pasión; luego, vendría la escritura. Ambos quehaceres espolearon su imaginación, confiriendo a su timidez lo que más deseaba: aventura. No se necesita más que leer La palabra del mudo para aproximarnos a ese estado de efervescencia y desafío que virtualmente lo compensaba. Él, sin duda, lo gozó siendo un niño travieso, monarca de los techos ahítos de muebles viejos recreado en su cuento «Por las azoteas», o padeciendo las miserias de un sujeto gris cuya ilusión se va al traste en «Una aventura nocturna».
Ribeyro descubrió en la literatura francesa del siglo XIX los modelos dignos de emular. Su padre, lector cultivado, orientó sus preferencias. «Lee a Flaubert», le dijo en su adolescencia. «Y si quieres leer algo mejor, lee a Stendhal. Y si buscas aun algo mejor, lee a Proust». Su gusto literario se formó bajo ese criterio, sólido y duradero, un canon al que él añadió a Maupassant, otro de sus favoritos. También leyó a los rusos –Turgeniev, Chejov, Tolstoi– como todo joven de su generación, pero Ribeyro, no cabe duda, se mantuvo constante como admirador de la tradición francesa. De ella tomó el estilo limpio, con frases sobrias y refinadas, ajeno a los ornatos superfluos. Ese estilo decimonónico, combinado con sus lecturas de Joyce y de Kafka, o con sus ráfagas de existencialismo (no olvidar que vivía en el París de Sartre y Camus, todavía la capital literaria del mundo) y con sus influencias del cine italiano neorrealista, harían de él un escritor clásico por su elección formal, y contemporáneo por su moderna visión de la realidad. Y con este equipamiento se abocó a retratar la cotidianidad, las complejidades y las penurias de las discretas clases medias de Lima de entre las décadas de 1940 y 1960.
Probablemente la timidez de Ribeyro lo llevó en sus inicios a rondar la crítica literaria. Sus primeras reseñas y ensayos datan de 1953, cuando contaba con veinticuatro años, justo la época de su aprendizaje narrativo, en la que publicó media docena de cuentos que no serían incluidos en su primer volumen, Los gallinazos sin plumas, de 1955. Sea como fuere, el joven cuentista demostró entonces buena madera para el ensayo. Y, de insistir en tal propósito, podía haber iniciado tranquilamente una labor fructífera en ese terreno, quizá como corresponsal literario en Europa, pero no sería así. Se concentró más bien en sus diarios, en sus cuentos y en sus novelas, y buscó otros trabajos periodísticos en París. Es por eso que La caza sutil, aun revelando su intuición precisa y su solvente capacidad de análisis, resulta más un libro hecho por el azar y por ese amontonamiento de textos dispares que va componiendo el tiempo.
Tales ensayos, veintidós en total, fueron escritos holgadamente a lo largo de tres décadas. El más antiguo, «En torno a los diarios íntimos», permite que adivinemos ya su predilección por ese género literario, en un texto que es, pese a la juventud del autor, una clase maestra, desbordante de erudición y lúcidos comentarios sobre la naturaleza de sus fundamentos. Dicho género hacía furor en la Francia a la que había llegado Ribeyro, quien, con su ironía característica, nos dice: «El diario íntimo se ha convertido pues en un producto cotizado en el mercado literario y corre el riesgo de convertirse en el menos íntimo de todos los géneros».
El título La caza sutil, dicho sea de paso, procede del diario de Ernst Junger, novelista y filósofo alemán que solía utilizar tal expresión para aludir a una de sus distracciones favoritas: la caza de insectos. Ribeyro, preocupado de que lo consideraran un amateur, aclaraba así que no pretendía inmiscuirse en «los dominios de la crítica literaria», sino tan solo hacer «un paseo entre libros y autores, recogiendo aquí y allá una que otra pequeña presa». Lo suyo, por lo demás, calificaba en aquellos días de crítica impresionista, cosa que el propio Ribeyro (con su habitual cortedad) reconocía, a fin de curarse en salud. Temía, sin duda, el desprecio de los estructuralistas, que estaban de moda y les infligían a sus lectores una crítica sesuda, farragosa y hermética. Por fortuna la pirotecnia estructuralista ha quedado en el pasado, y hoy Ribeyro, con sus ensayos legibles, llenos de datos, anécdotas y digresiones brillantes, resulta felizmente moderno, comprensible y ameno. Estos ensayos, de otro lado, son un pretexto para expresar sus preferencias y sus fobias. Así, a propósito de la exitosa literatura de los años cincuenta, como las novelas de Françoise Sagan (autora de 20 años, amiga de Sartre y estrella de la beautiful people), celebra las dos primeras, Buenos días, tristeza y Una cierta sonrisa, que juzga bellas e inspiradas, pero demuele la tercera, Dentro de un mes, dentro de un año, cuya trama gira en un ambiente de bohemia chic, con personajes adinerados y liberales, escritores, editores y actrices. A Ribeyro le inquieta ese medio. No lo condena como territorio prohibido, pero sí lo ve peligroso, y lo define como uno que «tiene dos grandes taras para su viabilidad literaria: el cinismo y la intelectualidad. El cinismo que impide el nacimiento de verdaderas pasiones; y sin pasiones, no hay novela. La intelectualidad que impide ser banal, y sin banalidad tampoco hay novela. De continuar en esta vía Françoise Sagan terminará por darnos novelas cerebrales y convertirse en un Maurois precoz y con faldas».
Ribeyro, que ya tenía muy claro los obstáculos que el escritor debe sortear para que su ficción adquiera vida, inició también en estos ensayos sus incontables reflexiones sobre el oficio literario, y sobre los libros que, por ajustarse a ciertas reglas básicas, suelen llegar a buen puerto. Gran parte de su obra de no ficción, como se sabe, la dedicará a profundizar tales temas. Sus voluminosos diarios –La tentación del fracaso– están llenos de reflexiones similares, y lo mismo sucede con sus Prosas apátridas, donde figuran textos de esta índole: «Literatura es afectación. Quien ha escogido para expresarse un medio derivado, la escritura, y no uno natural, la palabra, debe obedecer las reglas del juego. De ahí que todo tentativa para dar la impresión de no ser afectado –monólogo interior, escritura automática, lenguaje coloquial– constituye a la postre una afectación a la segunda potencia. Tanto más afectado que un Proust puede ser un Céline, o tanto más que un Borges un Rulfo. Lo que debe evitarse no es la afectación congénita a la escritura, sino la retórica que se añade a la afectación».
La edición original de La caza sutil, impresa bajo el sello de Milla Batres, contenía ya ensayos como «Gustave Flaubert y el Bovarismo», «Del espejo de Stendhal al espejo de Proust» o «E.R. Curtius y la literatura francesa»; y crónicas tan sabrosas como la que titula «Peruanos en París». También destacan su sensible reseña de Los ríos profundos de Arguedas, su disertación sobre «Las alternativas del novelista» y el ensayo «Lima, ciudad sin novelistas», texto envejecido y a estas alturas solo de importancia histórica, desde que Vargas Llosa rompió fuegos en 1963 con La ciudad y los perros, abriendo brecha para que irrumpieran incontables novelas urbanas. Desde hace treinta y cinco años, este volumen estaba agotado y era exclusivo para coleccionistas. Pero hoy, debido a una justa y constante revaloración de nuestro gran cuentista en España y América Latina, acaba de aparecer en Chile una reedición de la Universidad Diego Portales, con el agregado de doce textos dispersos, entre los que destacan los dedicados a Maupassant y a Lezama Lima y Proust, y un acucioso prólogo del escritor Diego Zúñiga.
Austero, distante, escéptico, individualista, enemigo de lo pretencioso y cultor de las entrelíneas, Ribeyro, el hombre tímido, vivió a menudo leyendo y oyendo música, o fumando y bebiendo con delectación una copa de vino, ya fuese que estuviera asomado a una ventana o sentado en la terraza de un café, viendo silenciosamente pasar a la gente, viendo pasar al mundo. Su vida, en un sentido amplio, se afianzó en la observación, y ella, merced a su talento literario, transfiguró ese trance apacible en una aventura de caza mayor.

Por Fernando Ampuero

Fernando Ampuero (Lima, 1949) es periodista, editor y escritor. Como cuentista, destacan sus conjuntos Bicho raro y Malos modales. En 2011 publicó la novela El peruano imperfecto. En 2012, la chilena Tajamar editó su Trilogía callejera de Lima y, más recientemente, Punto de Lectura su Antología personal.

Recomendados:
Retratos y encuentros (Guy Talese)
Cuerpos secretos (Alonso Cueto)
¿Escribes reseñas y quieres compartirlas en nuestra web? Escríbenos a libros@buensalvaje.com contándonos en dos líneas quién eres, y sobre qué libros quisieras escribir 350 palabras. Sé específico y, si tienes un blog, indícanoslo.